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Caleidoscopio
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El odio, Narciso y el resto

En la década de los 60 del siglo XX se produjo un fenómeno que la ciencia no explica suficientemente: un gran crecimiento súbito de la tasa de fecundidad humana, que sin duda tuvo episodios similares en los siglos y milenios anteriores, por ejemplo en la época helenística. El resultado fue que años después la proporción de jóvenes en la población aumentó, y con ellos la cualidad de las demandas y de las respuestas políticas.

Cambió la idea de lo juvenil, se asistió al nacimiento de la contracultura sobre todo en los Estados Unidos, se consideró hipócrita e injusta toda la sociedad anterior y se reforzó la idea de estar en la cumbre de la historia y ante valores nunca antes conocidos, producto de una sensibilidad nueva.

En la universidad de California en Berkeley los estudiantes iniciaron una protesta prometiendo romper el sistema por insoportable; pero levantando la bandera de los Estados Unidos, que parecía contener sin rasgaduras las exigencias más extremas.

Aquella protesta enraizó en la cultura "woke" (desperté) -originada en los afroamericanos décadas antes con fines reivindicatorios- y se centró en la libertad de expresión, lo que vale recordar para contrastar con su propio futuro, que estamos viviendo hoy.

De 1968 a 2023
En el 68, la mentalidad que crecía en California encarnó en Nanterre, una sede fundada por la universidad de París cuatro años antes para distribuir la población estudiantil.

La cantidad de jóvenes estudiantes se había multiplicado por 10 en Francia; su representante más conocido fue Daniel Cohn - Bendit, un anarquista alemán apodado "El Rojo". Con el tiempo, el duro Daniel se tiernizó, su color furioso empalideció: fue teniente alcalde de Frankfurt y eurodiputado "verde": quedó lejos de romper el sistema y dejar los pedazos para que otros los unan.

En el libro "La revolución y nosotros, que la quisimos tanto", Cohn Bendit recuerda sus años juveniles, considerando que aquello tenía algún sentido, pero "nosotros éramos un poco locos".

En cierto momento de la revuelta del 68 en Francia no había combustible para el transporte, el gobierno no gobernaba porque estaban cortadas las comunicaciones, faltaban comestibles. Había un vacío de poder creciente que pronto alguien ocuparía. Pero entonces, tan rápido como había crecido, la revuelta se disolvió.

Sin embargo, aunque aquel movimiento no tuvo efectos políticos inmediatos sí lo tuvo sociales porque era parte de un cambio civilizatorio no tan fácil de ver, que persistió a pesar de que los revolucionarios del 68 se volvieron a sus casas, transaron y medraron con el sistema.

En "La rebelión de las masas", desde su punto de vista, José Ortega y Gasset había dado una descripción de las novedades sociales de inicios del siglo XX que veía como una degradación y un peligro, y que llevaron a algunos críticos a ubicarlo entre los conservadores que prepararon el fascismo europeo. Pero Ortega no tenía en vista solo las cuestiones políticas, sino también, por ejemplo, "el nuevo modo de vestir y de gozar"; es decir: veía rasgos inquietantes en la irrupción de las masas donde antes no asomaban.

Adornar al revolucionario
Los moldes apenas contuvieron los cambios, que el sistema se encargó de mantener dentro de sus límites y de explotar comercialmente ofreciendo los productos que la nueva sensibilidad exigía: los jóvenes que llevan la figura del "Che" Guevara en sus remeras no estarían dispuestos a seguir su ejemplo en el caso de que lo conocieran.

De una juventud idealista y entusiasta, que creía tener los cambios en sus manos y despreciaba un pasado cruel e ignorante que era una construcción imaginaria, resultó sin quererlo ellos un mundo más materialista que el que rechazaba. Se los comió el sistema que no toleraban; pero antes de acabarlos les vendió lo que quiso a ellos y a todos los veían con cariño pero con ambivalencia.

Los hipermillonarios de hoy, que gustan llamarse "filántropos", son todos -en su aspecto público- partidarios de la nueva izquierda, adulan, incentivan y moldean las exigencias de sus clientes, pero en privado siguen siendo partidarios del poder y su palanca dorada.

Los movimientos sociales posmodernos han hecho desaparecer los principios y han puesto en su lugar a los preceptos, las normas legales. La cultura posmoderna busca imponer en un mundo sin principios, si es preciso por la fuerza, preceptos legales que considera deben ser guía moral, por eso a veces se la suele achacar erróneamente de fascista.

Los narcisistas piensan ante todo en sus propias satisfacciones, sienten que sus deseos son norma para ellos y deben ser norma para los demás, creen que todo les es debido y ven a sus deseos en el centro de la realidad, como los bebés.

Ya en 1969, Teodoro Wiesengrund Adorno, uno de los fundadores de la escuela de filosofía crítica de Frankfurt, admitía que las necesidades humanas, broten del estómago o de la fantasía, siempre tuvieron mediación social, y en ese tiempo se habían vuelto externas a los que las sentían. "Su satisfacción se convierte en obediencia a las reglas del juego de la publicidad” .

Los portaestandartes actuales de esta cultura son jóvenes de la generación que no sabe vivir sin internet, celular o tableta, ya tienen títulos universitarios y se están estrenando en el mercado laboral.

