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Caleidoscopio
Caleidoscopio
La desesperación lleva al pánico colectivo.
La desesperación lleva al pánico colectivo.

Es el miedo

La peste es el miedo, como era cuando más de un tercio de la población de Europa cayó bajo la peste negra en el siglo XIV. Con la expectativa de vida de los inicios de la Modernidad, un tercio de la población moría naturalmente en menos de 15 años; pero la presencia masiva de la muerte descontrolada en las calles, el desvalido horror de los apestados en que cada uno veía su futuro inmediato, el hervidero de emociones irracionales que oprimían el pecho y enloquecían la cabeza, esparció entre los sobrevivientes un terror que cambió el mundo.

A mediados del siglo XIV reapareció la peste. Posiblemente entró por Venecia, la gran potencia naval y comercial donde llegaban barcos del Oriente con mercaderías preciosas que soportaban altísimos fletes y con polizontes inevitables: las ratas portadoras del yersinia pestis y de las pulgas fatales que infectaban a la gente.

El poder del miedo
El resultado de aquella peste fue la disgregación de las familias, la desconfianza de cada cual en su vecino, todos deambulando sin hogar y sin rumbo, y la aparición fuera del aflojado control de la iglesia de heterodoxias como la devotio moderna y los flagelantes.


El miedo es contagioso. La desesperación individual llevaba fácilmente al pánico colectivo. Las poblaciones huían antes del cierre de las puertas de las ciudades amuralladas y en sentido contrario entraban los campesinos de aldeas infectadas a refugiarse en las ciudades. Había una movilidad descontrolada de gente en busca de alimentos, que contribuía a extender la peste.


Las consecuencias fueron mucho más allá de una enfermedad: sin que nadie tomara plena consciencia de los cambios cuando se estaban produciendo, el arte sagrado degeneró en arte religioso y luego en profano. Apareció el festejo de la muerte igualitaria en las danzas macabras. Prosperó la banca y los banqueros, mediante la creación de dinero ficticio, quintuplicaron sus ganancias, anuncio auroral del porvenir. La muerte excesiva desorganizó la provisión de alimentos y rompió las circuitos comerciales.

Empezar a morir por la cabeza
Y sin embargo, la transformación de la cultura europea de entonces no fue obra de comerciantes, artesanos ni campesinos. "El pez empieza a morir por la cabeza", según el refrán de los pescadores, que se aplica fuera del agua. Y así fue: el miedo empieza por descomponer la cabeza y a partir de allí todo el cuerpo, induce a conductas ruinosas.

La forma de nuestra civilización proviene de ese tiempo aciago cuando los poderes espirituales y temporales desertaron de su función y acogieron la mentira metódica, la negación de la evidencia y el gusto por la destrucción. América fue terreno propicio para el ejercicio a pleno de la nueva mentalidad a partir de 1492.

La peste y sus consecuencias acompañaron al origen de la modernidad, en la que las fuerzas caóticas se concentran y potencian y han venido a dar en el intento de imponer al mundo una norma globalizadora planetaria, usando una peste como herramienta.

Un mundo murió en el siglo XIV, posiblemente otro esté muriendo ahora. La peste del siglo XXI, salvando grandes diferencias, está consiguiendo herir gravemente las relaciones sociales y económicas; no por la mortalidad de la peste, que es muy baja, sino por el aislamiento obligatorio sin mucho valor sanitario, pero sí para destruir la industria y el comercio.

La historia sirve para evitar errores del pasado o es inútil. Pero es necesario tener cuidado al momento de sacar lecciones de ella. Está siempre presente la tentación de proyectar el presente sobre el pasado, de modo que resulte más bien una exposición de prejuicios que un análisis tan objetivo como sea posible de una cuestión quemante.

A la pregunta ¿cómo será el mundo después del coronavirus? se dan muchas respuestas, pero en casi todas se notan los presupuestos ideológicos de los autores, que chocan entre sí y nos dejan tan confundidos como antes aunque convencidos de que el tema se está estudiando.

Otras preguntas que merecerían respuesta son hasta dónde la población debe aceptar un disciplinamiento impuesto por el Estado, que no está tan esclarecido como pronto a aprovechar la ocasión; hasta dónde se deben resignar las libertades consideradas derechos naturales; qué grado de vigilancia y control es aceptable; hasta dónde es posible detener toda actividad para mitigar el contagio sin provocar daños graves.

