Satán es una palabra hebrea que significa "adversario". Es un nombre al que apelaron los hebreos de regreso a Jerusalén tras cinco décadas cautivos en Babilonia, de donde los dejó salir Ciro el Grande y adonde los había llevado Nabucodonosor II, que deportó sólo a la élite tras destruir el templo atribuido a Salomón.
Aquellos hebreos regresaron al país de sus ancestros habiendo olvidado hasta el idioma. Notablemente, el kyrie eleison, una parte de la misa, que significa en griego "señor, ten piedad", expresa agradecimiento a Ciro. Con la memoria de los nómades, dos mil quinientos años después todavía los cristianos piden piedad al rey de Persia.
En Babilonia los israelitas asimilaron muchas ideas y símbolos de la religión de Zaratustra, entre ellas la dualidad entre el principio del bien (Ahura Mazda) y el principio del mal (Ahriman).
Satanás es Ahrimán adaptado a las creencias judías; no es un principio equivalente a Yahvé (uno de los Elohim, que desplazó a los otros), es atribuido a las debilidades humanas y al pecado con poder suficiente para ser el "príncipe de este mundo" , como dice el evangelio.
La carrera de Satán como "El malo" comenzó, al menos en los registros históricos, en Persia con el profeta Zaratustra hace unos tres milenios.
En el cristianismo Satán retomó su camino en el siglo IV, después del concilio de Nicea. Era una figura revestida de un poder terrorífico que en parte ha perdido. La iglesia dejó de ser perseguida gracias a la conversión del emperador Constantino y poco tardaría en convertirse en perseguidora. Ya en el año 387 mandaba quemar a los jefes de los maniqueos con sus libros y a condenar a muerte o enviar a trabajos forzados a sus discípulos.
Los refractarios con frecuencia eran acusados de prácticas satánicas, en particular las mujeres sin relación con el maniqueísmo pero que se mantenían fieles a los cultos paganos antiguos; que en muchos casos eran culpables por usar en sus casas recipientes servían para preparar cerveza.
Durante más de un milenio el satanismo -o lo que se hacía pasar por satanismo- fue implacablemente reprimido por la iglesia y por el poder secular que seguía su inspiración.
El debilitamiento del poder del clero y de las confesiones protestantes ha facilitado el renacimiento del satanismo en el mundo occidental, que durante siglos fue contenido por la religión y luego por la ciencia.
Las "posesiones" por el demonio, muy frecuentes hace cuatro o cinco siglos, cuando la ciencia pudo distinguir endemoniados de enfermos. Reapareció entonces bajo la forma de satanismo, una expresión del pensamiento mágico.
El historiador francés Jules Michelet vinculó la aparición del satanismo en occidente con la muerte de Pan, el dios de la Naturaleza, que inspiraba el pánico con su flauta.
Una voz misteriosa corría por las riberas del mar Egeo, diciendo: "El gran Pan ha muerto", dice Michelet recuperando una leyenda narrada por el historiador griego Plutarco, contemporáneo de Jesús, que pone la frase en boca de un marinero. Para Michelet era el anuncio del fin del dios de la naturaleza, con quien morirían las tentaciones.
Los primeros monumentos cristianos expresan la esperanza en la desaparición de la naturaleza, en el apagamiento de la vida terrena, en el fin del mundo. Era el final de los dioses de la vida, que por tanto tiempo habían prolongado la ilusión. Todo cae, se desmorona, se hunde. El todo se convierte en nada: El gran Pan ha muerto.
La duplicación del mundo en natural y sobrenatural, herencia del platonismo, la valoración de uno y la reprobación de otro, cristalizó en un dualismo que tomó entre muchas otras formas la de los modernos cultos satánicos.
El feminisno no ha sido inmune al satanismo. El recuerdo literario de Lilith -la primera mujer anterior a Eva según una tradición hebrea- hermosa, libre, rebelde frente a Adán e incluso frente a Dios, es una inspiración de las feministas satanistas.
Las religiones griega y romana no conocían al diablo, entre los dioses celtas no había sitio para el maligno, lo mismo que en las religiones africanas no influidas por los misioneros, entre los indígenas de América del Norte, tampoco en el sintoísmo, budismo ni el taoísmo. La fuerza opuesta a dios proviene de la religión de Zaratustra, no del judaísmo ni del cristianismo
En el Apocalipsis, que estuvo a punto de quedar fuera del canon cristiano, las ideas mazdeístas vuelven en la forma de un ángel caído que lidera una rebelión contra Dios. Es el "príncipe de este mundo", la personificación del mal, el adversario supremo.
Según la tradición cristiana, Satanás fue creado como un ángel llamado Lucifer, cuyo nombre significa "portador de luz". Su caída, narrada por los profetas Isaías y Ezequiel, se debió a su orgullo y rebelión contra dios antes de la creación del hombre.
En la cultura occidental, Satanás ha sido símbolo de rebelión y tentación. Sigue siendo una figura central en el imaginario colectivo, un recordatorio de las luchas internas y externas que definen la experiencia humana.
Para los satanistas modernos, Satanás simboliza el individualismo y el rechazo a la moralidad convencional. La ambivalencia anexa al nombre Lucifer no se resuelve solo con la etimología porque Lucifer, "portador de luz" es el equivalente del griego Phosphoros, "el portador de la Aurora".
Esta idea lo vincula con Venus, que puede acompañar como "lucero" tanto al amanecer como al crepúsculo. En la astrología romana era la "stella matutina", una de las tantas designaciones que la iglesia aplica a María.
Lucifer era el más hermoso ángel del cielo; las estrellas, hermosas, serenas y distantes en el cielo nocturno de la Antigüedad, representaban a los ángeles. En el caso de Lucifer, la soberbia provocó su caída y entonces se transformó en Satanás el diablo
De la Redacción de AIM.
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