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Caleidoscopio
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Terremoto

El pasado 26 de junio dos terremotos casi simultáneos azotaron el norte de Venezuela, provocando hasta ahora más de 5.000 muertos y 16.000 heridos, además de grandes destrucciones en Caracas y La Guaira.

Por vía de la información, volvió a los que no los sufrieron la consciencia de un peligro latente que llega sin anunciarse y que suele provocar devastaciones.

Venezuela sufre frecuentes terremotos; en 1997 en el estado de Sucre, uno causó 73 muertos. En julio de 1967 hubo otro cerca de Caracas. En 2029 un maremoto consecuencia de un sismo en el mar destruyó la ciudad de Cumaná y mató a 800 personas

En los orígenes del planeta los terremotos eran mucho más frecuentes e intensos que ahora, pero no había población humana que los sufriera.

Actualmente la corteza terrestre es más dura y fría que hace miles de millones de años. En aquellos tiempos la Tierra sufría además el impacto constante de asteroides que fracturaban la corteza y trajeron del espacio exterior el agua de los océanos.

Desde que el inglés John Milne y el ruso Boris Galitzin inventaron la sismografía moderna hace más de un siglo, cada uno por su lado, se puede asignar números, medir, la potencia de los terremotos, los fenómenos naturales terrestres más temibles.

Un ejemplo documentado
El terremoto de Lisboa el 1 de noviembre de 1755 provocó una devastación enorme, que minó un imperio que se extendía del Brasil a Goa y tuvo repercusiones insólitas, como el enfrentamiento de la Inquisición con intelectuales como Voltaire y Kant.

Lisboa era entonces una las ciudades más ricas de Europa gracias principalmente al oro de Minas Gerais. En el siglo XVIII viajaron del Brasil a Portugal alrededor de un millón de kilogramos de oro.

Fue un saqueo de las riquezas mineras americanas solo superado por el que sufrió el cerro rico de Potosí, del que los españoles enviaron a Europa unas 40.000 toneladas de plata.

El oro de Minas Gerais fue a parar a los bancos ingleses y con la plata potosina se acuñaron los reales de a ocho, la moneda de cambio internacional de esos tiempos.

En su "Poema sobre el terremoto de Lisboa", Voltaire subrayó la frivolidad humana, por si hiciera falta: "Lisboa queda hundida y en París se baila". Y además remachó su crítica al optimismo metafísico de Leibniz, que sostenía que vivimos en el mejor de los mundos posibles: "Filósofos engañados que gritan: “Todo está bien” ¡vengan y contemplen estas ruinas espantosas!"

El filósofo Emmanuel Kant, por su parte, recopiló metódicamente información sobre el terremoto y publicó tres ensayos, donde deja de lado las explicaciones confesionales y sostiene estar ante un fenómeno natural causado por el desplazamiento de cavernas subterráneas llenas de gases calientes.

Era el 1 de noviembre, el día de todos los santos; la católica población lisboeta, en total unos 270.000 habitantes de los que alrededor de 100.000 murieron ese día, estaba pasadas las 9 de la mañana en las iglesias.

De pronto se escuchó un ruido sordo, confundido con truenos o la circulación de centenares de carros, que era en realidad el producto de una fractura bajo tierra, unos 300 kilómetros mar adentro y a 40 kilómetros de profundidad, que en instantes se hizo conocer como un megaterremoto que destruyó Lisboa y se sintió en gran parte de Europa y el noroeste de África.

Los sacerdotes y los fieles huyeron a lugares abiertos clamando a dios, hermanados por el pánico; pero entonces se produjo la segunda ola del terremoto, posiblemente de una intensidad superior a 9.

La naturaleza siguió su obra con un maremoto que se abrió camino hasta Lisboa por el río Tajo. El agua se retiró pero volvió en menos de una hora con olas de hasta seis metros de altura, que arrastraron al mar a miles que buscaron refugio en la costa del río, entre ellos a orantes que imploraban misericordia en la plaza junto a la catedral.

En un puerto de pescadores al sur de Lisboa la experiencia de siglos salvó a la población. Cuando vieron retirarse el mar, como ocurría en las tormentas más intensas, huyeron a lugares altos previendo que el agua regresaría con violencia.

