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Caleidoscopio
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Propiedad y sabiduría

"Las cosas de este mundo son transitorias, evanescentes, contingentes. Recibe cada una su realidad del absoluto; por eso son sagradas y se las debe usar con renunciación reverente, sin envidia ni codicia. No pertenecen a ninguna persona".

Así dice en versos sánscritos el Isavasya Upanischad, un breve escrito que tiene según eruditos occidentales alrededor de 3000 años y muchos más según la tradición hindú.

Que las cosas de este mundo no pertenezcan a ninguna persona no puede pasar sin objeciones para un occidental conocedor de los principios de su sociedad y persuadido de sus méritos: contradice nada menos que la idea de la propiedad privada, que ya en el imperio romano era la capacidad de "usar, gozar y abusar" (ius utendi, ius fruendi, ius abutendi) de las cosas, incluidos los esclavos. Para el Upanischad son formas transitorias del absoluto, son sagradas y se deben usar con reverencia.

La tierra no es del hombre, el hombre es de la tierra
En América-Abya Yala los pueblos originarios repiten con tenacidad milenaria que nadie se debe apropiar de la naturaleza. Expresan con firmeza milenaria: la tierra no es del hombre, el hombre es de la tierra que es su madre, así como el cielo es su padre.

Si evitamos pensar en términos europeos (cristianos, liberales, socialistas, humanistas y demás) la discusión no será si las parcelas deben tener seis, sesenta, seiscientas o 6.000 hectáreas.

El punto de vista indígena, convenientemente desacreditado tras cinco siglos de espada, horca, hoguera, evangelización y aculturamiento, es más sabio que el de los "productores" y por sí solo pone las cosas en su lugar.

La doctrina pirata
Hace más de 300 años, el filósofo inglés John Locke trazó en el “Segundo Tratado del Gobierno Civil” una idea de la propiedad que brindó a los ingleses argumentos para negar a los nativos de Abya Yala sus tierras ancestrales. Locke fue asesor del pirata Morgan cuando el rey inglés lo designó gobernador de Jamaica, y redactó las "normas para el buen gobierno" de Morgan en la isla caribeña.

Según Locke Dios había entregado la naturaleza al hombre como dice el Génesis, pero no en propiedad privada: la propiedad la genera el hombre con su trabajo: el que recolecta frutos, el que mata un animal de caza, el que pesca o labra la tierra.

Sin embargo, para que cada uno reconozca la propiedad del otro es necesaria la organización política de la sociedad. Inglaterra la tenía: parlamento, monarquía, lacayos, jueces, tribunales, iglesias, escuelas, cárceles; los indígenas americanos, no.

La propiedad de las tierras americanas no era en consecuencia de sus pobladores originarios, que no podían sustentarla por falta de organización política, sino de los europeos.

Las consecuencias llegan hasta hoy: los indoamericanos conocieron por ejemplo el maíz antes que nadie, y lo transformaron con su conocimiento y con trabajo de milenios en el mejor de los cereales. Pero ni su conocimiento ni su trabajo botánico y campesino encuentran consideración a los ojos europeos, que reconocen plenos derechos en la materia a Monsanto.

Locke partió de la idea occidental y cristiana de que la tierra y todo lo que hubiera en ella les había sido dado a los hombres por dios para el sustento y comodidad de su existencia, así como Yahvé prometió a Abraham y su descendencia la tierra de Canaán en posesión perpetua. Todos los frutos de la tierra, incluidos los animales, pertenecen a la comunidad humana.

La existencia de los seres naturales no depende del hombre, por eso ninguno tenía el dominio privado de plantas, animales o frutos. Pero existían, como declara la Biblia, para satisfacción del hombre y por eso había una forma de apropiárselos: el trabajo ejercido sobre ellos, para recoger los frutos o matar los animales, generaba la propiedad privada.

Comunidad o Estado
Los pueblos de Abya Yala para Locke no habían superado el “estado de naturaleza”, por eso no estaban en condiciones de generar propiedad privada, que no aparece hasta que cada uno renuncia a la defensa personal de sus posesiones a favor de entidades colectivas, políticas, o permite que otro, un juez, decida en las controversias.

Locke sabía que los amerindios estaban organizados como sociedades, que constituían naciones. Pero no le parecían tan cabales como la inglesa, que era la que más y mejor que ninguna permitía generar propiedad y apropiarse de la naturaleza.

En respaldo del naciente interés burgués que aparecía como universal, Locke entendía que todo el que resistiera el progreso se colocaba en pie de guerra aunque no lo supiera y era pasible de castigo.

Los aborígenes, bestias cazables
Al declararse en guerra contra la humanidad, que se expresaba en las normas capitalistas, el aborigen dejaba de ser humano y podía ser cazado como una bestia cualquiera.

La razón era que los hombres auténticos (en particular los ingleses entusiasmados con su incipiente aventura comercial en todo el mundo) no podían vivir ni encontrar seguridad entre tales bestias, equiparables a fieras salvajes.

Locke no quiso ver que los habitantes de Abya Yala tenían sus propios usos y costumbres, sus normas y organización que no coincidían con las inglesas.

En Abya Yala cada nación era inseparable del ecosistema que la sustentaba. Y su ley no se refería a la propiedad de la tierra misma, que era inalienable porque era sagrada, sino sólo a su uso.

El criterio inglés era el “aprovechamiento” que no se limitaba a aquel respeto reverente, sin envidia ni codicia, que enuncia el Upanishad.

Por el contrario, la estructura mental y material capitalista envuelve la codicia, al punto de que los perfeccionamientos actuales tienden a la destrucción de la naturaleza de manera segura, fría, lógica, racional, quirúrgica, sin desaprovechar nada, porque dejar algún recurso vacante, sin explotar a fondo, es pecado contra la codicia. La razón operativa encuentra argumentos que justifiquen la codicia. El intelecto en cambio es la puerta al conocimiento de la Verdad.

La tierra, para la teoría europea, tenía un valor que dependía del rendimiento que el trabajo permitía obtener de ella. Es un valor económico, el resto es metafísica.

Como dijo Martínez de Hoz, buen representante criollo de este punto de vista: “los recursos naturales no deben ser un limitante de la actividad económica”. Traducido: cuando un “recurso” de la naturaleza sea destruido por la actividad depredadora del hombre, como en las “zonas de sacrificio”, aparecerá un sustituto aprovechable, en un proceso presentado como interminable.

El dinero amplía el horizonte
Locke agrega otra consideración para justificar el estado de cosas “post festum”: La propiedad que genera el trabajo dentro de una sociedad organizada políticamente tiene un límite: lo que cada uno puede usar. Si alguien acumula más, y lo acumulado se pudre, ha cometido una demasía. Sin embargo, lo que acumuló se puede cambiar por dinero, el dinero no se pudre y la acumulación es lícita en estas condiciones. La justificación del poder financiero era necesaria y llegó.

Para Locke, la acumulación de dinero -oro y plata de América- no implicaba daño para nadie. Y había vía libre entonces para recorrer el camino que lleva a la dominación actual del capital parasitario de modo que amenaza hundir el resto con daños incalculables para todos.
De la Redacción de AIM.

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