Warren Buffet es un supermillonario estadounidense de 95 años y que a los 90 llegó a tener 100.000 millones de dólares, tras haber comenzado especulando en la bolsa con apenas 100 dólares, cuando siendo casi un niño repartía diarios en Omaha, su pueblito de Nebraska .
Gracias a la montaña de dólares que tiene detrás, ahora unos 120.000 millones, Buffet es muy escuchado en ciertos círculos, que tuvieron que relativizar y acomodar declaraciones suyas donde aceptaba que existía la lucha de clases, pero afirmaba: "la estamos ganando nosotros, los ricos".
La posición que sus seguidores hubieran preferido que defendiera es que las clases sociales están quedando en el pasado, que hoy están difuminadas, han perdido peso y sentido gracias a la evolución moderna.
El triunfo de los ricos
Queda por saber si la victoria que cantan Buffet y sus colegas será pírrica: el peligro de la sexta extinción masiva de la vida en la tierra provocado por un enfrentamiento entre grandes potencias emergentes y grandes potencias declinantes -la trampa de Tucídides-, la degradación ecológica, la extrema polarización entre ricos y pobres y el cambio climático provocado por la acción humana.
La enorme productividad capitalista no puede ser asimilada por una población cada vez más pobre ni por un grupo muy pequeño de muy ricos. Por eso el dinero se ha volcado a la especulación financiera y a las industrias de guerra y a perfeccionar los sistemas de control y represión, con la mira en posibles rebeliones.
Posiblemente este sea el sustrato donde prosperan los populismos de derecha, a los que nuestro presidente transmutó en "hacer popular a la derecha".
En el siglo XX se produjo la derrota masiva de las rebeliones populares y el triunfo de las elites, que lograron el fin de las restricciones a los grandes movimientos de capitales, el inicio de la globalización neoliberal y de la acumulación y concentración desmedida de riqueza que nos ha traído hasta acá.
La nueva salvación
Las elites mundiales empiezan a advertir que el capitalismo ya no necesita salvarse de los trabajadores sino sí mismo, de los desequilibrios e inestabilidades que provoca y que pueden amenazar su sistema de dominación mundial.
Semejante salvación haría necesaria una reforma profunda, una redistribución bastante resistida en los clubes de plutócratas, no un mero gatopardismo como el que ha sido tan útil.
Puede ser que no esté en juego sólo la supervivencia de un sistema que parece más próximo al colapso cuando más promete, sino de la humanidad misma.
Las guerras actuales tienden a saldarse con armas nucleares, y en una guerra de estas características todos perderán y no habrá fortuna que valga entre las ruinas.
Como abrazado a un rencor
Los Estados Unidos salieron de la segunda guerra mundial como potencia hegemónica, con el imperio británico acabado, las naciones europeas y Japón en ruinas y Rusia devastada. Tenían entonces el 50% de la riqueza mundial y el cinco por ciento de la población. Sus planificadores estratégicos idearon procedimientos para mantener un desequilibrio que les parecía justo y evitar que los "rencorosos" pudieran alterarlo.
Esa situación, a pesar de las previsiones, se terminó en la década de los 70, cuando el país ya había perdido el 25% de su presencia en la riqueza mundial. Luego debió asistir al crecimiento explosivo de China -que ya no pueden detener- sagazmente disimulado por sus dirigentes tras un manto de miseria.
La utilidad de los filósofos
El lingüista y analista político estadounidense Noam Chomsky, basado en las revelaciones de Julián Asange y WikiLeaks en 2010 -90.000 documentos militares secretos publicados- sostiene que los Estados Unidos mantienen una doble retórica cuyo principio es el establecimiento de las "sociedades abiertas" del filósofo Karl Popper, retomadas por su discípulo, el "filántropo" multimillonario George Soros.
Esas sociedades abiertas deben ser controladas económica y políticamente por Estados Unidos y deben favorecer sus negocios. En 2007 la administración estadounidense puso condiciones para lograr acuerdos con otros países: deben conceder bases militares a Estados Unidos y privilegiar los intereses de los inversionistas estadounidenses.
Después del remezón provocado por la divulgación de datos reservados por WikiLeaks, vinieron las revelaciones de Edward Snowden, que de colaborador de una central de inteligencia estadounidense pasó a divulgador de sus secretos en la medida en que implican redes de espionaje en todo el mundo, que sufrían no solo los gobiernos, sino también los ciudadanos. Es un sistema perfeccionado de control universal en que muchos se niegan a creer.
Snowden vio y no aceptó
Snowden reveló la recolección de datos por la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, donde trabajaba. Es un espionaje masivo que trata de fortalecer el capitalismo de desposesión y enfrentar las resistencias.
A diferencia de la acumulación primitiva, que implantó un sistema nuevo desplazando al feudalismo en Europa, la acumulación por desposesión se inició en los 70 del siglo XX con las iniciativas neoliberales: financiarización, privatización de la propiedad comunal y redistribución de la renta.
Snowden reveló las prácticas de los «Cinco Ojos», las agencias de EEUU, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, que espían a ciudadanos de todo el mundo, roban datos en todo el planeta y los usan para sus fines.
