Eduardo Alberto Barbagelata, paranaense de múltiples capacidades: psiquiatra reconocido en todo el país, conferenciante, rector de la Uner, funcionario de Salud y gran conocedor de las doctrinas tradicionales, nos dejó en su libro “Los otros mundos del hombre” un testimonio de su sabiduría.
Alguna vez nos contó que en uno de sus paseos por la costa del Paraná –era un incansable caminador- vio en Bajada Grande de hace más de medio siglo un pescador en el muelle tirando su anzuelo al río. Se le acercó un niño, su hijo, y le pidió algo. El pescador no dijo nada: se metió la mano en el bolsillo, entregó al niño lo que le pedía pero le dijo que aprendiera de su padre: “contento si el pescado viene, contento si el pescado no viene”.
La actitud de contento permanente, la felicidad, es propia de los seres en armonía, por más privaciones y dificultades que atraviesen, y no interfiere con su determinación de lucha política ni de reclamo por derechos.
La crispación en cambio, que tantas veces suele presentarse como consecuencia directa de las dificultades, sobre todo las injusticias sociales, es el resultado de la pérdida de la armonía que nos afecta a casi todos y no nos permite ser felices tampoco si logramos aquello que parecía la felicidad misma, que jamás cristaliza en ninguna cosa.
Aquel pescador era un hombre de río, y el río no puede menos que marcar a la gente que lo mira, que espera de él, que conoce su poder. No se le recrimina nada: ni sus crecientes ni sus bajantes, ni su furia ni su aparente mezquindad cuando el pescado no viene.
De la Redacción de AIM.
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