El maremoto no fue el fin de las desventuras: faltaban los incendios provocados en buena medida por las velas encendidas por la festividad del día. Cuando anocheció el 1 de noviembre el fuego iluminó las ruinas y no se apagó en una semana.

Mejor que creer, saber
Sebastián de Carvalho e Melo, poco después marqués de Pombal, mano derecha del rey Juan I, fue encargado de reconstruir Lisboa.

Contra la interpretación que atribuía el desastre a los pecados de la población y no quería investigar más, Pombal envió a 800 parroquias portuguesas un cuestionario con el fin de averiguar las causas del terremoto. Intentaba recoger datos científicos y era evidencia de la mentalidad racionalista.

Pombal quería conocer la duración del sismo, la cantidad de temblores, los comportamientos inusuales de los animales, el cambio en el nivel de los pozos de agua. Fue el inicio de la sismología, la sustitución del fideísmo por el método científico.

La causa de los terremotos
Los terremotos son fenómenos naturales inevitables y por ahora impredecibles, aunque es posible prepararse, por ejemplo adaptando las construcciones para sus efectos devastadores.

Son producto de la presión ejercida por las tres capas principales que integran la estructura de la tierra: el núcleo, formado por magma líquido; la capa intermedia o manto –que tiene cierta plasticidad- y la corteza terrestre, la superficie dura exterior.

Esta presión ha fracturado la capa exterior creando segmentos conocidos como capas tectónicas. El movimiento de estas capas, a lo largo de millones de años, formó el relieve terrestre, los valles y las montañas.

El continuo movimiento de acercamiento y separación de las capas tectónicas entre ellas forma grietas activas, o fallas sísmicas, en zonas de la superficie donde se disipa la energía proveniente del núcleo terrestre. Esa disipación violenta y repentina es un terremoto.

Un temblor de poco más de tres grados en la escala de Richter puede causar grietas y vidrios rotos en casas y algunos edificios. Pero un sismo de más de 6 grados puede provocar derrumbes y muertes.

La teoría de las placas
La teoría geológica de las placas tectónicas explica la estructura de la porción externa más fría y rígida de la Tierra. También explica la causa de los terremotos y los volcanes que se concentran en regiones del planeta como el cinturón de fuego del Pacífico o de por qué las grandes fosas submarinas están junto a islas y continentes y no en el centro del océano.

Las placas tectónicas se desplazan unas respecto a otras con velocidades de 2,5 centímetros por año lo que es, aproximadamente, la velocidad con que crecen las uñas de las manos. Este movimiento, por lento que parezca, termina generando a lo largo de los milenios enormes presiones que provocan intensas deformaciones en la corteza y litosfera de la Tierra, lo que ha dado lugar a la formación de grandes cadenas montañosas, como los Andes y los Alpes y el Himalaya, y grandes sistemas de fallas.

El contacto por fricción entre los bordes de las placas es responsable de la mayor parte de los terremotos. Otros fenómenos asociados son la creación de volcanes y las fosas oceánicas.

Las placas en que está fracturada la corteza terrestre, de acuerdo con la geología son: La africana; antártica; arábiga; australiana, de cocos, del Caribe, escocesa, euroasiática, filipina, indoaustraliana, de Juan de Fuca, de Nazca, del Pacífico, norteamericana, y sudamericana.

La teoría de la tectónica de placas fue forjada principalmente entre los años 50 y 60 del siglo pasado y se la considera la gran teoría unificadora de las ciencias de la tierra, ya que explica una gran cantidad de observaciones geológicas y geofísicas de manera coherente.


Escala de Richter
La escala sismológica de Richter, también conocida como escala de magnitud local, es una escala logarítmica arbitraria que asigna un número para cuantificar el efecto de un terremoto. Se denomina así en honor del sismólogo estadounidense Charles Richter

Esta fue desarrollada por Richter con la colaboración de Beno Gutenberg en 1935, ambos investigadores del Instituto de Tecnología de California, con el propósito original de separar el gran número de terremotos pequeños de los mayores, menos frecuentes, observados en California.

