Simone Weil murió de tuberculosis en 1943 en Londres, donde estaba exiliada, en plena segunda guerra mundial. Escribió sus "Notas sobre la supresión de los partidos políticos" entre diciembre de 1942 y abril de 1943; es decir, poco antes de su muerte a los 34 años, que algunos no atribuyen a la tuberculosis sino a haber dejado de comer en solidaridad con los hambreados por la guerra en Europa. Por eso la justicia dictaminó suicidio.
Había nacido en París en 1909; era hermana del matemático André Weil: "cuando suponía que ya no podría sorprenderme nada de lo que hiciera, su muerte me dejó hecho polvo. Tardé meses en quitarme de la cabeza esa página de las memorias de Saint Simón que está cortada en dos por un reguero de lágrimas".
En París fue compañera de colegio de Simone de Beauvoir. Cuando las noticias de una hambruna en China la hicieron llorar, su condiscípula Beauvoir le dijo que el problema no era el hambre sino dar sentido a la vida. Weil le contestó que se veía que Beauvoir no había pasado hambre nunca.
Se rompió allí la relación entre ambas y en adelante Beauvoir la consideró una pequeñoburguesa. Algo parecido aconteció con León Trotsky, a quien refugió en su casa cuando huía de Stalin. Trotsky saldó una discusión política con ella colocándole la etiqueta de "pequeño burguesa".
En "La Reforma del entendimiento", obra juvenil que escribió antes de la Etica, su obra principal, Benito Spinoza sugiere que ninguna cantidad de poder es suficiente: siempre el que consiguió poco o mucho quiere más. Los partidos, con sus dirigentes a la cabeza "van por todo", por el poder total.
Por eso el totalitarismo es consustancial con la mentira, que se expresa adecuadamente en la propaganda política, una herramienta en la lucha por el poder.
Posiblemente Simone sufrió durante la guerra civil española la influencia de Bakunin, sobre quien también cayó el sambenito de "pequeñoburgués", cuando dijo que todo Estado moderno, por débil que sea, tiende a crecer a expensas de sus vecinos.
Los partidos, que buscan el poder del Estado, son organizaciones totalitarias en germen, no importa lo que digan de sí mismos ni qué tanto horror sientan por los totalitarios en funciones.
Simone comienza su análisis recordando que cuando la revolución francesa de 1789 el partido era un mal a evitar. Pero existía el club de los jacobinos, un lugar de discusión libre que se transformó el partido totalitario bajo la presión de la guerra y la guillotina.
Cita al sindicalista revolucionario Miguel Tomski: "Un partido en el poder y todos los demás en prisión". Tomski se suicidó antes de ser detenido para ser llevado a juicio y "purgado" por Stalin.
Es la alternancia actual en el gobierno de partidos idénticos en sus fines, o la situación de Ucrania con un presidente con mandato caducado y una docena de partidos prohibidos.
Simone toma la figura del agua en calma, que refleja las imágenes como un espejo, y la contrapone con una corriente violenta que ya no refleja los objetos ni tiene una superficie horizontal perfecta.
"Si una sola pasión colectiva se apodera de todo un país, el país entero es unánime en el crimen. Las pasiones divergentes no se neutralizan, como sucede en el caso de un sinfín de pasiones individuales fundidas en una masa. La lucha las exaspera. Se entrechocan con un ruido verdaderamente infernal que hace imposible que se oiga, ni por un segundo, la voz de la justicia y de la verdad, siempre casi imperceptible".
Vuelve luego a la idea de que un hombre en soledad puede reflexionar y tratar de llegar a la verdad; pero en multitud tiende a dejarse llevar por emociones colectivas. "Cuando hay pasión colectiva en un país, es probable que una voluntad particular cualquiera esté más cerca de la justicia y de la razón que la voluntad general, o más bien que lo que constituye su caricatura."
La conclusión: "Los partidos son un mecanismo por el que nadie atiende al bien, la justicia ni la verdad en los asuntos públicos. Si se confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría discernir nada más ingenioso".
El pensamiento de izquierda, al que perteneció Simone, ha analizado abundantemente sus ideas. El marxista español Roi Ferreiro la considera próxima al idealismo y al misticismo y coincide con Beauvoir y con Trotsky en que adolece de prejuicios pequeñoburgueses, sobre todo en la intención de abolir los partidos políticos.
En este punto dice que sus intuiciones, por correctas que sean, no se proyectan adecuadamente por falta de experiencia y desconocimiento de las razones históricas del surgimiento de los partidos modernos. Y advierte sobre un peligro: su punto de vista "aproxima sus ideas a la praxis del fascismo y del estalinismo con sus "partidos únicos".
Pero reconoce en Simone una virtud: excava donde reina demasiado habitualmente la oscuridad y la hipocresía. Y sugiere que si no podemos concebir una democracia burguesa ideal ¿cómo seremos capaces de concebir algo todavía superior? Afirma al final que las conclusiones teóricas deben integrarse en una democracia superior "y no partidista".
De la Redacción de AIM.

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