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El agua vale más que el dólar

Cruzar las agendas de la producción y la ecología
Cruzar las agendas de la producción y la ecología

El fuego en los humedales del Paraná y en las sierras cordobesas, la sequía que no cesa, la misma pandemia; las alertas frente a los vertiginosos cambios climáticos ya no pasan desapercibidas y, sin embargo, cuando se habla de cómo salir de la profunda crisis económica que deja el coronavirus no se cuestionan las formas de producción y consumo que producen el desastre ambiental. El hambre está primero, pero ¿cuándo vamos a cambiar las preguntas?
Es de madrugada y el ritmo de escritura de esta nota acompaña una lluvia intermitente. Las palabras de Inés se mezclan con las gotas que caen y paran e interrumpo para averiguar si en Córdoba también está lloviendo y qué pasa en Entre Ríos. Quiero saber si esta garúa alcanzará para apagar los incendios en los humedales y en las sierras. Le escribo a una amiga. A otra. Están durmiendo. Hago fuerza como si algo de mi cuerpo pudiese apurar la tormenta.
“Las lluvias aumentaron en las regiones húmedas del planeta, en zonas tropicales, mientras muestran una tendencia a disminuir en las regiones que ya son las zonas más secas y semiáridas. Por eso en la jerga del cambio climático se suele decir que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres en función de la disponibilidad de agua dulce”, dice Inés Camillioni, Doctora en Ciencias de la Atmósfera e investigadora del Conicet. Cuando la escucho pienso en la consigna de los lugares en los que falta: el agua vale más que el oro. La comparación refleja un sistema que aún define lo que vale con total independencia de las necesidades vitales. La abundancia será, como paradoja, el problema.
Las modificaciones en el nivel del mar por el derretimiento de hielos y también las lluvias más intensas provocarán inundaciones en todos los continentes. Lo mismo que pasa con las riquezas. Sobran a un lado, faltan del otro y esas dinámicas están conectadas y se reproducen a fondo. Hasta la muerte.
Ya nadie discute la veracidad del calentamiento global y sus consecuencias. A lo sumo los cálculos difieren sobre las fechas. En diez, veinte o treinta años regiones enteras sobre todo en las costas orientales donde hoy viven millones de personas podrían quedar cubiertas por agua provocando desplazamientos masivos y catástrofes humanitarias de magnitudes desconocidas.
A diferencia del cambio en las precipitaciones que varía según la región, la temperatura aumentó en todo el planeta. Como la desigualdad durante la pandemia. La jerga del cambio climático adoptó términos de la economía: la disponibilidad de agua como pobreza o riqueza.
A la economía también llegó el lenguaje de las ciencias de la atmósfera. Se habla cada vez más del calentamiento global y de la emisión de dióxido de carbono. Lo hacen los grandes fondos de inversión ávidos de ganancias, lxs militantes preocupadxs por el mundo que les quedará a las próximas generaciones y lo enuncian quienes sufren en sus propios cuerpos la transformación del ambiente.
Interiorizarse en estos debates es sumergirse en una sensación apocalíptica. Los escenarios futuros pueden verse en simulaciones que quitan el sueño. Se trata de un hecho que ya (casi) nadie niega. La diferencia está en los diagnósticos sobre las responsabilidades y por ende, en cómo debería abordarse.
Importación y exportación (de debates)
El IPCC, Instituto para el Cambio Climático, elabora cada año un informe en el que recopila la información que existe y brinda recomendaciones a los gobiernos con un objetivo claro: tomar medidas durante los próximos diez años para reducir en 0.5c la temperatura global.
Se requiere una transición urgente en el modo en que se produce, distribuye y consume para evitar (al menos parcialmente) el desastre. A eso se le llama “transición verde” ¿Quién la organiza? ¿Bajo qué parámetros?¿Con qué resultados? La única respuesta fácil es la del cinismo individualista: que nada cambie porque al fin, todos estaremos muertos.
