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Caleidoscopio
Caleidoscopio

La tercera ola en Abya yala (América)

Cuando se produjo el triunfo de la revolución sudamericana contra el imperio español en Ayacucho, en un muro de Quito apareció escrito: "último día del despotismo y primero de lo mismo".

De manera similar, un patriota chileno, tras advertir el rumbo que había tomado su país con Bernardo O Higgins en el gobierno, opinó: "el pueblo se benefició tanto con la revolución como los caballos que cargaron en Chacabuco y Maipú contra los realistas".

Detrás de estas opiniones tan tempranas estaba la decepción que suele seguir a las ilusiones. Las promesas de igualdad, libertad y fraternidad no solo no se cumplieron sino que la antigua dependencia seguía con otros dueños, igual o peor que antes, con otra clase dominante y los mismos dominados.

Acerca de aquellas banderas de la revolución francesa ya habían tenido noticia los negros de Haití. Después del furor inicial de los dueños de las plantaciones de caña de azúcar y algodón por la abolición de la esclavitud en Francia, los haitianos fueron informados en la metrópolis del decreto del 20 de mayo de 1802: "En las colonias restituidas a la Francia en ejecución del tratado de Amiens la esclavitud será mantenida conforme a las leyes y reglamentos anteriores a 1789". ¿Libertad, igualdad y fraternidad? En América, para la cátedra y la vitrina. ¿Y en Europa?

Sin embargo, cuando el general Leclerc vino enviado por su cuñado Napoleón con una flota 70 barcos y 50.000 soldados a restablecer la esclavitud en Haití, fue derrotado por los exesclavos, que supieron como sostener su libertad prescindiendo de declaraciones.

Finalmente, el programa que fue en Nuestra América del imperio británico impulsado por su brazo político "secreto", la masonería (la moderna, vaciada de contenido, porque de la tradicional los masones "modernos" como Miranda, San Martín, O Higgins o Alvear no tenían noticia), se revelaba tan pronto tocaba tierra como una variante de la misma voluntad intransigente de dominio que era propia del occidente desde siglos antes, y que había tenido una demostración tremenda a partir de 1492.

Falta la última
En 1492 comenzaron a formarse en lo que luego se llamaría América varias capas jerarquizadas de población, por lo menos tres principales: los europeos de nacimiento, sus hijos los criollos nacidos acá y los aborígenes y negros.

Los criollos fueron educados en las mismas ideas que sus padres europeos, y pensaban y actuaban como ellos. Con el tiempo, hubo suficiente diferencia de intereses y concibieron propósitos de independencia para desalojar del poder a los europeos. Cuando lo lograron, cambió el grupo dominante sin ningún beneficio para los aborígenes y los negros, que siguieron tan explotados como siempre: la independencia fue para ellos, tal cual, "el último día del despotismo y el primero de lo mismo".

En Europa, la efervescencia del cambio de época había tomado la forma ilusoria de instauración del reino de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, que entonces se aparecían a la conciencia de los criollos como un máximo a su alcance.

Francisco de Miranda
Hubo un americano notable que impulsó estas ideas como ninguno, convencido de que llevarían a la América independiente y unida que tenía en mente. Un hombre de novela: amante de Catalina de Rusia, de princesas y camareras; general de la revolución de 1789 dotado de grandes cualidades militares; elegante admirado en los salones parisinos: el caraqueño Francisco de Miranda, que entre otras cosas vistió el uniforme de general zarista en Rusia.

No hay datos seguros del ingreso de Miranda en la masonería, pero es muy posible que se haya producido en 1783 en Filadelfia, Estados Unidos después de haber contribuido con sus amigos, Jorge Washington y el marqués de Lafayette, que fue su padrino de iniciación masónica, a la independencia norteamericana con las armas en la mano.

Tomó parte en la revolución francesa como militar. Llegó al grado de mariscal de Francia y fue detenido varias veces bajo el Terror. Su nombre está grabado en el Arco de Triunfo.

La gran reunión americana
Con la mente puesta siempre en América, fundó en Londres en 1798 la Gran Reunión Americana, la logia masónica que llamó luego Lautaro, cuando se enteró por O Higgins de las hazañas del "toqui" araucano en Chile, contra los invasores españoles, en particular contra Pedro de Valdivia.

En ese momento, los enemigos de Lautaro eran los suyos, pero ya aparecería la diferencia y no dejaría de crecer hasta ahora.

En la logia, junto con cuestiones propiamente masónicas, se hablaba de los principios de la revolución francesa y del modo de imponerlos en América.

Miranda fundó varias filiales de la Gran Reunión Americana en Europa. En una de ellas, la de Cádiz, lo conocieron San Martín y Alvear, que viajaron luego a las Provincias Unidas con ideas de independencia.

