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Caleidoscopio
Caleidoscopio

Del escrache a la cachiporra

Uno de los fundadores de la sociología, Emilio Durkheim, se refirió hace más de un siglo a la irrupción súbita de persecuciones en la sociedad europea de su tiempo como "caza de brujas", generada en cosas nimias como un gesto o una palabra, pero tan viscerales que los que se oponían guardaban silencio por miedo.

Durkheim aplicaba a un fenómeno que reaparecía en su tiempo el nombre que había recibido en el siglo XVI en Europa, cuando hubo un pico de represión contra herejes, mujeres "brujas" y adversarios políticos. Los cazadores de brujas de inicios de la modernidad también creían -en algunos casos- estar haciendo obra santa, como los torturadores de la Inquisición.

La variante actual del fenómeno se llama "cancelación" y tiene en la vanguardia a jóvenes universitarios, en los primeros momentos estadounidenses, que suelen ser psicológicamente depresivos, toman pequeñas actitudes de los demás como atentados a su integridad, tienen una sensibilidad que parecería desollada si no fuera artificiosa y reaccionan a los comentarios torpes como a "microagresiones" intencionadas.

Esos jóvenes han encontrado seguidores fuera de las aulas, en principio en políticos interesados en neutralizar el descontento y capitalizarlo. Se sienten guerreros de la justicia como se la entiende en su ambiente y usan neologismos como “apropiación cultural”, “interseccionalidad”, “marginalización”, “heteronormatividad”, “cisgénero” y otros que la generación anterior no conocía y le parecen extraños, irrelevantes o excesivos.

En el mundo que esos jóvenes creen estar construyendo no debe haber nada ofensivo, todo debe ser sensible y considerado, cada palabra pesada y limada, cada movimiento mirado con lupa, cualquier opinión discordante debe morir nonata; todo debe ser perfecto según modelos tan exigentes como superficiales, todo debe ser igualitario aunque diverso, justo y sobre todo indoloro, inofensivo, en síntesis: políticamente correcto.

Contra la opresión, cancelación
En 2014 el profesor universitario estadounidense Gregorio Lukianoff, observó que los estudiantes presionaban agrupados para que los directivos rescindieran la invitación a conferenciantes aduciendo que su mensaje los oprimía.

Fue el primer anuncio registrado de casos de cancelación, una práctica de censura moderna que ganó popularidad en aquella parte de la juventud que no necesita luchar por la subsistencia en algunos países occidentales.

Si la universidad mantenía la invitación a los conferenciantes objetados, los estudiantes escrachaban al invitado. El escrache era hasta entonces en la sociedad liberal una rémora del fascismo, donde reinó sin trabas junto con la disciplina del aceite de ricino y la cachiporra.

Poco a poco, el fondo fue tomando forma en la superficie. Los jóvenes hipersensibles exigieron que en los materiales de estudio aparecieran advertencias de que podían herir la sensibilidad de los estudiantes. Querían prohibir obras consagradas de la literatura estadounidense, como el Gran Gatsby porque algunos personajes eran misóginos, o la Cabaña del Tío Tom porque contiene epítetos racistas.

Más recientemente, subidos a esta corriente y aprovechándola como es el hábito de los políticos, hubo intentos de "cancelar" a Dostoievsky y a Tchaikosvky en Europa occidental y Estados Unidos porque Rusia había invadido Ucrania.

Herbert Marcuse, filósofo alemán de la escuela de Frankfurt, dictó clases en varias universidades de los Estados Unidos, donde estuvo exiliado desde 1935. En la estela que dejó, los jóvenes se han tribalizado en pequeñas identidades marcadas ante todo por la búsqueda de un enemigo capaz de soportar sus derrames de cólera.
El retorno a la tribu no se limita a los jóvenes universitarios sino que se ha extendido a parte del resto de la sociedad, influida por los medios de comunicación y una publicidad intencionada o meramente repetitiva.

Esos jóvenes crecieron en ambientes sobreprotegidos, vigilados para que nada los dañe; por eso no aprendieron a defenderse por sí mismos y el daño resulta evidente: “Cada palabra es mirada con lupa, a las opiniones discordantes se las traga la autocensura y todo tiene que ser planchado para quedar perfecto: igualitario, diverso, políticamente correcto, justo”, según un artículo que publicó Lukianoff años después.

Debatir (o recular en chancleta)
Hace alrededor de un lustro, 153 intelectuales estadounidenses firmaron una "carta sobre la justicia y el debate abierto" donde advertían de los peligros de la cultura de la cancelación (no nueva, solo regreso de lo que se creía superado) cuando los estragos que podía causar ya estaban a la vista.

La carta aplaudía las protestas por la justicia racial y social, pero lamentaba actitudes y compromisos que debilitan las normas de tolerancia y favorecen el conformismo ideológico.

Según la carta el libre intercambio de información e ideas está cada día más constreñido, por lo menos entre la juventud universitaria. "La censura se extiende y hay intolerancia a los puntos de vista diferentes, inculpaciones públicas y ostracismo, y una tendencia a disolver los temas complejos en certezas morales cegadoras".

Las "certezas morales cegadoras" no son criterio de verdad sino más bien indicio de pobreza intelectual, pero para los canceladores son el único rasero. Fueron en tiempos pasados un instrumento religioso que usó el poder para mantener la disciplina política y social.

El criterio moral que pretende justificar la cancelación pone por delante la sensibilidad de los canceladores, "primero yo". Los antiguos estoicos invitaban a vivir según la naturaleza (sequere naturam) pero luego los modernos pusieron por delante primo mihe, primero yo) de modo que la sentencia quedó "primo mihe, sequere naturam" (primero yo y después la naturaleza)

Entre los firmantes de la carta estaban el lingüista Noam Chomsky, que pasó de ser "el hombre más inteligente del mundo" según las élites intelectuales de su país a "una mente enferma" cuando como analista criticó la política imperial estadounidense. También la autora de Harry Potter, la novelista inglesa Joanne Rowling, que había osado tomar en solfa un artículo periodístico que proponía crear un mundo más igualitario "para la gente que menstrua".

Rowling se detuvo en "la gente que menstrua", un circunloquio que obviamente evitaba "mujer". Publicó otro artículo en que ironizaba con el recuerdo de una palabra que solía designar a esas "personas menstruantes", y enumeraba variantes de "wooman", (mujer en inglés): "¿wumben? ¿wimpund? ¿woomud?, que alguien me ayude". No tardaron en "ayudarla" acusándola de transfobia.

La carta sostiene que la cultura debe dejar margen para la experimentación, los riesgos e incluso los errores y permitir los desacuerdos de buena fe sin que tengan terribles consecuencias profesionales. Las malas ideas se combaten mediante la exposición pública, argumentos y persuasión, no intentando silenciarlas o deseando que desaparezcan."
De la Redacción de AIM.

Contra la opresión cultura experimentación errores

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