Hasta hace poco tiempo era frecuente escuchar, sobre todo entre economistas preocupados por mejorar las condiciones de vida de los sectores populares, que el calentamiento global era una agenda de ricos y que las soluciones provistas -bajo el paraguas de lo “sustentable” y los cambios en los hábitos individuales de consumo- eran apenas una fachada para crear nuevos mercados rentables. Y de verdad, en muchos casos, lo eran. Lo confirman las grandes cadenas de supermercados bio que cobraron popularidad, sobre todo en Europa, al mismo tiempo que lxs jóvenes se volcaban masivamente al activismo ambientalista. Góndolas llenas de envases de plástico y productos importados que recorren el cielo en aviones y dejan una huella ecológica enorme muestran algunos de los límites de las soluciones de mercado.
Hoy el debate tomó otro rumbo. Si bien todavía quedan vestigios de propuestas que piensan el tema como un asunto de voluntades de cambio individuales, lo que predomina es la discusión sobre las formas de producción. En primer lugar, la matriz energética y la producción de alimentos. En Argentina, el 53 por ciento de la emisión de gases de efecto invernadero provienen de la producción de energía, en particular, de la quema de combustibles fósiles, el 37 por ciento de la agricultura, la ganadería, silvicultura y otros usos de la tierra, el 6 por ciento de procesos industriales y el 4 por ciento del sector residuos.
Podríamos decir que lxs economistas que no confían en las lógicas mercantiles pasaron por tres fases, aunque algunos siguen estancados en la segunda. Fase negación: es un problema del Norte. Fase aceptación con resignación: nada que hacer en un lugar donde hay personas que no comen todos los días. Fase preocupación: las consecuencias las van a sufrir más los sectores populares y como siempre que se haga el cruce entre género, raza y clase, las más afectadas serán mujeres de menores recursos y más aún, las racializadas.
Sobre este último punto Margarita Olivera, profesora del Instituto de Economía de la Universidade Federal de Rio de Janeiro (UFRJ) y coordinadora del projecto de extensión de economia e feminismos destacaba que “lo que sucede con el medio ambiente no está exento de las relaciones capitalistas. Por eso hablamos de racismo ambiental. Los eventos extremos ya están provocando una sobrecarga de tareas domésticas y de cuidados sobre todo para las mujeres más pobres. En las favelas hay deslizamientos, enfermedades asociadas a vectores que tienen que ver con inundaciones. Cuando alguien enferma, son ellas las que tienen que dejar su trabajo para cuidar, para acompañar”.
Margarita agrega que la mirada debe ser no sólo feminista sino también decolonial. “Los que más emiten son los países centrales. Y los que más sufrimos somos nosotrxs”, agrega. A nivel global, Estados Unidos y China lideran el ranking de emisiones. Argentina es responsable del 1 por ciento mundial, aunque es tercera en la región, detrás de México y Brasil.
Quién define el tono
Desde los organismos internacionales alineados con la agenda de la financiarización, proponen “bonos verdes”, activos financieros que otorgarían a sus tenedores permisos para emitir carbono. Es el peor de los fantasmas. En nuestro país implica una alianza perfecta entre finanzas y agronegocios: mayor primarización de la economía.
Lo que está en discusión es quién tendrá la capacidad de decidir qué se considera verde y qué reglas se imponen para la producción. Es clave contar con taxonomías propias para evitar importar intereses ajenos y dar lugar a la información que producen quienes ya aportan a la economía desde proyectos sustentables y de desarrollo local. Esto último cobra más importancia si de lo que se trata es de evitar la demanda de dólares asociada a las inversiones que requeriría la transición ecológica.
En el cruce entre economía y ambiente, debemos considerar que la información que circula tiene sesgos y muchas veces parte de preguntas erradas ¿Qué pasaría si nos preguntáramos por el impacto ambiental que genera la desigualdad de ingresos? ¿Por qué no se calcula la huella ecológica de los sectores más ricos de la población? ¿Y si aceleramos el cambio en la distribución, en cuánto evitaríamos el aumento de la temperatura de la tierra?
Fuente: Página 12.-

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