Snowden fue caracterizado como un traidor que informó al enemigo de las capacidades de los Estados Unidos, y debió buscar refugio en Rusia, donde acaba de cumplir 41 años. Los servicios de inteligencia, que vieron desfavorablemente descubiertos sus procedimientos, argumentaron que era necesario detectar actividades terroristas para proteger el orden y la seguridad.
Snowden, en una entrevista en Moscú, dijo que la agencia había dejado de observar a terroristas y había comenzado a observar a todos por si acaso se convertían en terroristas. "Y esto no era algo que afectaba solo a personas en lugares lejanos como Indonesia. Esto estaba afectando a los estadounidenses".
Paradójicamente, los estadounidenses en el poder lo consideran traidor a la patria, aunque quizá le haya fallado sólo al poder. El mismo dijo: "no soy héroe ni traidor, soy estadounidense".
Pero la pesca de datos era necesaria a los modelos ya previstos por la geoingeniería para una nueva época de la humanidad, para una administración planetaria que controle la información y las crisis de modo de sostener al capitalismo.
Barack Obama blanqueó la situación: en el futuro no se seguirá espiando de forma secreta y silenciosa, pero es necesario racionalizar, pulir y reducir el robo global de datos. Snowden consideraba el robo de datos y la intromisión estatal en la privacidad un ataque a la democracia. El robo de datos trata de prevenir el colapso y los levantamientos y disturbios mediante el conocimiento prematuro de lo que piensa la gente. La finalidad es vigilar, controlar, eliminar la resistencia apenas se esboce y manipular la información mediante algoritmos.
La manipulación global
Las tecnologías informáticas modernas permiten a los servicios de inteligencia -que son la cloaca de la política- controlar a la gente común y abortar en germen cualquier peligro.
Según Snowden la nueva tecnología de vigilancia masiva general permite recoger millones de datos de la comunicación de personas inocentes. No es solo violar derechos, sino obtener datos útiles para los proyectos de geoingeniería global, que buscan sostener el capitalismo combatiendo el terrorismo, la crisis energética, el cambio climático y el déficit alimentario y en general todos los desaguisados que provoque el sistema imperante.
La geoingeniería se inició en la ex Unión Soviética como un intento de modificar el clima con fines militares. Luego las potencias firmaron un convenio de modificación ambiental para no usar el clima como arma de guerra. Pero ha vuelto a la consideración gracias a la universidad de Harvard, a la petrolera Exxon y al interés del "filántropo"
Bill Gates.
La geoingeniería es posiblemente una esperanza más del capitalismo global a favor de la solución de los problemas que él mismo genera. Propone por ejemplo, para frenar el calentamiento global, transportar azufre a la estratósfera, en concreto inyectar dióxido de azufre a una altura de 50 kilómetros para reflejar la radiación solar.
Se formaría un aerosol que provocaría un oscurecimiento global; poca radiación solar alcanzaría la Tierra y la atmósfera se enfriaría.
El cielo se volvería amarillento y la gente se deprimiría, pero serían efectos secundarios que habría que aceptar como un costo menor.
Para abastecer de energía la propuesta son centrales solares en el Sahara y contra el hambre, otra revolución verde. La primera, pensada según sus promotores para alimentar a 15.000 millones de personas, no sería suficiente.
Las propuestas a veces parecen de ciencia ficción pero en las mentes quizá turbadas por los excesos es posible que tengan otro aspecto.
Se busca la fertilización oceánica vertiendo nutrientes para que crezca fitoplancton con el fin de absorber el dióxido de carbono; también mover enormes masas de agua para alimentar el plancton, o capturar mecánicamente los gases de invernadero, o combinar el dióxido de carbono en la atmósfera con calcificantes para obtener cemento y usarlo en la construcción. En este caso, no falta la visión de los negocios como posiblemente no falte en ninguna de estas iniciativas.
Otra opción es el blanqueamiento de las nubes marinas para que reflejen la luz o el adelgazamiento de nubes para que el calor pueda escapar hacia el espacio. También hacer plantaciones de monocultivos alterados genéticamente para que reboten en ellos los rayos solares. O sembrar nubes para cambiar el régimen de lluvias.
La solución de los geoingenieros implica zonas de sacrificio, ecosistemas degradados con consecuencias gravísimas para la naturaleza y sus habitantes menos favorecidos, animales y seres humanos. Ante nada, es necesario controlar la información y las personas.
El organismo a la basura
El mundo como organismo, del que hablaba en el siglo XIX el polímata alemán Alexander von Humboldt, se transformó en un contenedor de residuos del que se pueden extraer recursos energéticos y minerales. Es el período antropoceno, es decir una naturaleza moldeada por el hombre, que algunos proponen llamar "capitaloceno" o "capitalozoico".
El viejo mundo como organismo muere bajo la valorización del capital en mano de empresas gigantescas que buscan aumentar su poder global a expensas de los explotados del mundo, cada vez más explotados y más pobres, más desposeídos en otra gran revolución capitalista. No tardará en aparecer un límite interno de esta expansión: la escasez fundamental que enfrenta la vida sobre la Tierra.
Se trata, otra vez, de la "continuación de la política por otros medios" -la definición de guerra de von Clausewitz- porque la acumulación por desposesión no respeta límites, transgrede las fronteras estatales e internacionales y mantiene los derechos humanos como bandera para crédulos.
De la Redacción de AIM.
Dejá tu comentario sobre esta nota