El ojo desencarnado o flotante es un símbolo de los indígenas de nuestro continente que alude a la capacidad de transcender la realidad que revelan los sentidos y ver más allá de la luz.
La Asamblea del año XIII encargó a Juan de Dios Rivera, orfebre peruano radicado en Buenos Aires, un sello para acuñar las primeras monedas de las Provincias Unidas.
Nacido en el Cuzco, Rivero había llegado a Buenos Aires huyendo de las persecuciones posteriores a la gran revuelta de Tupac Amaru en 1780.
Para satisfacer el pedido de la Asamblea, se inspiró en Inti, el sol incaico, que diseñó con 32 rayos: 16 ondulantes, que irradian calor; y 16 rectos, portadores de luz.
Algunos años más tarde, el diseño de Rivero pasó al centro de la bandera argentina como "sol de Mayo" y luego a la uruguaya, con la mitad de rayos.
Inti, el sol de la bandera, tiene ojos, ve. No solo irradia luz y calor, sabe que lo hace. Es autoconsciente; no solo conoce, sabe que conoce.
El "ojo que todo lo ve" es la consciencia divina desde mucho antes de la masonería, equiparado por la teología con la consciencia suprema.
Los animales superiores son capaces de representarse las cosas, pero no a sí mismos sin preferencias, emociones ni sentimientos.
El mito original es el del ojo de Horus, el dios egipcio hijo de Osiris e Isis. En el mito nórdico, Odin se arrancó el ojo derecho para obtener sabiduría, una penetración que no dependía de la vista.
Seth, tio de Horus equiparado con el demonio, le arrancó un ojo en una pelea. Ese es el ojo que todo lo ve, el símbolo de la autoconsciencia, el "testigo" inmóvil de todo lo que deviene.
En Nuestra América, Abya Yala, el ojo desencarnado, representado a veces en Mesoamérica con el nervio óptico unido al cuerpo, flota en lo abstracto porque expresa cómo la autoconsciencia, el advertimiento de que se es consciente, se vincula con el nacimiento de una una consciencia superior.
Entre los mesoamericanos, el dios Xototl es hermano de la "serpiente emplumada", Quetzalcóatl, que representa la dualidad: la tierra y el cielo, la materia y el espíritu, la sustancia y la esencia.
Xototl debía ofrendar, como cada dios, algo de sí para permitir el renacimiento cotidiano de la luz. Pero se arrepintíó de ofrecer sus ojos y lloró tanto que se le salieron de las órbitas.
De ahí el ojo desencarnado, que simboliza una capacidad de ver que casi nadie tiene y que más allá de la vista es la capacidad de presenciar la consciencia.
El paso de la consciencia a la autoconsciencia está simbolizado tanto en el sol de la bandera, que no solo ve sino que también sonríe, como en el ojo desencarnado, imagen de la transcendencia, de una percepción que dejó de estar centrada en lo corpóreo.
La muerte puede ser representada como la salida de una consciencia unida al cuerpo, a un trozo de materia según la definición uno de los creadores de la física cuántica, Erwin Schrödinger, que observó que la consciencia se experimenta siempre como una, como saben los enamorados.
La consciencia de la propia consciencia es algo que no todos alcanzan. Es lo que los cristianos llaman alma y que democráticamente todos suponen tener.
Se trata de observarse a sí mismo. Ser el testigo imparcial de los propios sentimientos, iras, temores y alegrías como quien observa una tormenta a través de los vidrios de una ventana.
El ojo percibe los objetos; la mente percibe el ojo; la consciencia percibe la mente. En esta escala ascendente, los objetos y el ojo pertenecen al mundo denso; la mente pertenece al "mundo sutil"; pero la consciencia no pertenece a ningún mundo: está en todos y los contiene a todos.
De la Redacción de AIM
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