La extraordinaria gesta salteña liderada por el general Martín Miguel de Güemes para terminar con el poder realista en América Latina tuvo aroma de mujer. En la guerra de la independencia contra la corona española, un grupo de norteñas, damas de sociedad, niñas casaderas, negras esclavas, indias y mestizas, protagonizaron valientes momentos de nuestra historia que por años fueron invisibilizadas.
Martín Miguel de Güemes fue un militar revolucionario que murió a los 36 años por heridas infligidas por tropas españolas en una encerrona; pero su historia y su lucha no solo fue acompañada por hombres, sino también por mujeres aguerridas.
El gaucho infernal, defendió la soberanía de nuestro territorio en el norte acompañado por “las bomberas”, mujeres que allanaron su camino y facilitaron la gesta, por eso para relatar la trayectoria de Güemes se hace indispensable incluir la polifonía de voces femeninas hacedoras de la Patria.
Carmen Puch, la heroica esposa
Por mucho tiempo, cuando se hablaba de la esposa de Güemes, las referencias más notables se centraban en su belleza personal, pero casi nada al papel que cumplió al lado de su esposo y su compromiso con la causa patriótica. Carmen provenía de un hogar en el que desde un principio se abrazó la causa de la independencia.
En avanzado estado de gravidez, se vio forzada a cabalgar varios días, al tener que huir de los realistas. Luego de ello, dio a luz a Ignacio, su tercer hijo, quien a breve plazo murió.
En 1822, murió a los 25 años. Según un relato muy difundido, se habría dejado morir por amor al enterarse del asesinato de su esposo.
Macacha Güemes, hermana y coronela
La celestina del amor entre Carmen Puch y Martín Miguel de Güemes fue María Magdalena Dámasa “Macacha” Güemes, la hermana del caudillo, a quien también se la conoce como “la madre de los pobres”.
“Macacha” pasó su juventud acompañando la gesta de Güemes, haciendo inteligencia militar, coordinando tareas de espionaje y realizando misiones con otras patriotas. Fue reconocida como la primera mediadora de Salta por su accionar para lograr la firma del Pacto de los Cerrillos entre José Rondeau y su hermano, que le permitió al Congreso de Tucumán sesionar con tranquilidad.
Cuando Martín Miguel de Güemes se encontraba al frente de sus “Infernales”, fuera de la ciudad, era ella quien tomaba las riendas del gobierno salteño y desbarataba conspiraciones que se armaban contra su hermano.
“Macacha” intervenía también en actos públicos, incluso en los de guerra, montando a caballo, recorriendo las filas y arengando a las tropas.
Cuando en 1819 los opositores organizaron el partido “Patria Nueva”, ella formó el “Patria Vieja”, hasta que fue detenida junto a su madre, su esposo y otras personas. El “gauchaje” se sublevó para liberar a la “madre de los pobres”, protagonizando lo que pasó a la historia como “la revolución de las mujeres”.
Las “bomberas”, las míticas espías
Las “bomberas” fueron mujeres de todos los rangos sociales, señoras de alta alcurnia, esclavas, vianderas y lavanderas, que se encargaban de esconder mensajes secretos en los dobladillos de sus vestidos y en sus canastas, o los dejaban ocultos dentro de los huecos de los árboles.
Mediante arriesgadas misiones de inteligencia, lograban llevar y traer información sobre los realistas, que resultaba indispensable para la guerra de guerrillas que llevaba adelante Güemes.
Muchas de estas mujeres multiplicaron el riesgo que corrían y se animaron incluso a establecer vínculos de amistad o amorosos con el enemigo y se ganaban su confianza para sacarles información confidencial y de primera mano.
De esta red de espías quedan los nombres de Macacha Güemes, Juana Moro de López, María Loreto Sánchez Peón de Frías, Celedonia Pacheco de Melo, Juana Torino, María Petrona Arias, y Andrea Zenarruza de Uriondo.
Juana Azurduy, con derecho a uniforme
Juana Azurduy era una joven norteña que combatió bajo las órdenes de Belgrano. Creó su propio ejército, “Los Leales”, y frenó a los españoles desde el Alto Perú.
Acompañó a su esposo Manuel Padilla en las luchas por la emancipación en el Virreinato del Río de la Plata y recién con la muerte de su compañero asumió la comandancia de las guerrillas que conformaron la luego denominada “Republiqueta de La Laguna” por lo que es honrada su memoria en la Argentina y en Bolivia.
La historia de Juana Azurduy es quizá la más conocida porque fue una estrecha colaboradora de Güemes y por su coraje fue investida con el grado de teniente coronel de una división explícita llamada “Decididos del Perú”, con derecho al uso de uniforme, según un decreto firmado por el director supremo Juan Martín de Pueyrredón el 13 de agosto de 1816 y que hizo efectivo el general Manuel Belgrano, quien la homenajeó al entregarle su sable, que lo había acompañado en Salta y Tucumán y durante el heroico Éxodo Jujeño. En 1816, Juana y su esposo, Manuel Ascencio Padilla, tenían a 6.000 originarios bajo sus órdenes. Sitiaron por segunda vez la ciudad de Chuquisaca.
Los españoles lograron poner fin al cerco, y en Tinteros, Padilla, el esposo de Juana, encontró la muerte. La cabeza de Padilla fue exhibida en la plaza pública durante meses. Pero, el 15 de mayo de 1817, al frente de cientos de cholos, Juana la recuperó. Luego, intentó reorganizar la tropa sin recursos y, acosada por el enemigo, sin colaboración de los porteños, fue a Salta a combatir junto a las tropas de Güemes, con quien estuvo 3 años hasta que fue asesinado.
María Remedios del Valle, la madre de la Patria
María Remedios Del Valle, era afrodescendiente, y como muchas otras mujeres, acompañaba a la tropa alimentando a los soldados, curando heridos y también peleando junto a ellos, codo a codo. Fue tan valiente que hasta logró escapar de los españoles luego de haber sido herida de bala y tomada como prisionera.
Su determinación y osadía fue reconocida por el propio Manuel Belgrano, quien la premió y le dio el grado de capitana. Belgrano la llamó “La Madre de la Patria”.
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