En una entrevista reciente con el New York Times, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, expuso sus puntos de vista sin disimulo: no hay leyes, tratados ni convenciones que pueden limitar el poder económico ni militar de los Estados Unidos y por extensión, de él mismo. Llegado el momento de actuar, como ocurrió luego contra Irán, el único límite que Trump reconoce son sus propios criterios morales, no el bien común ni democracia.
Las normas del derecho internacional surgidas al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, son para Trump una "carga innecesaria" para una superpotencia como los Estados Unidos, que percibe como un poder que ni China ni Rusia pueden equilibrar, aunque el curso de la guerra contra Irán no parece convalidar su punto de vista.
Es la doctrina que brota de la necesidad de tener las manos libres para los fines del mesianismo americano, más virulento cuanto más amenazado. Es el "destino manifiesto" que empezó a circular a mediados del siglo XIX.
El otro mesianismo en juego en estos días es el judío tradicional, que toma una forma ajustada a las necesidades políticas del moderno estado de Israel y sobre todo de su presidente, Benjamín Netanyahu.
Netanyahu, movido por la necesidad de eludir la justicia de su país, se presenta como un líder providencial, dentro de la línea del "Gran Israel", del Eufrates el Nilo, para justificar la expansión territorial.
Antes de decidir la invasión militar de Gaza, Netanyahu apeló a una cita bíblica en que Yahvé ordena a los israelitas masacrar a los amalecitas por haber estorbado la marcha de su pueblo de Egipto a Canaán durante el éxodo.
Ya entonces Netanyahu se refería a Israel como cumpliendo en la tierra el proyecto divino, sobre todo en las relaciones con los persas. El relato bíblico de la elección de Israel como pueblo de dios, que recibió Canaán de la promesa de Yahvé, caló hondo en las mentes occidentales gracias al cristianismo. Nadie piensa en posibles regalos de Zeus a los griegos ni que los vikingos hayan recibido la Escandinavia de Odín.
El relato bíblico, posiblemente inmediatamente posterior al regreso de los israelitas de Babilonia, pone en el pueblo de Israel un aura de excepcionalidad de raíz tribal, que no puede ser disputada porque proviene de la mismísima divinidad; sólo puede ser respetada y obedecida.
El desencanto
Hace justo un siglo Tita Merello cantó en Buenos Aires el tango "Qué vachaché", letra y música de Enrique Santos Discépolo, estrenado poco antes en Montevideo.
La decadencia argentina, que se iba a hacer más evidente después del golpe de 1930 y parece acelerarse en estos tiempos, tiene en la cínica y desencantada letra de Qué vachaché (qué vas a hacer) una expresión anticipatoria: "Lo que hace falta es empacar mucha moneda" y luego: "El verdadero amor se ahogó en la sopa; la panza es reina y el dinero es dios".
En su novela Eugenia Grandet, publicada hace casi dos siglos, Balzac muestra a una joven ingenua que entrega sus ahorros al que se casaría luego con ella pero finalmente la rechazaría por no conocer a tiempo que Eugenia había heredado de su padre una gran fortuna. Una desilusionada Eugenia debilitará su relación con la clase social a que pertenece y será en adelante una administradora fría de su dinero.
La avaricia de Félix Grandet sintetiza las ideas de Balzac sobre la sociedad francesa en que vivió, que en las 80 novelas completadas de "La Comedia Humana" parecen anticipar el futuro.
Ilusiones
Qué vachaché y Eugenia Grandet, Discepolo y Balzac, son apenas dos ejemplos distantes del desvelamiento del mecanismo de la modernidad, del reino de la cantidad. Llega un momento en que el proceso de desencantamiento de la antigua poesía del mundo ya no puede proceder, y es necesario revestir de ilusiones nuevas el mecanismo desnudo para evitar una luz demasiado cruda y sobre todo las acciones contestatarias que podría generar un conocimiento indeseable para el poder.
En los tiempos que corren el "mal de los mercaderes", la codicia, el "empacar mucha moneda", ha llevado a que un puñado de hipermillonarios hayan acumulado riqueza para milenios mientras la mayoría vegeta desde la estrechez hasta la miseria abyecta.
Ser aislado o ser social
Aristóteles afirma que el ser humano es un ser social por naturaleza, que la humanidad del ser es resultado de su naturaleza social, que sin sociedad el hombre se vería reducido a la animalidad.
El neoliberalismo se funda en un individuo ficticio, anterior y superior a las relaciones sociales. La sociedad, si se admite, es para los teóricos neoliberales y "libertarios" apenas la suma de individuos regulados por el mercado. Margaret Thatcher dio a esta concepción una forma sencilla, transable en el mercado de las ideas: "no existe tal cosa como la sociedad, solo existen los individuos". Es la forma de nominalismo a que hemos llegado transitoriamente a partir de un lejano antecesor de Thatcher, el monje franciscano inglés Guillermo de Occam, que en el comienzo de la modernidad enfrentó con éxito a la escolástica medieval.
Otra vez la vaca al trigo
En estos tiempos, la cobertura ideológica que reclama la modernidad vuelve a ser religiosa, después de que el liberalismo naciente en la Francia de 1789 sepultó la religión creyéndola muerta.
Donald Trump tiene los ojos fijos en los negocios; por eso anuncia los fines de semana medidas tendentes a manipular los mercados y asegurarse ganancias la semana siguiente. Pero algunos funcionarios suyos, como el secretario de Guerra, Pete Hegseth, son fundamentalistas que viven en un mundo de fantasía, en una nebulosa de mitos.
Es el fin
El Armagedón es una colina al Norte de Jerusalén donde para el pensamiento mágico-religioso en el final de los tiempos se reunirán los ejércitos de la Tierra para enfrentar a los del Cielo, conducidos por Jesús, el Cordero, según el Apocalipsis.
El desenlace de semejante batalla será el fin del mal y la instauración del reino de los cielos, aquel que se había acercado hace ya dos milenios como anunciaba Juan el Bautista en el desierto de Judea.
Según los sionistas cristianos evangélicos como Hegseth las acciones del moderno estado de Israel, aunque parezcan criminales, son resultado de la voluntad divina.
El fortalecimiento de los judíos en Israel es el requisito para la segunda venida de Jesús y el establecimiento del reino de los cielos en la Tierra.
La influencia de los sionistas cristianos en las políticas estadounidenses va en la misma dirección que los intereses materiales del complejo militar-industrial.
Esa influencia contribuye a que un país tan potente como los Estados Unidos vaya a la rastra de Israel -Trump de Netanyahu- más allá del peso que pueda tener el lobby judío en la Casa Blanca.
¿Habrá conversión?
Los evangélicos fundamentalistas apoyan al sionismo como un imperativo religioso, entendiendo que cuando llegue el fin tras el Armagedón los judíos que sigan fieles a su fe, el "remanente", se convertirán al cristianismo.
Mientras tanto, los sionistas judíos aceptan jubilosos el dinero evangélico pero entre ellos se burlan de las ilusiones cristianas y no piensan en convertirse.
Hace siglos, un rey jugó la suerte del imperio español al sostenimiento del catolicismo en Flandes y en el mundo. Parece llegado el tiempo de ver cómo el imperio americano y su ya decadente concepción materialista se juegan a sostener una ilusión religiosa que aparece luminosa en mentes turbias.
De la Redacción de AIM.
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