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Caleidoscopio
Caleidoscopio

La hiperinflación

En julio de 1989, cuando el primer gobierno constitucional después de la dictadura militar sufría el derrumbe de la economía, el índice inflacionario llegó al 200 por ciento mensual.

La población estaba desorientada, casi sin defensa. El entonces diputado nacional César Jaroslavsky había reaccionado fuerte contra "el lápiz rojo" que sugerían para recortar las cuentas del Estado, y había dicho también que había alfonsinismo para 100 años; pero los plazos se acortaron y apenas días después, con la velocidad que impone la hiperinflación, se quejó de que los adversarios políticos, que acababan de ganar la elección presidencial, "nos quieren sacar escupiendo sangre". Y salieron nomás seis meses antes de terminar el período, que entonces era de seis años.

Una anécdota: durante un viaje de Paraná a Santa Fe en ómnibus, subieron al coche dos inspectores de la empresa de transporte con la misión de cobrar a los pasajeros un plus, debido a que el precio del pasaje había aumentado desde que pasaron por la boletería minutos antes. Algunos pagaron, porque se estaban acostumbrando al estado de cosas, pero otros se negaron con el argumento de que el pago en boletería había completado el acto comercial.

Hiperinflaciones crónicas y agudas
Los episodios hiperinflacionarios argentinos no son los más agudos; pero la inflación en nuestro país lleva ya 70 años con pocas interrupciones, es la más duradera, la mejor instalada del mundo.

Las hiperinflaciones argentinas quedan por detrás de las de Zimbabwe entre 2004 y 2009; la de Hungría de 1944 a 1946, la alemana de la república de Weimar entre 1923-1924, la griega de 1943 a 1945 y la china entre 1947 y 1949.

Sin embargo, como viene ya durando siete décadas, en ese lapso la mayoría de los argentinos no ha conocido otra cosa: el peso argentino cedió trece ceros entre 1969 y 1992 y en breve cederá otros dos.

Los escolares argentinos de la década de los años 50 del siglo pasado compraban estampillas para pegar en una libreta de la Caja Nacional de Ahorro Postal, que luego fue de ahorro y seguro. Las admoniciones sobre las ventajas del ahorro llenaban las tiernas cabezas de aquellos niños que pegaban las estampillas en la libreta.

La magnitud de la estafa, una medida de la decepción, la da calcular qué hubieran podido comprar hoy con aquellas monedas. Un café en un bar se pagaría con 5.000 millones de toneladas de monedas de 20 centavos de 1945. Camiones de caudales con esas monedas formarían una fila que daría 60 vueltas al mundo, según cálculos del economista Manuel Solanet.

Hoy los argentinos que pueden tratan de ahorrar en dólares, no en pesos porque el peso no es reserva de valor ni lo ha sido casi nunca en vida de la gran mayoría. Pero el gobierno, que tiene en la inflación una fuente de ingresos y de licuación de pasivos, busca todas las maneras posibles de impedir el acceso al dólar e invita a gastar los pesos, sugerencia que más parece obligación y todos siguen antes de que nadie siquiera la mencione.

Corre la afirmación de que la Argentina no tiene dólares, y como prueba se indica que las cuentas del banco central están en cero o son negativas. Pero los argentinos tienen guardados fuera del sistema financiero cerca de 250.000 millones de dólares dentro del país y una cantidad mayor en cuentas en el extranjero. Es decir, la Argentina tiene ahora mismo dólares suficientes para pagar al contado la deuda externa.

Mientras tanto, el gobierno no puede conseguir 2.000 millones para pagar el próximo vencimiento de la deuda y el candidato que prometió dolarizar tampoco conseguirá los 30.000 millones que necesita.

La hiper por el mundo
La inflación venezolana ha menguado últimamente, pero en agosto del año pasado era de 65.000% anual. Ya en noviembre de 2006, Venezuela tuvo un índice de aumento de precios mensual del 219 por ciento.

La inflación llevó a cambiar la moneda antigua por una nueva, el bolívar soberano, que le quitó 5 ceros a su antecesor, el bolívar fuerte.

En Hungría la inflación diaria superó en 1946 el 207 por ciento, con precios que se duplicaban cada 15 horas. En julio de ese año la inflación húngara llegó al 41.900.000.000.000.000 por ciento; hasta ahora no se conoce nada más desopilante en el mundo, al menos para los que miran de lejos y mucho después. El billete de mayor valor era de 100 trillones de unidades.

Hungría acababa de salir de la segunda guerra mundial, que se había tragado la mitad de su riqueza y el 80% de su capital; sus ciudades estaban destruidas, las vías y los caminos bombardeados y el gobierno obligado a pagar indemnizaciones enormes

La recuperación comenzó con la eliminación del viejo signo monetario, el pengó, sustituido por el florín húngaro, a razón de 400.000 cuatrillones de pengós por cada florín.

