En agosto de 1889 el abogado y político gualeyo Francisco Berroetaveña publicó en el diario La Nación un artículo memorable, titulado ¡"Tú quoque juventud!, en tropel a éxito". El artículo era una reacción ante la convocatoria a una reunión de jóvenes conservadores para mostrar adhesión al gobierno de Miguel Juárez Celman, que el año siguiente iba a colapsar sin apoyo político en medio de una crisis económica grave y con el golpe de gracia de la revolución del Parque.
El título del escrito de Barroetaveña alude a la frase "Tu quoque Brutis, fili mi" atribuida a Julio César en el momento de su muerte, 44 años antes de la era corriente, al advertir entre los conspiradores que lo apuñalaron a Bruto, su hijo adoptivo, y significaba "Tú también, Bruto, hijo mío"
En el párrafo final, Berroetaveña resume su finalidad: "que en el momento de los brindis, la altivez nacional indignada paralice la lengua de esa juventud, volviendo cada uno a su hogar mortificado por el remordimiento de la adhesión cesárea".
Barroetaveña recuerda que algo similar había ocurrido poco antes con la juventud juarista, que se había puesto incondicionalmente bajo la dirección política del presidente Julio Argentino Roca "abdicando la manifestación espontánea de ideas, doctrinas y afecciones que contrariasen al jefe del Estado"
Hay en la nota de Barroetaveña mucho referido a circunstancias políticas de aquel momento, hace ahora 136 años; pero descontándolo se ve que en el fondo la estructura de los problemas ha cambiado poco.
La pugna entre el éxito material y las ideas generosas derivadas del bien común era un punto central en los argumentos de Barroetaveña: " movimientos sin ningún ideal noble, generoso y patriótico; sin proseguir ninguna idea o doctrina levantada que signifique un progreso para el pueblo o la reforma de instituciones deficientes; nada, nada; se busca sencillamente la aproximación al mando, la fruición del poder a costa de la sumisión".
Los acontecimientos posteriores de la historia argentina convalidan estos asertos, que no eran tan difíciles de advertir. El vencedor, que siempre brilla hermoso, pone en la balanza un peso que termina cediendo ante la realidad, que no suele colgarse de ningún poder.
El entusiasmo juvenil de entonces tiene alguna semejanza con el que llevó al poder a los libertarios, nombre que como casi todo no les pertenece sino a los ácratas que llegaron a la Argentina con los inmigrantes europeos desde los tiempos de Barroetaveña.
Los jóvenes de la segunda década del siglo XXI vieron en los libertarios algo nuevo, una esperanza en medio de una corrupción generalizada y una esclerosis política que repetía hasta el hartazgo fórmulas gastadas.
Sobre todo, jóvenes varones de la clase media con mucho manejo de las redes sociales pero sin vinculación directa con las cuestiones reales, dieron apoyo irreflexivo a ideas que suponían nuevas pero estaban diseñadas desde décadas para manipular votantes.
Cuando se despejó la polvareda que suele acompañar las campañas políticas quedó a la vista la continuidad de los puntos de vista más conservadores y vinculados al interés extranjero.
A dos años del triunfo electoral el apoyo al gobierno está haciendo agua por la base: la imagen positiva entre varones entre 16-29 años cayó del 64 por ciento en noviembre de 2024 al 51,4 por ciento en marzo de 2026 La consultora Isasi-Burdman habla del 60 por ciento de negatividad” en el segmento de menos de 35 años
Pasó que de la esperanza impetuosa, juvenil, que entiende que pensar en frío es cosa de viejos, se convirtió tan rápidamente como nació y creció en desilusión, cuando vieron golpeados a sus hogares.
El 60 por ciento cree que a fin de año la Argentina estará peor que ahora, lo que evidencia el declive de la esperanza, que con el miedo es uno de los instrumentos del poder para perpetuarse, según Benito Spinoza.
Esos jóvenes están preocupados ahora por el desempleo y falta de ingresos, la inflación y el endeudamiento familiar. La fe avasallante en el discurso contra la casta, que rápidamente mostró sus límites, cedió ante la realidad cotidiana de padres que no pueden financiar estudios y salarios que no alcanzan.
Es como si el deseo de Barroetaveña de ver paralizada la lengua de aquella juventud que apoyaba a Juárez Celman y se arrodillaba ante Roca como ante el César se cumpliera solo ante el peso sin brillo de la realidad cotidiana, que reduce las promesas huecas más cautivadoras al vuelo efímero de pompas de jabón.
De la Redacción de AIM.
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