
Mientras el 1 por ciento más rico acumula fortunas récord, millones de personas luchan por acceder a derechos básicos. La crisis no es inevitable: es el resultado de decisiones políticas.
En un planeta donde la tecnología avanza a pasos agigantados y la productividad alcanza niveles históricos, el contraste con la vida cotidiana de miles de millones de personas es abrumador. Hambre, guerras, desplazamientos forzados y pobreza estructural conviven con los lujos obscenos de una minoría cada vez más concentrada. El relato del progreso universal, que el capitalismo global prometió durante décadas, hoy se revela como una farsa para buena parte de la humanidad.
El informe más reciente de Oxfam lo deja claro: el 1 por ciento más rico concentra más riqueza que el 99 por ciento restante. Esta desigualdad no es solo económica; es también política, cultural y medioambiental. Mientras los gobiernos del norte global blindan fronteras y especulan con la deuda de los países del sur, miles de comunidades resisten como pueden las consecuencias del extractivismo, el cambio climático y el ajuste perpetuo.
Detrás de los números hay decisiones. Son los organismos multilaterales, como el FMI, los que siguen imponiendo recetas de ajuste a los países más empobrecidos. Son las grandes corporaciones tecnológicas las que eluden impuestos y privatizan los datos de miles de millones de personas. Son los gobiernos neoliberales los que desfinancian la salud y la educación, mientras destinan fondos a la represión o al salvataje de bancos.
Pero no todo está perdido. En cada rincón del mundo, florecen resistencias que proponen otro camino: economías populares, cooperativas, feminismos comunitarios, ambientalismo con justicia social, juventudes que se organizan más allá de las estructuras tradicionales. Son voces que no suelen estar en los grandes medios, pero que construyen desde abajo, día a día, alternativas reales y posibles.
El desafío es político y es global: recuperar la idea de que la riqueza debe estar al servicio del bienestar colectivo. Que el mundo no puede seguir siendo un casino para pocos mientras millones se hunden en la incertidumbre. Porque otro futuro es posible, pero no será donado: habrá que pelearlo, construirlo y soñarlo juntos.
De la Redacción de AIM