Saltar menúes de navegación e información institucional Teclas de acceso rápido

El clima hoy en:

-

- -

El dólar hoy: (BCRA)

$1440, / $1490,

Internacionales
Internacionales

La baja natalidad: el límite de la familia y la administración de la nostalgia

Chile empieza a mirar la natalidad como suele mirar sus problemas estructurales: tarde y con alarma. En 2025 nacieron 146.446 personas, un 46,9 por ciento menos que en 1993, y por primera vez la tasa global de fecundidad cayó bajo un hijo por mujer, con 0,99 nacidos vivos promedio por mujer. El dato es severo, pero exige algo más que contabilizar nacimientos.

La baja natalidad no es un problema de mujeres que tienen menos hijos, jóvenes que postergan sus proyectos familiares o parejas que calculan demasiado. Esa lectura reduce el fenómeno a decisiones privadas. El descenso informa que las condiciones para iniciar, sostener y proyectar nuevas vidas se han vuelto inciertas, costosas y menos compatibles con las trayectorias biográficas deseadas.

Chile no está solo en esta transformación. El fenómeno se observa ampliamente, aunque el país destaca por la rapidez del descenso y por la fragilidad de sus soportes institucionales. Conviene resistirse al alarmismo demográfico, que convierte la baja natalidad en decadencia, y al tecnocratismo, que la trata como variable corregible mediante incentivos aislados.

Hace algunos años, al examinar el envejecimiento poblacional, propusimos hablar del “lado B” de la longevidad. Vivir más constituye un logro civilizatorio, pero puede transformarse en precariedad, soledad, dependencia mal sostenida o exclusión cuando la sociedad no adecua sus instituciones al nuevo curso vital. Algo semejante ocurre con la natalidad. La sociedad prolonga la vida, pero reduce su capacidad de renovación generacional. La metáfora del “invierno demográfico” solo sirve si no deriva en fatalismo.

La instalación del Plan Chile Renace y de una Comisión Asesora Presidencial indica que la caída de la natalidad dejó de ser un dato demográfico y comienza a ser tratada como asunto de Estado. Chile Renace acierta cuando identifica barreras que dificultan que las personas tengan los hijos que desean. Pero su presentación abre una tensión: al poner en el centro la formación de parejas, la estabilidad de los vínculos familiares y el fortalecimiento de la familia, corre el riesgo de traducir un fenómeno estructural en una semántica demasiado estrecha.

El punto de fondo no es convencer a las personas de tener hijos ni restaurar un modelo familiar. El desafío es sistémico: construir condiciones para que distintos proyectos de vida —familiares, laborales, reproductivos y de cuidado— puedan sostenerse. El problema no es la familia en abstracto, sino la insuficiencia de los soportes que permiten cuidar, criar, envejecer y convivir en una sociedad que ya cambió.

Esta tensión aparece con nitidez cuando se observan las expectativas ciudadanas. La 8ª Encuesta Nacional sobre Inclusión y Exclusión Social de las Personas Mayores muestra que el 50,8 por ciento de la población cree que el apoyo familiar hacia las futuras generaciones de personas mayores tenderá a disminuir. El dato indica una percepción de agotamiento progresivo del soporte familiar tradicional. Por eso, una política de natalidad que invoque la familia sin interrogar sus nuevas condiciones corre el riesgo de apoyarse en una institución aún cargada de responsabilidades, pero cuya capacidad efectiva de cuidado aparece cada vez más incierta.

La pregunta relevante apunta a qué hace que tener hijos sea cada vez menos probable o más riesgoso. La respuesta se distribuye entre precariedad laboral, endeudamiento, altos costos de vivienda, trayectorias educativas prolongadas, inestabilidad de pareja, redes familiares debilitadas, desigual distribución del cuidado e incertidumbre económica. Observada desde este ángulo, la natalidad depende también de que el deseo de tener hijos encuentre condiciones para realizarse.

La baja natalidad revela una paradoja: se ampliaron las expectativas de autonomía individual, especialmente para las mujeres; se diversificaron los proyectos de vida; se legitimó la posibilidad de no organizar la biografía exclusivamente en torno a la familia. Todo aquello constituye una ganancia. Pero esa expansión no fue acompañada por un sistema suficientemente robusto de cuidados, protección laboral, corresponsabilidad parental, vivienda accesible y seguridad biográfica.

La baja natalidad expresa también una distancia entre aspiraciones, condiciones sociales y realizaciones efectivas. Entre los deseos y los hechos se interponen ingresos, tiempo, vivienda, pareja, redes, salud, trabajo y confianza. Se ha hablado de una “debilidad del tercero confiable” para describir el desgaste de instituciones, relaciones y estructuras que antes respaldaban a la familia y las decisiones reproductivas. Tener hijos requiere confiar en un entorno de estabilidad y en soportes capaces de responder.

Por eso el debate público se estrecha cuando oscila entre el reproche moral y el incentivo económico. Culpar al individualismo, al feminismo, al egoísmo o a la pérdida de valores produce explicaciones cómodas. También es insuficiente imaginar que un bono por nacimiento resolverá un problema que involucra tiempo, vínculos, ingresos, salud reproductiva, vivienda, soportes institucionales y confianza en el futuro.

Chile pudo amortiguar los efectos del envejecimiento gracias al equilibrio entre población activa y población dependiente, reforzado en parte por corrientes migratorias. Pero ese ciclo no es permanente. La migración tampoco puede ser tratada como simple reemplazo demográfico: exige integración, reconocimiento, acceso a servicios, convivencia territorial y políticas de cuidado que incluyan a todas las familias residentes.

La misma cautela vale para el envejecimiento. Los promedios son engañosos: vivir más no significa vivir mejor para todos. Las desigualdades se acumulan con la edad y condicionan las posibilidades efectivas de una vejez saludable. Por eso, la natalidad no puede separarse de la longevidad. Ambas remiten a cómo una sociedad distribuye oportunidades.

En una sociedad envejecida, los comienzos y los finales de la vida quedan enlazados por una misma pregunta. La libertad de tener hijos puede quedar reducida a proclama si faltan ingresos, tiempo y redes de cuidado. La dignidad al final de la vida puede debilitarse si las personas enfrentan solas la dependencia, la enfermedad avanzada o decisiones clínicas difíciles. En ambos casos, lo valórico deja de ser abstracto: o se rediseñan colectivamente los sistemas de cuidado, o sus exigencias y costos seguirán privatizándose.

De ahí que una política seria sobre estos temas no debería comenzar por administrar nostalgias, sino por reorganizar condiciones de cuidado. Se trata de proporcionar los soportes mínimos para que la reproducción de la vida deje de descansar sobre sacrificios privados.

En materia demográfica, anticipar significa leer la baja natalidad y el envejecimiento poblacional como señales de una transformación mayor, no como anomalías aisladas. Tal vez la baja natalidad no sea solo una señal de futuro demográfico. Puede ser, más incómodamente, una descripción del presente: una sociedad que prolonga la vida, pero debilita las condiciones para renovarla.

Chile baja natalidad

Artículos Relacionados

Teclas de acceso