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Origen y naturaleza de Ayllu

El ayllu es una estrategia existencial comunitaria de miles de años en distintos enclaves del continente Abya Yala, al que los europeos llamaron América. Ayllu   normalmente se traduce por “comunidad” con implicancias profundamente colectivas; surgió de un pensamiento expresado en un accionar común, manifestado, por ejemplo, en la igualdad y el respeto entre las personas y hacia la naturaleza. Por el profesor Juan José Rossi (*).

Cada sistema de organización social o Ayllu tenía una forma de trabajar.
Cada sistema de organización social o Ayllu tenía una forma de trabajar.

A lo largo y ancho del continente, y con diferentes formas o estructuras en cuanto a su funcionamiento, el fenómeno Ayllu más allá del fonema quechua-aymara que lo identifica, surge como respuesta superadora de los grupos frente a desafíos de adaptación al medio y ante situaciones concretas que lo limitan y a desafíos de superación.

Lo que define a este sistema de vida, fundamentalmente es la conciencia ancestral de solidaridad y reciprocidad igualitaria entre los miembros de un grupo o comunidad y de los ayllus entre sí en un nivel territorial más amplio. También en el hecho de no considerarse la humanidad de nuestro continente “dueña de la tierra” en la que se nace y se vive sino simplemente “parte emergente de ella”, aun cuando a esta realidad socio-política y cultural no se la formule conceptualmente en documentos antiguos o remotos como sí sucede, por ejemplo, con la naturaleza del feudalismo, la monarquía, la democracia y el socialismo contemporáneo.

La forma de vida colectiva o comunitaria más conocida en Sudamérica, y quizá en el continente, es el Ayllu andino ─no la única ni mucho menos, en efecto, podríamos referirnos a los sistemas colectivos socio-políticos de olmecas, mayas, toltecas, iroqueses, moche, diaguitas o guaraníes y otros, casi todas formas políticas confederadas, aunque diferentes entre sí─ por la enorme extensión territorial en la que se practicó y practica y porque, en el milenio precedente, el linaje de los Incas en su fabuloso y extensísimo proyecto del Tawantinsuyu, lo asumieron como estrategia y célula básica de su Estado confederado.

Pero los incas no crearon el Ayllu. En función de su macro proyecto político solo le imprimieron un perfil original y efectivo al reorganizarlo sobre la base del sistema decimal que hiciera viable el gobierno y control minucioso en toda la confederación, de tal modo que a ningún estado y comunidad le faltara lo digno y necesario para vivir y, a la vez, los pueblos mantuvieran el estilo de vida elegido previamente desde miles de años atrás, al respetar las leyes internas tradicionales del mismo. La reestructuración formal de los ayllus tuvo como finalidad estratégica hacer más sencillo y eficaz el bienestar de todos y el control de los 4 suyos, o rumbos, por parte del linaje incaico gobernante de aquel enorme. Estado que los españoles, absurda y arbitrariamente, descalabraron y destruyeron en pocos años. Un Estado de Abya yala que fue construido sobre la base de la experiencia continental y sobre la idea o pensamiento de vivir dentro de un sistema en el que se respetara la igualdad, solidaridad y bienestar de los ciudadanos y el entorno con un gobierno supremo, hoy diríamos “autocrático” cuyo objetivo primordial era no traicionar a la comunidad ni delinquir con relación a la filosofía de vida tradicional de los Andes del Sur continental.

Pero los europeos, desde reyes, jefes religiosos y políticos, clérigos, nobles, plebeyos, soldados y aventureros, no pudieron tolerar semejante brillante y efectiva organización y la desarticularon perversamente con el solo fin de adquirir prestigio, méritos, oro, esclavos ¡mucho oro y esclavos!, según proclama el mismo Colón en su diario y el obispo Ortiz desde Panamá: esclavos, plata, piedras preciosas, la tierra con sus productos y oro, incluso “para ganar el cielo”, tal como expresó el almirante en una de sus cartas a los reyes.

La institución política ayllu (en sentido amplio) es una estructura que abarca a todas las personas y actividades de cada grupo de un mismo linaje u origen biológico o simbólico. No se limita a la actividad económica sino que se extiende a todas las dimensiones y estrategias del colectivo. En cuanto a los que participan por derecho del ayllu, su pertenencia está dada por ciertos vínculos reales o simbólicos de sus miembros en el aspecto familiar y territorial. Obviamente, esto no se puede improvisar, ni lograr por decreto. Requiere pensarlo y experimentarlo en el tiempo y eso sucedió en Abya yala.

Los vínculos internos más determinantes del Ayllu, no los únicos, son:

Ø De ascendencia biológica o de tronco común simbólico.

Ø Territorial (ser nacido o arraigado en el lugar de Ayllu).

Ø Económico: concentrado en la marka (chacra o aldea colectiva, diríamos hoy) por el trabajo en la tierra y el usufructo común.

