El 2 de abril de 1950, hace 75 años, debutó en River Plate con un gol en el primer minuto contra Newells en Rosario el gran centrodelantero uruguayo Walter Gómez. El “botija de oro” dejó un recuerdo perdurable por la calidad de su fútbol y su propia calidad personal. Walter Gómez nació el 12 de diciembre de 1927 y murió de una enfermedad pulmonar en marzo de 2004 en la Argentina; fue un jugador excepcional, gran goleador, de larga trayectoria profesional.
Nació en el barrio de La Unión de Montevideo, y jugó en el Sol de América (1941-1942) y Unión de Montevideo (1943) como aficionado, y como profesional en el Central de Montevideo (1944-1945), Nacional (1946-1949), River Plate argentino (1950-1955), Palermo, en Italia (1956-1959), de nuevo Nacional de Montevideo (1959), Cúcuta de Colombia (1960-1961), Once Caldas de Colombia (1962) y Deportivo Galicia de Venezuela (1964).
Jugador de gran técnica y deslumbrante habilidad para maniobrar en espacios mínimos con ambas piernas, hizo 74 goles en 140 partidos con River, club que lo fichó para sustituir a Alfredo Di Stefano, pero se destacó tanto como rematador como por los pases de gol a sus compañeros.
Walter Gómez no pudo participar del mundial de 1950, que épicamente Uruguay ganó ante Brasil en el Maracaná cuando estaba todo preparado para el triunfo brasileño, porque el año anterior golpeó en la cara a un árbitro que con toda evidencia le estaba “robando” el partido con Peñarol a su equipo, el club Nacional de fútbol.
Cuando supo de la suspensión por un año que le aplicaron a Walter Gómez, el presidente de River, Antonio Vespucio Liberti, ofreció por el pase a los directivos de Nacional un millón de pesos, suma muy grande en aquellos tiempos.
Liberti sabía lo que hacía, porque en 1945, con 17 años, Walter Gómez había mostrado sus condiciones excepcionales en la Argentina enfrentando en el viejo "Gasómetro" de San Lorenzo a la selección nacional.
Ese partido terminó 6 a 2 a favor de Argentina, porque los orientales vinieron con un equipo improvisado, pero cuando terminó los asistentes se pararon para aplaudir a un jovencito oriental que acababan de conocer, Walter Gómez, que los había impresionado con su habilidad.
“Ese árbitro del que después nunca más se supo, se había ganado por venal y corrupto, esa piña y muchas más”, dijo un periodista uruguayo que comparó el puñetazo de Walter al árbitro con el cabezazo que el francés Zenedine Zidane aplicó al italiano Materazzi en la final del mundial de Alemania en 2006
Al despedir a Walter en el cementerio de Lomas de Zamora el 5 de marzo de 2004, el entonces vicepresidente de River, Osvaldo Di Carlo, tras considerarlo "eterno" narró una historia para ilustrar su personalidad recta y callada: "Molinari, zaguero de Chacarita, le pegó tanto que él reaccionó y lo echaron. Cuando lo citaron del Tribunal de Disciplina, Walter no habló, sólo mostró el estado de sus piernas. Y no lo suspendieron".
Walter reemplazó a Di Stefano -que se destacó también como directivo en el Real de Madrid- y jugó de entrada con Angel Labruna y Félix Loustau y luego con Enrique Omar Sívori. Recordó después que tras ese gol inicial se le acercó Labruna y le dijo: "es a cuenta de todos los que vas a hacer conmigo".
Se suscitó luego tal admiración que un dicho de la hinchada era que la gente no iba a la cancha a ver a River sino a Walter Gómez. Y los hinchas improvisaron un canto de tribuna que lo tenía como protagonista: “El tren se para, la gente se alborota, para ver a Walter Gómez cómo juega a la pelota...”.
Walter contaba que en su barrio La Unión de Montevideo los chicos jugaban al fútbol en la calle y en la plaza. En su casa, solía irse al fondo, arrancar algunos limones y jugar con varios a la vez de modo de no dejarlos caer al suelo.
En la Argentina, donde llegó gracias a una reacción violenta muy poco frecuente en él, se sorprendió cuando le contaron que había gente que con tal de asistir a tiempo al estadio para verlo jugar, prescindía del almuerzo.
En cierta ocasión detuvieron el partido que estaba jugando para felicitarlo. River jugaba con San Lorenzo en Boedo al mismo tiempo que la selección uruguaya con la brasileña en el Maracaná, en 1950. Al final del primer tiempo, alguien le dijo que los uruguayos habían ganado el campeonato del mundo, pero no creyó porque estaba seguro de que Brasil los aplastaría.
En el segundo tiempo anunciaron por altoparlante el triunfo oriental. El partido se detuvo, sus compañeros y también los jugadores de San Lorenzo lo felicitaron. Confesó que se le aflojaron las piernas y lloró.
“Si llegué a algo en el fútbol fue por la calle. Yo aprendí todo en el baldío, en el potrero. A los 12 y 13 años jugaba contra mayores y gané una experiencia inolvidable.
El técnico argentino José Pekerman coincide en este punto con Walter: según Pekerman, en aquellos tiempos, los chicos jugaban a la pelota tan pronto aprendían a caminar, y cuando llegaban a los 11 años la pelota ya no tenía secretos para ellos. A la edad de debutar en primera, alrededor de los 20 años, tenían una larga experiencia.
Eso se terminó; ahora los padres acompañan a sus hijos a las prácticas y les exigen rendimiento a veces con malos modos; quieren hacer un Messi de cada uno con la esperanza de hacerse ricos.
También terminó porque la pelota de trapo, el rango, la bolita, la rayuela, el trompo, la escondida o el teléfono roto han sido sustituidos por los juegos del teléfono celular o la tablet, hechos para generar adicción y mantener a cada cual centrado en sí mismo.
Después de abandonar el fútbol, Walter no quiso ser técnico, que ahora parece la continuación natural de la carrera. “Hoy todos quieren resultados, se fue al diablo el romanticismo. Ya no dejan driblear a nadie. Y así mataron el fútbol, el arte, lo que la gente quería y pagaba por ver. Antes estaba lleno de dribleadores, ahora aparece uno de tanto en tanto. Además, tendría que ir contra la corriente porque los técnicos enseñan a destruir y no a crear, a mi siempre me gustó la romántica, la lírica, hacer del fútbol un arte”.
De la Redacción de AIM.

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