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Caleidoscopio
Caleidoscopio

Izquierda boba y capitalismo vivo

"Pensar es pensar contra alguien" es una tesis de Gustavo Bueno, fundador de la escuela filosófica de Oviedo. Posiblemente sea así en casos particulares, porque habría que demostrar que el pensamiento va de un antagonista a otro sin superar nunca el nivel del antagonismo.

En política, donde la lucha por la hegemonía es norma y los enemigos se ven, se descubren o se inventan para afirmarse y crecer, parece buena la definición de Bueno.

Política en tiempos postverdaderos
No hay desinterés en política ni amigos leales para siempre, no hay criterios de objetividad y se hace dudosa la verdad. El político trata de usar sus recursos para mover a su favor mediante el lenguaje masas de emotividad, a la que los rivales suelen ser menos resistentes que a la lógica.

En el debate gana el que determina los códigos lingüísticos; logra la hegemonía el que consigue disolver al rival en el lenguaje propio.

El progresismo transnacional, algo mellado ahora por la guerra y la resistencia que encontró en regiones recalcitrantes del mundo, había impuesto su hegemonía: un mundo postnacional de ciudadanía global, una gobernanza mundial por sobre las soberanías nacionales.

Lo que no iba en la dirección hegemónica progresista era etiquetado de inmediato como reaccionario, ultraconservador, populista o fascista, designación ubicua muy socorrida.

Y sin embargo, en medio de un triunfo que parecía seguro, aparecieron nubarrones inquietantes, que obligan a redoblar la lucha.

Fuera del texto
La afirmación optimista que nació de la polvareda que levantó la caída del muro de Berlín: "es el fin de las ideologías" no fue una profecía acertada, más bien un aserto fallido, una ideología más. Lo que siguió fue un lenguaje muy ideologizado, avalado de distintas maneras por los poderes de los Estados nacionales,

El lenguaje no solo expresa pensamientos y sentimientos, también distorsiona, miente, oculta, crea, permite, enerva, censura, adormila, molesta, tranquiliza, maravilla, cancela.

El poder político se apoderó del lenguaje, como de los resultados de la neurociencia, con la intención de usarlo para sus fines hegemónicos, que oculta con dificultad y mucho esfuerzo.

El ensayista mexicano Adriano Erriguel, analizando la evolución de la izquierda desde la caída del muro, clasificó las palabras que usan los políticos en varias categorías.

1) palabras-trampa, las que tienen un sentido reasignado o usurpado: “tolerancia”, “diversidad”, “inclusión”, “solidaridad”, “compromiso”, “respeto”.
2) palabras–fetiche, promocionadas como objetos de adoración: “sin papeles”, “nómada”, “activista”, “indignado”, “mestizaje”, “las víctimas”, “los otros”.
3) palabras institucionales, santo y seña de la superclase global: “gobernanza”, “transparencia, “empoderamiento” “perspectiva de género”.
4) palabras de corrección política: “zonas seguras”, “acción afirmativa”, “antiespecista”, “animalista”, “vegano”.
5) palabras universitarias con pretensiones científicas: “constructo social”, “heteropatriarcal”, “interseccionalidad”, “cisgénero”, “racializar”, “subalternidad”;
6) los eufemismos destinados a suavizar palabras incómodas: “flexibilidad” y “movilidad” (para endulzar la precariedad laboral), “reformas” (para designar los recortes sociales), “humanitario” (para acompañar una intervención militar), “filántropo” (más simpático que “especulador internacional”), “reasignación de género” (más sofisticado que “cambio de sexo”), “interrupción voluntaria del embarazo” (menos brutal que “aborto”), “post–verdad” (la información que no sigue la línea oficial).

Erriguel, un abogado de 40 años largos, señala a las “palabras policía” que tienen la la función de paralizar o aterrorizar (“problemático”, "peligroso", "conspiranoico", “reaccionario”, “nauseabundo”, “ultraconservador”, “racista”, “sexista”, “fascista”; y al repertorio de "fobias": “xenofobia” “homofobia”, “transfobia”, “serofobia”, que convierten en patologías a los pensamientos que enfrentan el código dominante y forman parte del “discurso de odio”. Hay también palabras tabú por referirse a realidades arcaicas: “patria”, “raza”, “pueblo”, “frontera”, “civilización”, “decadencia”, “feminidad”, “virilidad”.

La nueva lengua crece a la sombra del poder hegemónico, se transmite por la corriente mediática principal hasta remansarse en multitud de creyentes; es un signo de conformidad con la ideología dominante.