En Zimbabue, otro ejemplo de hiperinflación monumental, la tasa diaria era del 100% y los precios se duplicaban cada 25 horas.

Zimbabue pagó cara la expropiación de tierras de hacendados blancos a fines de la década de los 90 del siglo pasado y las sanciones que los Estados Unidos y Europa le impusieron en 2002.

Los precios subieron hasta alcanzar en noviembre de 2008 una tasa mensual de 79.000.000.000 por ciento.

Había colas interminables en bancos y estaciones de servicio, cortes frecuentes de luz y agua y escaseaba la comida en los supermercados.

Otro ejemplo de hiperinflación es la yugoslava de 1994, con una tasa diaria de subida de precios del 65 por ciento.

La crisis económica que derivó en una hiperinflación hiperbólica terminó balcanizando el país, formado desde el fin de la primera guerra mundial por Bosnia y Herzegovina, Croacia, Macedonia, Montenegro, Serbia y Eslovenia.

A comienzos de 1994, los precios subían a razón de 313.000.000 por ciento al mes. Tan pronto cobraban el salario, los yugoslavos salían a gastarlo frenéticamente, concientes de que todo instante de demora era una pérdida. Como no había precios, los agricultores paralizaron la producción. Todo el comercio era en el mercado negro con marcos alemanes o dólares estadounidenses.

Una de las inflaciones más célebres es la que castigó a Alemania en 1923, cuando los precios se duplicaban cada tres días.

Esa inflación tuvo la finalidad de esquivar el pago impuesto a Alemania por el usurario tratado de Versalles, tras la derrota en la primera guerra mundial. El gobierno imprimió marcos para comprar monedas fuertes y pagar las deudas.

Pero esos marcos perdían rápidamente valor. En 1923 Alemania no realizó los pagos a que estaba obligada. La ocupación militar por los franceses de la cuenca del Ruhr con el propósito de cobrar, provocó huelgas y paró la producción.

En octubre de 1923, la inflación era del 29.500 por ciento mensual. Un pan que costaba 250 marcos en enero había subido a 200.000 millones de marcos en noviembre. Abundan las anécdotas de aquella inflación: muchachos que salían de juerga contando solo con algunos jabones, que podían vender a precios altísimos y que a diferencia de los billetes conservaban su valor; habitaciones empapeladas con marcos, el papel más barato; un hombre que desatendió la valija donde tenía el dinero y cuando regresó vio que le habían robado la maleta, pero no los marcos, que eran un montón de papeles que solo molestaron al ladrón.

En 1944, Grecia tuvo una crisis hiperinflacionaria gracias en parte a la devastación provocada por la guerra. La inflación diaria era del 18 por ciento; los precios se duplicaban cada cuatro días.

La merma de la producción agrícola y la falta de ingresos impositivos hicieron que la inflación llegue al 13.800 por ciento mensual en noviembre de 1944.

Economía y moral
Los liberales, ultraliberales y libertarios insisten gustosos con la frase de uno de sus representantes más altos, Milton Friedman: "la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario". En realidad, el aserto brinda tanta información como "el viento es siempre y en todas partes un fenómeno atmosférico".

El profesor Eduardo Sartelli, dirigente socialista argentino, pregunta de inmediato por qué se produce un fenómeno general y sostenido de desvalorización de la moneda. La respuesta es "porque se emite demasiado". La obvia pregunta siguiente es: ¿por qué se emite demasiado? "Porque se gasta demasiado". ¿Y por qué se gasta demasiado? Acá la índole de la respuesta cambia de manera significativa. No es ya económica; los que se presentaban como economistas apelan a la moral para sermonear: "porque la casta política es inmoral; porque la corrupción arruina la belleza teórica de los modelos, porque los políticos roban", etc, etc, etc.

¿Por qué las empresas que en Japón, China, Alemania o Estados Unidos invierten y multiplican la productividad, en la Argentina son corruptas? La respuesta de los monopolistas del saber económico se ampara otra vez a la moralina: porque el sistema argentino corrompe incluso a los buenos empresarios extranjeros.

Los liberales, que hacen gala habitualmente de un dominio estupendo de la técnica y saben recomendarse los unos a los otros como dueños del "pensamiento correcto", no tienen explicación económica para los problemas económicos.

Es notable que un antecesor de todos ellos, Adam Smith, haya tratado de fundar sus argumentos en hechos -que suponía más que conocía, como los relativos al trueque en las sociedades cooperativas- y no en preceptos morales, y eso a pesar de que era profesor de ética en la universidad de Glasgow.

La respuesta de Sartelli trata de mantenerse en un plano objetivo: "La Argentina es un país quebrado que no ofrece ningún negocio rentable fuera de la producción agraria y, cuando el mercado mundial lo permite, la explotación de petróleo y gas no convencionales" Y concluye: "La inflación argentina es la expresión fenoménica de la incapacidad competitiva de la economía argentina".
De la Redacción de AIM.

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