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Provinciales
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La barbarie ilustrada

John Locke es conocido en la enseñanza convencional como uno de los padres de la democracia moderna  y de la ilustración europea e ideólogo del progreso. Tiene un lado menos brillante, quizá por eso poco mencionado, pero  muy interesante y revelador, y eficaz en el desarrollo ulterior de  la historia de Occidente.

Locke dice que la esclavitud es “un estado de guerra permanente entre un conquistador legítimo y un cautivo”.
Locke dice que la esclavitud es “un estado de guerra permanente entre un conquistador legítimo y un cautivo”.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano recuerda que Locke fue redactor de las normas para el “buen gobierno” de Jamaica.

La imagen de Locke que dejan las descripciones habituales de su vida y obra muestran un estudioso aplicado a establecer el origen y alcance del entendimiento humano, la formación de las ideas y de las opiniones, los modos de adquirir conocimiento y fundar juicios, con intención de barrer restos de la Escolástica y de tenaces supersticiones.

Como anduvo siempre muy mezclado en política, sus resultados en este campo lo han convertido en uno de los precursores del liberalismo y de la democracia, al que todos deberíamos gratitud por el impulso que dio al progreso.

Además, Locke está en el origen de los tópicos habituales de la ilustración: por la libertad, contra el fanatismo, contra mitos y los dogmas y por el conocimiento científico que ayude a dominar la naturaleza.

Esta finalidad de dominio solo ahora, muy tardíamente, merece reparos ante el curso inesperado y destructivo que están tomando los acontecimientos.

Como el hombre mismo es naturaleza y materia, él también se convierte en objeto de dominio. Y si bien los derechos humanos son para todos, solo una pequeña parte, los blancos europeos, pueden acceder a ellos. Las razas “no blancas” están destinadas por su inferioridad a trabajar para los europeos dominantes.

Hay otras cosas

Eso es apenas una parte. En Memoria del fuego, Eduardo Galeano recuerda que Locke fue redactor de las normas para el “buen gobierno” de Jamaica, colonia británica en el mar Caribe. El lugarteniente general de Jamaica, designado por el rey de Inglaterra, era el pirata Henry Morgan, que se hacía llamar “almirante de corsarios”.

Abandonado de niño en Bristol, vendido como esclavo en Barbados, a Morgan la palabra “pirata” no le gustaba. Pero aprendió el oficio. Como buen europeo ávido de oro, cortaba de un tajo los dedos con anillos, con igual facilidad que las cabezas.

Jamaica era el cuartel general de los filibusteros ingleses. “Morgan cuidará de que nunca falten biblias ni perros para cazar negros fugados, y ahorcará a sus hermanos piratas cada vez que el rey decida quedar bien con España”, dice Galeano.

La construcción de un imperio

Morgan debía gratitud personal el rey, porque cuando lo llevaron encadenado a Londres después del brutal saqueo de Panamá, que incendió hasta no dejar nada, el mismísimo monarca le hizo quitar las cadenas, lo armó caballero y le dio su cargo en Jamaica.

No importó que Inglaterra, sin que Morgan  lo supiera, hubiera firmado un tratado de paz con España tres meses antes, lo que hacía impolítico el saqueo. Al rey inglés le interesaba mucho el botín, tanto como a Morgan, y menos los tratados.

Libertades y esclavitudes

¿Porqué redactó Locke las normas del buen gobierno de Jamaica? ¿Era un trabajo profesional? Había algo más: el filósofo de las luces y de los derechos humanos era accionista de la Compañía Real para la explotación de negros del Africa, de la que el accionista mayor era el rey.

¿Cómo trasladaba su ganado humano la compañía que tenía el honor de que el filósofo, adalid de las luces de Europa extendidas al mundo bajo bandera inglesa, fuera uno de sus accionistas?

Eduardo Galeano ofrece una breve reseña, bajo el título “la carga del hombre blanco”, que Rudyard Kipling dio a la “misión civilizadora” inglesa en la India:

“Ahora la empresa ha pasado a llamarse Real Compañía Africana… Los tiburones hacen el viaje hasta las  islas (del Caribe) detrás de los buques, esperando los cadáveres que caen desde la borda. Muchos mueren porque no alcanza el agua y los más fuertes beben la poca que hay, o por culpa de la disentería o la viruela y muchos mueren de melancolía: se niegan a comer y no hay forma de abrirles los dientes.

Yacen en hileras, aplastados unos contra otros, con el techo encima de la nariz. Llevan esposadas las muñecas y los grilletes les dejan en carne viva los tobillos. Cuando el mar agitado o las lluvias obligan a cerrar las troneras, el muy poco aire es una fiebre, pero con las troneras abiertas también huele a odio, a odio fermentado, peor que el peor tufo de los mataderos y el piso está siempre resbaladizo de sangre, flujos y mierda”.

Britannia rules the waves

¿Qué pensaba el filósofo de las luces de la esclavitud, más allá de su participación personal en el negocio y de la colaboración de la Real Sociedad a que pertenecía, órgano de la ciencia inglesa, en la consolidación y prosperidad del imperio naciente?

La fe ciega en el progreso, que está tomando a comienzos del siglo XXI proporciones de catástrofe, fue el dogma central del pensamiento ilustrado, que quería verse libre de todo dogma, de toda servidumbre, de todo temor.