Orwell, en su distopía "1984", vio la creación de la nueva lengua y su propósito: "determinar los límites de lo pensable" mediante la construcción de un vocabulario que incluya lo que es real para la hegemonía y excluya el resto.

Es también la misión del lenguaje que por algo se llama "inclusivo", capaz de decidir cuál es la palabra legítima. Aparece vencedor el pensamiento único; cualquier rebelión arroja al rebelde al sumidero semántico del enemigo.

Es posible, necesario y útil, desenmascarar al pensamiento único, pero para eso es preciso definir al enemigo, construir un campo semántico propio, en una palabra, jugar el juego lingüístico al que obliga la posmodernidad.

Mi voluntad en palabras
Charles Dodgson, muerto en 1898, fue un matemático inglés de infancia difícil, que escribió sobre la cuadratura del círculo, el cifrado de mensajes y el álgebra electoral. Pero su obra más conocida, bajo el pseudónimo de Lewis Carrol, es "Alicia en el país de las maravillas".

Allí hace decir a Humpty Dumpty, un personaje estrafalario del folklore inglés, palabras sin sentido en la conversación que está manteniendo con Alicia. “Cuando yo uso una palabra quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más ni menos".

Alicia observa que hay que ver si las palabras pueden significar tantas cosas. Pero Humpty contesta: La cuestión es saber quién manda, eso es todo”.

Acá está el núcleo del posestructuralismo y la deconstrucción, del lenguaje inclusivo y sus consecuencias desde que cada uno se siente el centro irradiante de formas lingüísticas nuevas, como cada cristiano reformado se sintió en capacidad de dar su versión personal de dios.

Si la cuestión es saber quién manda, quien acepte como propio el campo semántico del enemigo o maneje un código viejo, está perdido.

Del ejemplo de Carrol, Erriguel concluye: "La lucha por el lenguaje forma parte de un gran fenómeno posmoderno: las guerras culturales".

Mato a los caníbales y me los como
El capitalismo, desde sus inicios hasta su incierta realidad actual, ha tenido un rasgo predominante: la capacidad de deglutir a sus adversarios, de hacer de todos ellos un alimento nutritivo y oportuno.

Para Erriguel, eso pasó también con un adversario formidable, la "Teoría Crítica" de la escuela de Frankfurt, que a medida que se hizo popular se fue integrando en el sistema. Si la escuela de Frankfurt tenía aristas peligrosas, el sistema las anuló: la crítica de la razón instrumental, el análisis de la desacralización del mundo, la reivindicación de valores no económicos, la denuncia del consumismo, el rechazo a la mercantilización de la cultura. Y adoptó como propios el rechazo a la “dominación” ejercida por la familia, el Estado y la iglesia. La “dialéctica negativa”, pasada por el filtro capitalista y convenientemente descafeinada, fue el fundamento de la reconfiguración de la sexualidad, la educación y la familia, que la izquierda posmoderna agita como bandera.

Sombra y agua fresca en el desierto
Por la brecha asomaron las opiniones de Michel Foucault y Jacques Derrida sobre la deconstrucción y la ideología de género. Desde que el hombre deconstruido presenta sus demandas sectoriales y busca sombra y agua fresca al amparo del Estado, de la izquierda anterior quedan algunos restos testimoniales. Se inicia la cultura del hombre nuevo y se abre sin obstáculo el camino del neoliberalismo.

Las revoluciones, desde Espartaco a las 300 revueltas campesinas chinas a lo largo de milenios; desde Thomas Müntzer a Babeuf y los iguales y a Lenin, retienen en la medida en que hay todavía quienes las valoren, algo de lucha de clases, de aquel objeto antiguo rescatado de las arenas del desierto, de los restos de memoria que se les escapó a los vencedores, o desenterrado de estratos geológicos, frío el anardecimiento que provocó en su momento.

La posmodernidad ha puesto una novedad: la revolución prêt a porter, la que queramos, la de nuestra elección, la que crea oferta. Es una revolución de libre mercado, que se consigue deseándola con ánimo positivo. Hay stock para satisfacer la demanda, habrá mientras la posmodernidad subsista.

La variedad de revoluciones posmodernas a la carta es tan numerosa como deseos pueda concebir cada uno: feminista, vegana, antiespecista, transgénero, animalista, queer, woke, de colores, etc, etc. Es una cuestión identitaria que está en ebullición y durará mientras no aparezcan peligros más serios que camuflar.
De la Redacción de AIM.

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