La nueva cultura conserva algo que viene de muy lejos y sigue arraigado en la vida cotidiana: no querer ver lo que no nos gusta: "A mí todo eso me cauda enfado, nada me parece justo en siendo contra mi gusto", dice Segismundo en "La Vida es Sueño", una obra de teatro del siglo XVII. Y la tendencia a no ver y anular lo que no gusta está posibilitada por la dinámica de las nuevas tecnologías y por las redes sociales que permiten borrar, eliminar, tachar, ignorar, ejerciendo sobre los demás, en el plano virtual, un poder cancelatorio.

La vuelta de Narciso
Según la mitología griega, Narciso era un joven hermoso del que todos se enamoraban y que rechazó a la ninfa Era, que desolada se refugió en una cueva donde se consumió hasta quedar reducida a solo su voz.

Esta crueldad con Era hizo que Némesis, la diosa de la justicia retributiva y del castigo, indujera a Narciso a enamorarse de su imagen reflejada en un estanque. Narciso quedó absorto en la contemplación de su imagen y terminó arrojándose al agua y ahogándose. En ese lugar creció la flor que conocemos como Narciso.

En nuestra sociedad posmoderna, la derrota ideológica y militar del socialismo real fue seguida rápidamente por el dominio sin disputa de la economía capitalista y la globalización.

Ya no hay ideales colectivos, incluido el religioso. Queda la vivencia inmediata del placer, el culto al cuerpo y a la moda, el hedonismo.

La palabra, que midió en un tiempo el valor del hombre, no compromete, es virtual como tantas otras cosas. El aspecto externo se vuelve socialmente muy significativo, el cuerpo sirve como gancho para atraer y seducir.

Valen la belleza, la juventud, la felicidad, el éxito, medidos con la vara del consumo dentro de un mundo que por convención es igualitario, plural, libre y democrático.

Las relaciones mercantiles son ahora las verdaderas relaciones humanas, de ellas dependen la identidad, la aprobación social y la estabilidad psicológica, que en los narcisistas es débil y necesita apoyos y reaseguros.

El consumo es el punto final donde está la felicidad, que es un estado del cuerpo, una satisfacción física; se trata más de parecer que de ser.

No hay ideologías que expliquen el mundo y tracen metas acordes con la explicación, todo es relativo; solo hay que escuchar la voz que dice cómo hay que ser, en qué hay que creer y qué cuerpo hay que tener. No hay salvación por la fe ni liberación por el conocimiento, todo fue reemplazado por la apariencia corporal.

El narcisista acepta ser lo que los medios de comunicación dicen que es. Esos medios son los que dictan las normas que satisfacen las necesidades del mercado.

El discurso de odio
Uno de los puntos de encuentro de la ideología posmoderna con la política es la regulación, limitación y prohibición de los "discursos de odio", tratando de no atropellar a la luz del día la libertad de expresión, que es un peludo de regalo de tiempos viejos que todavía hay que mantener vivo, pero dormido.

La condenación del odio toma una dirección sesgada hacia los discursos políticos, con la tendencia a considerar todo discurso opositor como generado por el odio.

La ideología posmoderna niega lo que no quepa en el radio de su sensibilidad, no reconoce el derecho a existir a los discursos que percibe ajenos y los anula simbólicamente si puede y cuando no puede mediante la intervención del Estado.

Está claro que para los políticos los "discursos de odio" son un filón difícil de ignorar por las ventajas que ofrecen: la posibilidad de incluir en ellos los argumentos de los opositores y eliminar las opiniones críticas sin afectar la democracia.

Los Estados modernos han legislado contra los discursos de odio tratando de conseguir un remedio para desastres tales como el holocausto en Alemania. Pero la atracción de lo prohibido llama la atención sobre los argumentos vetados más que si no hubiera legislación contra ellos y quizá solo haya contribuido a empeorar la cuestión.

De zombis y esclarecidos
En 2017 la Suprema Corte de los Estados Unidos rechazó limitar los discursos de odio. El fallo recuerda otro de principios del siglo pasado, del juez Oliver Holmes, que dice: “el derecho de libertad de expresión protege la libertad de expresar el pensamiento que odiamos”.

Según la corte, que recoge aquí ecos de un pasado moribundo, "usted debe cuidarse de principios jurídicos que solo resultan confiables cuando su aplicación queda en manos de personas que piensan como usted".

Es decir: el derecho no se puede fundar en el gusto ni el disgusto de nadie en particular, tampoco en las ideas de una persona o de un grupo, sino en normas universalmente válidas. Esas normas desde la antigüedad griega tienen el nombre de razón.

Lo que parecía el respeto de derechos de minorías o concesiones a la hipersensibilidad de algunos jóvenes se convirtió en un medio de censurar y coaccionar la creatividad.

Para el sociólogo Roberto Gargarella la intención de prohibir los discursos de odio parte de una élite soberbia que se considera a sí misma inmune a las noticias falsas y a las provocaciones, como en otros tiempos los censores que leían todos los textos para saber qué debían prohibir.

Muy por debajo de su lucidez habría una masa de zombis capaces de tragar sin crítica todos los argumentos. Extremando un poco la interpretación, solo los esclarecidos podrían votar y no los susceptibles de ser obnubilados por discursos odiosos que hay que evitar que los zombis escuchen.
De la Redacción de AIM.

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