"Evite toda protesta, no interactúe con fuerzas federales, la atención médica puede no estar disponible debido a huelgas, la violencia armada es frecuente y la respuesta policial es impredecible". Semejantes recomendaciones eran habituales a ciudadanos del primer mundo que se arriesgaban a viajar al tercero. Sin embargo, a comienzos de 2026 el mundo ha cambiado de modo que con esas sabias palabras el gobierno alemán previene a sus ciudadanos que viajan ya no a Camboya, Zimbabue o Haití, sino a los Estados Unidos.
La convulsa realidad actual cotidiana en los Estados Unidos, que parece acercarse a la guerra civil, no favorece el turismo, del que depende buena parte de la economía del país; es posiblemente un efecto no querido de una conducta agresiva que no cesa de despreciar y humillar prácticamente a todo el resto del mundo, en particular a los que se consideraban aliados y que no quieren ser vasallos.
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Es notable la diferencia entre una actitud que está provocando temor en los visitantes extranjeros y la política hacia el turismo que planeó el régimen nazi antes de la II guerra mundial.
A los turistas, sobre todo ingleses y franceses, que recorrían Alemania en la década de los 30, el país les parecía fascinante por su cultura tradicional, su orden, la afabilidad de su gente. Veían lo que debían ver a diferencia de los que visitan ahora los Estados Unidos, porque el régimen nazi tenía una cuidada política turística, que aparentemente Donald Trump no tiene en cuenta a simplemente no le interesa.
Pero en los Estados Unidos hay -o había- 10 millones de empleos en la industria del turismo. En algunos estados, como Florida o Nevada, los visitantes extranjeros son el nervio de la economía.
Pero ahora, debido a las opiniones despectivas y agresivas del presidente y a las condiciones que pretende imponer al resto del mundo, las reservas en hoteles de Miami han caído verticalmente, y los casinos de Las Vegas y Disney World son termómetros que marcan fiebre.
La política que pretendía hacer grande de nuevo a Estados Unidos (confundido con América) parece dar resultados opuestos a los declarados. Posiblemente se deba a un error de percepción habitual entre los que están perdiendo influencia y poder pero no lo advierten o no quieren aceptarlo.
No se trata ya solamente de la necesidad de tener razón a toda costa, de retener el poder argumental además del físico, sino que los teóricos del imperio van más allá: sostienen que lo que importa es poder hacer arbitrariamente lo que les dé la gana, con razón o sin razón (cuando ya es evidente que la han perdido)
Trump pretendió construir un muro para dejar el mundo afuera, pero lo que está consiguiendo es que el mundo construya un muro para dejar a los Estados Unidos adentro.
En tiempos de Adriano, en el siglo II, Roma construyó muros en Britania, en el norte de África y en Germania. La intención era detener la expansión, limitarse a lo conseguido y perfeccionar lo que había adentro; es decir, la civilización interior diferenciada de la barbarie exterior.
Pero según una amplia experiencia histórica, el "limes" la frontera de los imperios, debe crecer porque si se detiene, comienza a retroceder. La furia expansionista del imperio estadounidense en Venezuela, en Groenlandia, en Irán, y en todos los rincones del mundo donde se cree capaz de sostener guerras casi simultáneas, puede no ser más que el resplandor de un fuego que se apaga.
De la Redacción de AIM.
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