La escala fue desarrollada para estudiar únicamente aquellos terremotos dentro de un área particular del sur de California

Richter reportó inicialmente valores con una precisión de un cuarto de unidad, sin embargo, usó números medir conociendo el tiempo transcurrido entre la aparición de las ondas P y las ondas S, y la amplitud de éstas.

Las primeras hacen vibrar el medio en la misma dirección que el desplazamiento de la onda, son ondas de compresión y expansión. De velocidad de propagación muy rápida (de 5 a 11 km/s), son las primeras en aparecer en un sismograma.

A continuación, llegan las llamadas ondas S, que hacen vibrar el medio terrestre en sentido perpendicular a la dirección de su desplazamiento.

La escala de Richter no es lineal sino logarítmica y refleja la energía que se desprende en un terremoto. El logaritmo incorporado a la escala hace que los valores asignados a cada nivel aumenten de forma exponencial, no de forma lineal.

Richter tomó la idea del uso de logaritmos en la escala de magnitud estelar, usada en la astronomía para describir el brillo de las estrellas y de otros objetos celestes.

Arbitrariamente escogió un temblor de magnitud 0 para describir un terremoto que produciría un desplazamiento horizontal máximo de 1 m en un sismograma trazado por un sismómetro de torsión Wood-Anderson localizado a 100 km de distancia del epicentro.

Esta decisión tuvo la intención de prevenir la asignación de magnitudes negativas. Sin embargo, la escala de Richter no tenía límite máximo o mínimo, y actualmente sismógrafos más sensibles detectan movimientos con magnitudes negativas.

La tierra tiembla
Los terremotos más intensos registrados por los sismógrafos y los acelerómetros fueron los de Indonesia en 2004, de magnitud 9,1, y el de Valdivia, en Chile en 1960, de 9,6 en la escala de Richter, el más potente de todos hasta ahora.

El terremoto de Haití en 2012, de 7,3 grados, afectó a un país muy pobre y conmovió a Port Au Prince, su capital, que concentra buena parte de la población.

Provocó la muerte de al menos 200.000 personas, destruyó la precaria economía haitiana, dejó millones de personas heridas y sin vivienda e innumerables niños huérfanos.

El terremoto más mortífero registrado en el siglo XX sacudió la ciudad china de Tangshan en 1976 con una intensidad de 7,8 grados en la escala Richter y dejó al menos 255 mil muertos.

El más potente de todos fue el de Valdivia que tuvo una intensidad enorme, 9,6 en la escala de Richter, suficiente para provocar maremotos hasta en las costas del Japón, en las antípodas, y erupciones volcánicas.

En 1556 se produjo un gran terremoto en Shansi, en la China, que dejó 830.000 muertos. No hay datos sobre su intensidad porque por entonces no se medía, pero fue intensísimo a juzgar por la destrucción que provocó.

En 1976 el terremoto de Tangshan, en la China, dejó 255.000 muertos. Fue de 7,5 grados en la escala de Richer. En 1138 un terremoto sacudió la ciudad siria de Alepo, y provocó 230 mil muertos.

En 1927 otro terremoto dejó 200.000 muertos en Xining, en la China. En el año 856 antes de la era corriente hay registros de un movimiento que mató 200.000 personas en Damghan, en Irán.

En 1923 Kwanto, Japón, fue escenario de otro sismo muy potente, que mató a 143.000 personas.

Se pueden recordar también el terremoto de Turkmenistán en 1948, que dejó 100.000 muertos y tuvo una fuerza de 7.3 grados, y el de Messina, en Italia, en 1908, que destruyó la ciudad siciliana y mató 100.000 personas. Su potencia fue de 7,2 grados.

También en 1667 Shemakha, Azerbaiján, hubo 80 mil muertos, en 1728 , 77.000 muertos en Tabriz, Irán.

En 1970 se produjo un terremoto de 7,9 grados en la escala de Richter en el Perú, con 60.000 muertos. Sicilia había sido antes que en Messina escenario de otro sismo en 1693, con 60.000 muertos y cerca de allí, en Calabria, hubo un terremoto con 50.000 muertos en 1783.
De la Redacción de AIM.

Fuente: De la Redacción de AIM.
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