La independencia es una quimera
Alberdi escribió en las Bases: "Desde el siglo XV hasta hoy no ha cesado Europa un solo día de ser el manantial de la civilización en este continente. Con la revolución americana acabó la acción de la Europa española; pero tomó su lugar la acción de la Europa anglosajona y francesa. Los americanos de hoy somos europeos que hemos cambiado de maestros"

Como dice Hugo Chumbita en "América en la Revolución": con este diagnóstico, la independencia es una quimera.

Esa quimera es lo prevalenciente hasta ahora, el diagnóstico más acertado que pueda hacerse de nuestro pasado con miras a prever el porvenir. Al mismo tiempo, muestra la necesidad de evitarlo para no seguir con los ojos cerrados recitando el credo de otros.

Los europeos británicos nos "amaestraron" usando con firmeza y habilidad, mientras el viento llenó las velas de sus barcos, a personajes como Miranda, impetuosos y de una pieza, que tomaron las doctrinas de la Europa de entonces como la verdad misma e hicieron del programa ilustrado un dogma casi religioso.

Miranda estaba lleno de expectativas libertarias. Los planes y proyectos que presentaba en Inglaterra, con el fin de obtener la ayuda de la potencia que debía reemplazar a España, eran prolijamente estudiados por los ministros de Su Majestad, que no obstante esperaban pacientes, porque no querían una revolución y sabían que la decadencia española les haría llegar el momento.

Canning lo hizo
Y cuando llegó el momento, el primer ministro se Su Majestad, George Canning, instrumentó la política que favoreció la independencia de España de los estados sudamericanos. Pudo entonces resumir la situación con aires de triunfo en una carta a Granville: "la América Española ya está libre; y si sabemos dirigir bien nuestros negocios, será británica." Y así fue desde la derrota de Moreno y Artigas hasta el fin de la segunda guerra mundial.

El agradecimiento de la nueva clase dominante argentina a su nuevo amo europeo está plasmado en el monumento de Canning en Buenos Aires. A él se deben las instrucciones para endeudar a las Provincias Unidas con la Baring Brothers de Londres, comienzo de la deuda externa, y a él las maniobras para segregar la Banda Oriental del Uruguay.

Miranda no fue un agente inglés, pero fue un un instrumento útil en las manos diestras de los ingleses, que tenían entonces todo a favor, como tuvieron todo en contra después de la II Guerra Mundial.

La otra cara
Aquellas ilusiones poco a poco se desmoronan y el disfraz amable reveló el espectro cruel que tenía debajo. La revolución americana fue un cambio de manos en el poder dominante, sin variantes significativas para los dominados. A pesar de algún deslumbramiento teórico, los criollos no pretendían superar los límites de sus conveniencias, que eran poco más o menos las de sus padres.

Y los países de nuestra América, divididos, balcanizados, empobrecidos y debilitados por un poder formidable que permanecía en penumbras, entonces británico y hoy estadounidense, mañana quizá chino, esperan con su revolución inconclusa y sin saber cómo sigue.

La tercera ola
Algo fundamental espera esa revolución a medias para completarse: dar paso a los puntos de vista de los pueblos vencidos y dominados desde 1492, que desde entonces fueron objeto del peor genocidio de la historia, masacrados, embrutecidos y vilipendiados, tanto por europeos como por criollos.

Pero siguen existiendo, no todos fueron aniquilados, su cultura ancestral no pudo ser reemplazada totalmente, cinco siglos de espada, cruz, encomienda y esclavitud no los destruyeron del todo. Rigen todavía sus vidas por normas derivadas de doctrinas milenarias que establecen las formas esenciales de su convivencia. Son las mismas de todas las sociedades tradicionales, salvo la occidental moderna, la única sociedad verdaderamente anómala, la que se derramó sobre el mundo a partir del Renacimiento y que hoy está en vías de someter al mundo entero y destruirlo con su codicia sin fin.

Ante todo, es necesario recoger poco a poco hasta unirlos en un haz significativo, los restos de las doctrinas que informaron e informan la vida de los pueblos de Abya Yala. Entonces quedará más en claro el carácter tenebroso de la modernidad que se nos quiere imponer como un ersatz idolátrico de la felicidad. Se revelarán sus orígenes, el desastre sin igual que provocó en Abya yala y el que está provocando ahora en todo el mundo.

La tercera ola de nuestro continente debería seguir a la destrucción posterior al "descubrimiento" y al engaño que siguió a la "independencia". Sería la recuperación en otro plano de un modo de ver, sentir y concebir que ponga de nuevo en sus manos el destino de Abya yala. Adaptando las normas tradicionales a la vida actual sin intentar copiar ni rehacer nuestro pasado ni asimilar sin reflexión lo que viene de Europa.
De la Redacción de AIM.

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