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Caleidoscopio
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Buenos Aires, de Artigas al neoliberalismo

Nunca aceptó Buenos Aires ceder el monopolio aduanero, al que creía tener derecho como "hermana mayor" de las provincias argentinas y heredera autodesignada de los privilegios de la corona española en estas tierras.

Por eso, las instrucciones de Artigas con que los diputados orientales se presentaron a la asamblea de las Provincias Unidas de Sudamérica en 1813 contienen un punto sobre la habilitación como aduanas de los puertos de Colonia y Maldonado, ya que el de Montevideo estaba entonces en poder de los realistas.
Pero semejante cosa implicaba ceder el monopolio aduanero del puerto de Buenos Aires y compartir con el resto del país la renta de la aduana, lo que afectaba negativamente la fina sensibilidad comercial de los porteños.

El puerto de Buenos Aires apenas merecía ese nombre, no tenía profundidad, los barcos debían permanecer anclados a más de un kilómetro de la costa embarrada y los pasajeros se acercaban a la ciudad en barcazas o en carros de grandes ruedas.

Como estipulaban las instrucciones del año XIII los puertos orientales tenían condiciones naturales mucho mejores, pero los comerciantes-contrabandistas porteños, la parte "más sana y principal" de aquella sociedad según ellos mismos, conocida por otra parte como "la pandilla del barranco" desde la colonia, no estaba dispuesta a renunciar a los frutos de sus negocios, entre ellos el tráfico de esclavos (En 1810 un tercio de la población de Buenos Aires era negra).

Suspendieron a los diputados orientales elegidos en el congreso de Tres Cruces Mateo Vidal, Felipe Cardoso, Marcos Salcedo y Francisco de Rivarola, que traían instrucciones que expresaban las ideas de Artigas, redactadas por su sobrino Miguel Barreiro. Las instrucciones incluían declarar la independencia, libertad civil y religiosa, organización política federativa, estados autónomos y sobre todo que Buenos Aires no fuera la sede del gobierno central, que "precisa e indispensablemente ha de ubicarse fuera de Buenos Aires", dice el artículo 19 de las instrucciones..

Por su ubicación y condiciones naturales, el puerto de Montevideo, que entonces estaba en manos de los realistas, debía ser el más activo, ya que el de Buenos Aires es barroso, de poca profundidad natural y necesita mucho mantenimiento; pero Montevideo terminó sirviendo a un pequeño país artificial resultado de las maniobras del Imperio Británico, perdió su “hinterland”.

El ejemplo de otros países puede ser ilustrativo aunque se trata de condiciones muy diferentes: el puerto de Hamburg es el mayor de Alemania y uno de los más tecnificados del mundo, pero no tiene en la política de Alemania, ni por asomo, la significación parasitaria de tuvo el de Buenos Aires para la Argentina. El puerto de Rotterdam está entre los mayores del mundo pero no se ha tragado a Holanda.

La provincias deberían recuperar sus facultades no delegadas y cobrar los impuestos por sí mismas sin esperar (ni mendigar) la coparticipación federal.
El núcleo de situación actual, en que la Argentina no es federal, no es representativa y casi tampoco republicana, es que Buenos Aires supo mantener hasta ahora la llave del tesoro y no se ve cómo puede perderla, el resto es literatura.

Hagamos los arreglos que queramos, mientras Buenos Aires siga con la llave en una mano y un látigo en la otra nadie podrá disputar su poder.

El presidente golpista y filofacista José Félix Uriburu, nacido en Salta y muerto en París, creó una oficina para recaudar impuestos y coparticipar a las provincias, al reves de lo que debería ser según la constitución, y desde entonces, ya muerto en federalismo, los gobernadores van a mendigar y a besar manos en Buenos Aires con la esperanza de conseguir una limosna sustanciosa si se muestran lo bastante serviles. El único proyecto argentino permanente es mantener el poder de Buenos Aires y someter con él al resto del país.

Otro punto de las instrucciones artiguistas del año XIII, que contenían un proyecto de país que se frustó en 1820, era que la capital de las Provincias Unidas estén en cualquier parte menos en Buenos Aires. Hoy no solo la capital está en Buenos Aires sino que Buenos Aires es de hecho todo el país, y el resto un desierto que la megalópolis ignora, pero del que vive.

La industrialización, por ejemplo, es una cuestión secundaria y se puede con la finalidad de evitar excesiva presión proletaria sobre el poder, destruir la industria como se propuso la llamada “ revolución libertadora”, siguió Onganía, continuó perfeccionado el Proceso y luego Menem hasta llegar al neofascismo actual, que a diferencia del siglo pasado, se declara liberal.

En el Brasil, en cambio, las dictaduras militares no perdieron de vista el interés de la burguesía nacional y no destruyeron la industria sino que la fortalecieron. La Argentina tenía una fábrica de aviones militares y civiles cuando Embraer no existía, y hoy hay que comprar aviones a Embraer porque nuestra industria aeronáutica se quedó atrás.
Bernardino González Rivadavia, empleado de una empresa inglesa, miembro de la logia Estrella Sureña de Buenos Aires, opositora de la Logia Lautaro, para quien el interés porteño dictaba toda la política, federalizó todo el territorio de la provincia de Buenos Aires, pero la cosa no le anduvo.

Cuando Sarmiento era presidente no podía asistir a un desfile sin pedirle permiso al gobernador de Buenos Aires, del que era sólo huésped. La capitalización implicó guerra entre Roca y los porteños pero no hubo solución. En aquellos combates de 1880 entre Roca y Carlos Tejedor, el puente Alsina quedó cubierto de cadáveres.

El proyecto de Alfonsin de llevar la capital a Viedma-Patagones fue considerado “delirante” por la city porteña y fracasó.

Aquellos conflictos, nunca superados del todo, vuelven una y otra vez reproduciendo el viejo enfrentamiento entre Buenos Aires y el resto del país, que es su colonia interna desde la batalla de Pavón, aunque solo sea entre élites que un día se llaman "progres" y al otro "anticasta".

Aquel enfrentamiento sigue insepulto y está haciendo que la Argentina quede muy retrasada respecto de otros países que tienen resuelta la cuestión. Entre nosotros, la historia no se termina de enterrar y no se puede separar de la política.
De la Redacción de AIM.

Neoliberalismo Javir Milei Gervasio Artigas

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