Sin embargo, aquella fe tuvo desde el comienzo un límite oscuro: la esclavitud. Ante ella, Locke mostró una doble cara sorprendente y una injustificable tendencia a justificarla.

Locke ayudó a crear la ideología en que se basó la expansión británica por el mundo hasta dominar casi la mitad del planeta, en particular lo que había sido el imperio español rival.

Por eso se oponía a la esclavitud en territorio inglés, pero la justificaba en las colonias y no solo por cuestiones raciales o fundadas en derecho de conquista o propiedad, sino por intereses particulares. La esclavitud en las colonias dejaba ganancias considerables.

Para Locke, los niños, los salvajes y los deficientes mentales están en situación de inferioridad y necesitan ser adoctrinados en cuestiones morales por los blancos europeos, si ingleses mejor, que son portadores de las verdades que los demás no alcanzan.

Locke también escribió los estatutos del gobierno de una aristocracia esclavista en la colonia de las Carolinas, en los actuales Estados Unidos. No solo era asesor del rey inglés, sino también landgrave (conde) de las Carolinas, y secretario de sus propietarios, los “amados primos” de Su Serena Majestad.

Legitimación ilustrada de la esclavitud

La doctrina moral que resultó de la capacidad combinatoria de Locke enseña que el hombre tiene tres derechos naturales inviolables: a la vida, a la libertad y a la propiedad privada, que parece ésta su pieza principal y su talón de Aquiles. Para garantizarlos, los acompañan los derechos a la defensa y a castigar.

Una vez superado el estado de naturaleza mediante la constitución de la sociedad civil y el Estado, que es la autoridad superior para resolver controversias que falta en el estado de naturaleza, el derecho de defensa parece concretarse en “guerra justa” y el derecho a castigar, en esclavitud.

Dice que la esclavitud es “un estado de guerra permanente entre un conquistador legítimo y un cautivo”. El conquistador “legítimo”, por ejemplo de Carolina, tierras de los pieles rojas, puede mediante la esclavitud de los conquistados alargar la muerte que tiene derecho a infligirles haciéndolos trabajar en su provecho.

Si en algún momento el conquistado considera que el sufrimiento que le provoca la esclavitud es mayor que su estimación de la vida que conserva, Locke le reconoce el derecho de suicidarse. En su segundo tratado del Gobierno Civil deja en claro que su doctrina de la propiedad, esencial para sus fines y los del imperio, no se aplica a los nativos americanos.

Estos eran “gentes bárbaras que no conocen a Dios” y que no cultivaban la tierra, sino que eran cazadores y recolectores. No podían tener dominio de la tierra porque no se avenían a los criterios de accesión ni de enfiteusis vigentes en Europa desde la Edad Media.

Pero notablemente, no era necesario cercar ni cultivar la “tierra de nadie” americana (no habitada por otros europeos): bastaba con quedarse en Londres e invertir en la compañía real de colonización.

Los negros y los nativos de Abya Yala, sin conocer los impecables razonamientos ilustrados, hacían uso abundante de este “derecho” que les reconocían los conocedores de las verdades universales, como atestiguan ampliamente los cronistas de la época.

Locke explica: (El hombre) si por su falta hubiere perdido el derecho a la propia vida mediante algún acto merecedor de muerte, el beneficiario de tal pérdida podrá, cuando le tuviere en su poder, dilatar la ejecución de muerte, y usarle para su propio servicio; mas no le causa con ello daño. Porque siempre el que sintiere que las asperezas de su esclavitud sobrepasan el valor de su vida, en su poder está, con resistencia a la voluntad de su dueño, ocasionarse la muerte que desea”.

Ya que el conquistado ha perdido el derecho a vivir, el esclavista no le causa daño al someterlo a esclavitud en las condiciones que sean: no es posible dañar a un muerto. Y si aquel indio o negro que vive sin derecho ya no siente gusto  vivir en las condiciones en que el amo europeo le permite graciosamente la vida, puede matarse y perfeccionar así él mismo su propio estado.

Este es el encuadramiento racional, según Locke, de los “cautivos hechos en una guerra justa, por el derecho natural, y sometidos al dominio absoluto y al poder arbitrario de sus amos… Perdieron el derecho a la vida y a sus libertades al mismo tiempo que sus bienes, y como su condición de esclavos los hace incapaces de poseer ninguna propiedad, no pueden ser considerados, dentro de ese estado, como partes de una sociedad civil, ya que la finalidad primordial de ésta es la defensa de la propiedad”.

Llegamos entonces al punto: la defensa de la propiedad. Locke no tiene tanto en cuenta los derechos humanos de los hombres concretos, que son sus sujetos naturales, sino los del hombre portador de propiedad. Su interés fundamental es la propiedad, más una abstracción que un hecho concreto. Busca antes la dignificación de la propiedad que la dignidad del hombre.

Y por eso justifica la expropiación por la fuerza, tema encarecido por los usureros que desde Londres enviaban las flotas a todo el mundo a hacer “guerras justas” (?) y esperaban sentados las ganancias que debían reportarles sus inversiones. Los tiburones, tan agradecidos como los banqueros, pero con inocencia.

De la Redacción de AIM.

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