Ø Idioma.

Ø Mundo mítico o simbólico (misma cosmovisión y mitología).

Ø Vínculo con el mismo Tótem de origen.

Por su parte, dentro del Ayllu, el “Ayni” es un subsistema interno de reciprocidad entre los miembros del ayllu, o de los ayllus entre sí, destinado especialmente a actividades agrícolas y a la construcción de viviendas o de infraestructuras en el caso de servicios regionales, por ejemplo puentes y caminos. A nivel interno consiste en la cooperación colectiva con cada miembro del Ayllu, con la condición implícita de que todos, a su vez, correspondan de igual forma cuando se trate de cooperar con los demás miembros. Es lo que intentamos significar nosotros cuando decimos “uno para todos y todos para uno” y, aunque con un sentido casi exclusivamente individualista, cuando decimos: "Hoy por ti, mañana por mí". Parece simple. Tan simple que nos perdemos de practicarlo motivados por el perverso sistema capitalista que nos conduce, necesariamente, al individualismo, consumismo sin límites, al agotamiento y destrucción del hábitat, de sus especies y recursos.

El sistema ayllu continúa vigente no solo en muchas comunidades de cultura pre-invasión (como la quechua, aymara, diaguita, mapuche, guaraní, charrúa, etc., aunque con distintos nombres y formas, sino también en la población que no se considera aborigen ―término este de la antropología occidental― dándose en el resto del continente la misma praxis inspirada en la misma filosofía de reciprocidad y solidaridad pero con otros nombres y estructuras internas que responden a diferentes circunstancias e idiomas nativos.

Finalmente, en mi opinión, debe asumirse que practicar el ayllu tradicional “dentro” del sistema capitalista internacional en el que la oferta, la demanda, el dinero y el individualismo son elementos constitutivos del mismo, hoy no es sencillo, quizá imposible. Tampoco deberíamos conformarnos, aunque la idea en sí es positiva y viable, con proyectos del tipo de las cooperativas, por cuanto las mismas se refieren sólo a una solución económica solidaria, lo cual, sin duda, es respetable pero está lejos del Ayllu.

Sin embargo, en tanto producto de una filosofía original milenaria debería inspirarnos y brindar contenido a nuestros proyectos de vida en común para la actualidad y para el futuro, como ha sido y sigue siendo, aunque hoy bastante distorsionado, el concepto de “democracia” nacido hace alrededor de 2.500 años en Grecia.

Como corolario de esta breve síntesis y tratando de entender los modos milenarios de pensar/vivivendo de la humanidad continental, cuya historia real está tapada todavía por los sistemas educativo y político obsecuentes del mundo invasor, me permito algunas breves reflexiones como puntapié inicial para cada uno.

Filosofar, o ‘hacer filosofía (de philos: amor, y sophia: pensamiento/sabiduría), es amor al pensar uno mismo la propia realidad y el entorno cósmico y social en función de entender de alguna manera lo que sucede dentro y fuera de uno mismo y en función de estrategias concretas para una supervivencia digna y satisfactoria con los demás. No es amor al pensamiento teórico y de terceros para llegar a conclusiones magistrales, aunque también esto resulta útil e interesante para confrontar y enriquecer nuestro propio pensamiento y proyectos...

Filosofía es amor, afecto por nuestra capacidad de reflexionar, relacionar y crear libremente. Capacidad que es congénita en nuestra especie desde algún momento de la evolución del homínido. No solo en la soledad de un estudio sino en la realidad compleja, muchas veces angustiante. Allí donde hay una persona de algún modo se filosofa, hay filosofía y sabiduría (por más aparentemente humilde que parezca el protagonista), es decir, hay interés en re-flexionar, re-visar, pensar la realidad, interpretarla para encontrarle sentido y proyectarla, aunque no se obtengan éxitos inmediatistas.

Filosofía y filosofar es activar nuestra capacidad de pensar la realidad: no estar “a la espera” de recetas protegidas con derecho de propiedad intelectual. Solemos confundir filosofía y filosofar con saber de memoria la “historia del pensamiento de sectores elitistas, del sector euroasiático de la humanidad”, en especial de quienes han sistematizado su pensamiento y tuvieron la oportunidad de ser conocidos, particularmente de Eurasia occidental y del Extremo y Medio Oriente, pero nada o casi nada de África, Oceanía y de Abya yala.

La humanidad como tal, no importa donde esté radicada, tiene la capacidad y necesidad de entenderse y entender (brindarse alguna explicación) lo que sucede en el grandioso y atemorizante cosmos que nos rodea.

