Después de someter a Cuba a un bloqueo durante seis décadas y a Venezuela por lo menos desde 2015, ahora los Estados Unidos están dispuestos a olvidar las ficciones democratizantes y tomar con menos eufemismos y más verdad los recursos naturales que les hacen falta.
Según la doctrina que han elaborado, esos recursos son estadounidenses estén donde estén, en Iraq o en la Patagonia, en Siberia o en las salinas jujeñas.
Ya no hablan de voltear gobiernos para democratizar, aunque sí de invadir Nigeria para evitar la matanza de cristianos, sino más sencillamente, y sobre todo más sinceramente, de entregar el petróleo venezolano, las mayores reservas del mundo, a Chevron.
Esto se les vuelve necesario porque el petróleo de esquistos de mala calidad conseguido mediante fracking de que disponen ahora se terminará en un lustro, justo cuando están perdiendo el monopolio del comercio del petróleo fundado en los petrodólares garantizados por Arabia Saudita.
Ya vieron el peligro en 1973, cuando la OPEP embargó las entregas de petróleo durante varios meses, una respuesta árabe al apoyo estadounidense a Israel durante la guerra del Yom Kippur, y de entonces vienen los primeros planes formales de invadir Venezuela.
La invasión de Venezuela está por ahora demorada debido a resistencias que necesitan estudiar mejor, sobre todo porque el país a invadir está recibiendo ayuda militar de potencias militares no desdeñables.
Por ahora, Rusia ha enviado misiles antibuque y antiaéreos, dispuso que el grupo mercenario Wagner se traslade a Venezuela y envió 5000 "turistas" rusos a la isla Margarita, para crear un "casus belli" si hay muertes de civiles connacionales.
Los 20 aviones Su 30 capaces de disparar misiles supersónicos contra la flota deben ser eliminados todos antes de iniciar la invasión, porque uno solo de esos misiles podría hundir el portaaviones y ese es un riesgo que no puede correr Estados Unidos.
Ataques puntuales a bases militares y centros de comando podrían no ser efectivos; un ataque con todos los aviones posibles daría la victoria en pocos días, pero justificaría una respuesta de las potencias que apoyan a Venezuela, entre ellas China e Irán, que no se puede valorar con precisión por anticipado.
Una invasión terrestre obligaría a disponer de mucha tropa, con resistencia de la población estadounidense que está proclive a medidas enérgicas contra su gobierno, podría empantanarse al modo de Vietnam y obligaría a atender un frente externo y otro interno.
Un elemento disuasivo a tener en cuenta es que Rusia, el principal proveedor de armas de Venezuela en estos días ha lanzado cohetes con motores nucleares que giran alrededor de la tierra indefinidamente y pueden arrojar bombas, quizá atómicas. en cualquier parte del mundo.
Además, está amenazando con submarinos que rondan las costas atlánticas y el Caribe y pueden provocar maremotos que arrasen las ciudades estadounidenses y sobre todo la gran base militar que están construyendo en Puerto Rico como centro del comando Sur.
En estos momentos, el "patio trasero" de Estados Unidos parece rebelarse, quizá adivinando la debilidad del otrora formidable imperio. Es que la industria militar norteamericana, que está parasitando toda la economía de su país, como advirtió Eisenhower al dejar el poder, fabrica armas muy caras, a precios muy inflados, pero no tiene proyectiles para más de una semana de enfrentamiento con Rusia.
La idea del polaco rusófobo Brzezinski, asesor de presidentes estadounidenses, de recolonizar el patio trasero como reaseguro ante el crecimiento imparable de China tiene ahora dificultades; es decir, el imperio no puede siquiera asegurar lo que considera suyo sin discusiones desde el congreso anfictiónico de Panamá de 1826
De la Redacción de AIM.
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