¿Se debe admitir que toda relación humana deba ser digitalizada y aceptar que no haya más besos ni abrazos, más fiestas multitudinarias, festivales ni hinchadas en las tribunas ni protestas en las calles? ¿Cómo se debe entender la frase extemporánea "de esto salimos entre todos" cuando lo que impera ante todo es el aislamiento, la sospecha y la denuncia del vecino? ¿Qué implica la aceptación casi natural del estado de excepción convertido en norma, y qué pensamos de la idea de que soberano es quien puede decidir el estado de excepción, cuando quizá sigamos creyendo que el soberano somos todos?


¿De qué huimos?
El uruguayo Hoenir Sarthou hace notar que en su país el Covid provocó menos de 40 muertes; pero a pesar de eso el clima de espanto, que es su razón de ser, resultó en "falta de encuentros sociales, cumpleaños, casamientos, velatorios, reuniones de amigos, conferencias, actos públicos, presentaciones de libros. La virtualización, no sólo del trabajo sino de la vida social, se nos ha impuesto como solución vital. ¿Podremos salir de ella? ¿Volveremos algún día al disfrute de los encuentros personales y colectivos? Es dudoso. Para empezar, porque la virtualización nos hace, no sólo haraganes y cómodos, sino también controlables y previsibles. Para los Estados y para las empresas que trafican información, es muy fácil saber con quién nos comunicamos, de qué hablamos, qué consumimos y hasta qué pensamos. Hay mucho poder y mucho dinero en eso. Por lo que habrá mucho interés en que la situación se prolongue hasta convertirse en una nueva forma de vida".

Para Sarthou, los responsables del actual estado de cosas mundial "están a la vista: la OMS y los “científicos” a su servicio, muchos gobiernos, una prensa servil y técnicamente irresponsable, y, por detrás pero también a la vista, un grupo de empresas y de plutócratas (sistema financiero, industria farmacéutica y empresas de telecomunicación) que han acrecentado a límites impensables su poder, su capacidad de control y su riqueza".


Un par de ejemplos
El poder del miedo está bien descripto por el médico español del siglo XVI Miguel Martínez de Leyva, que de paso ilustra sobre el poder de las noticias falsas, de las que nosotros apenas podemos defendernos ahora, tanto por su número como por el poder de los que las producen.

El rey Felipe II se disponía a visitar Burgos en 1565. El cardenal Francisco de Mendoza sugirió a Felipe no entrar en la ciudad para evitar la exposición a una inexistente peste incipiente. La cancelación de la real visita provocó pánico en la población, que se veía apestada cuando en realidad no había peste. Cundieron en Burgos el hambre y el caos porque se tomó la decisión de aislar preventivamente a los burgaleses mediante un cordón sanitario.

En 1630 estalló la peste de Milán, entonces territorio de la monarquía española. La peste de Milán fue presentada por el consejo de Castilla como una "epidemia artificial" atribuida a los franceses, que disputaban el Milanesado a España. Como consecuencia, a voluntad y decisión del poder se instaló un plan de control de viajeros, comerciantes y clérigos franceses, y se establecieron "matrículas de todas las naciones" en los establecimientos públicos de las grandes ciudades españolas. La finalidad era un proteccionismo económico contra la competencia francesa.

La peste de Milán está prolijamente descripta en "I promessi sposi" (Los novios), la famosa novela de Alejandro Manzoni El autor menciona los “polvos, ungüentos o hechizos" como causa de la peste, según una versión interesada de la corona española.


No hay mal que por bien no venga
Hay quienes ven el lado bueno en todas las cosas, incluso las peores, como la peste. El miedo tendría un costado favorable, ya que por algo tiene tanto peso sobre nuestra conducta instintiva y tiende a alejarnos del peligro. Según el historiador de las religiones Jean Delumeau, "por miedo al desempleo, o a la indefensión ante la invalidez, la enfermedad o la vejez, se crearon los seguros sociales; por miedo a la carestía y al hambre recurrente se crearon instituciones de previsión; por miedo a las múltiples consecuencias del pánico bancario se adoptaron los distintos mecanismos de las denominadas redes de seguridad financiera. Y fue el miedo al contagio, a las epidemias y pandemias y sus dramáticos estragos, el que aceleró el descubrimiento de las vacunas e impulsó el desarrollo de la acción preventiva, profiláctica y terapéutica, de la medicina en general y de la sanidad pública en particular".
Por Fortunato Calderón Correa. De la Redacción de AIM.

miedo peste historia

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