Pero en el cómodo y atractivo globo en el que nos metió el invasor epistémico por la fuerza de las armas y de sus objetivos nos enseñaron que filosofía es la griega o la de los libros, no nuestro pensamiento en acción o para la acción, una característica del homo sapiens a la que no deberíamos renunciar si pretendemos que nuestra especie, la nuestra, la de nuestros hijos y de todos los que vendrán, subsista en este pequeño e insignificante planeta que nos contiene.

Muchos creen, quizá por una inconsciente comodidad, que el pensamiento y la filosofía son prerrogativas de, por ejemplo, Sócrates, Tales de Mileto, Buda, Aristóteles, Platón, Pitágoras, Jesús ─si bien a este último líder lamentablemente no se lo lee ni interpreta como pensador de la historia y del presente de su región, sino como un “dios” que ‘ya pensó todo’─, Confucio, Copérnico, Galileo Galilei, Nietzsche, Darwin, Heidegger, Sartre y algunos contemporáneos que, por diversas circunstancias, entre ellas lo mediático, saltaron a la fama. No está mal conocer su pensamiento y lo que le tocó vivir a ellos, pero nos compete a nosotros pensar la nuestra, no por el hecho de “saber” o de “tener la justa” ―que nadie la tiene― sino por el compromiso, por pequeño que parezca, de actuar, o sea, de vivir tanto individual como grupalmente.

En tal sentido me sorprenden algunos interrogantes tácitos de la gente ¿cómo habrán hecho los mayas o los incas para lograr la maravilla de sus sistemas políticos, de su matemática, escritura y arquitectura monumental? ¿Cómo se la habrán arreglado sin la tecnología y experiencia que nos mueve a nosotros? Muy simple. Se sentaron a pensar. Seguramente con un palito dibujaron en la arena o en el polvo el diseño político o el proyecto y cálculos de edificios que desafían el tiempo y nos siguen impactando. Es decir, filosofaron. Porque filosofar no es escribir libros, saber de memoria muchas cosas, recitar o citar autores conocidos, ostentar un título y poseer facilidad de palabras, sino “ponerse a pensar para construir el presente, es decir, nuestra historia”. Como hicieron los griegos peripatéticos de Sócrates y Aristóteles.

Pondré algunos ejemplos de producción popular antigua y moderna, sabiduría popular de nuestro continente y de los demás, porque a pesar del color, olor, estatura y preferencias de las personas, se da la circunstancia de que la humanidad es una sola y que todos los individuos que caminamos por el planeta somos y conformamos (¡parecería que no!) una sola especie, la Homo sapiens.

Ø “Piensa por ti mismo, pero actúa en bien de los demás” (Adagio Iroqués)

Ø No olvides que los demás tienen tus mismos sentimientos (adagio o paradigma yámana)

Ø “Ten cuidado cuando hables. Con tus palabras, creas el mundo alrededor de ti”.(Adagio Navajo)

Ø “Deberías entender cómo era antes, porque es lo mismo ahora”.(Adagio Laguna)

Ø “Sabía que el corazón de un hombre lejos de la naturaleza se endurece” (Pensamiento Seatle)

Ø “Cuando alguno te diga palabras fuertes o te insulte, retírate... después habla a solas con aquel que te ofendió, cuando los dos estén tranquilos”. (Adagio Yámana)

Ø Lo importante no es saber, sino arriesgarse a pensar una solución.

Ø La verdad absoluta no existe, eso sí es absolutamente cierto.

Ø No hay persona fea, solo belleza diferente.

Ø No tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella.

Ø Felices los que nada esperan porque nunca serán defraudados.

Ø Tan malo es el trabajo ‘para’ otro, que hasta pagan por hacerlo.

Ø No te pongas a escuchar lo que hablan, tampoco curiosees acerca de los demás.

Respecto de estos y otros principios o códigos éticos, se podría argüir que la gente que los piensa muchas veces no actúa. Es cierto, pero el solo pensar por sí mismo, aunque no tenga consecuencias evidentes e inmediatas, cuando se hace en función de la acción y convivencia, es historia que tarde o temprano puede germinar como aporte a la humanidad que nos rodea. No se trata de “resultados” sino de activar nuestra capacidad de discernir, proyectar, crear y concretarlo porque…, justamente, podemos hacerlo, como las aves surcar el espacio y los peces el agua.

En síntesis, la filosofía de un pueblo, en este caso Abya yala de ayer, hoy y mañana, cristalizada en una determinada realidad y en su patrimonio cultural de miles de años, se construye a través del pensamiento de los individuos y grupos humanos en acción (estrategias) que, en la transmisión de generaciones, van engrosando, purificando y cambiando de forma dinámica su memoria e identidad. Aquí eso, en gran medida, dejó de funcionar desde 1492. Los invasores quisieron modificar el ritmo natural y lógico de la humanidad local, pero lo lograron provisoria y aparentemente, mientras los nativos no reaccionemos y dejemos de ser obsecuentes.

Juan José Rossi (*) es historiador, docente e investigador.

 

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