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Economía
Economía

La utilidad inútil

Pobreza, el flagelo que crece.
Pobreza, el flagelo que crece.

La utilidad es para los economistas una medida de la satisfacción, el placer reducido a cantidad y expuesto en gráficos con curvas de colores. La ciencia que cada vez más gobierna la vida social, o más bien ofrece cobertura "científica" al poder dominante, con toda intención propone una definición solamente hedonista.

Se debe a que poco podría hacerse con una sociedad de ascetas que despreciara el consumismo y que es tanto o más posible que la que tenemos, que ha llegado a parecernos natural debido a la enorme presión que ejerce sobre nosotros un poder que casi no advertimos como artificial.

Para la economía y para el mundo moderno en general, no debemos poner nuestras aspiraciones más allá que en la obtención de satisfacciones, que deben ser proporcionadas por la industria. Es suficiente que solo la satisfacción derivada del consumo de los productos de la industria esté en nuestro horizonte, que lo clausure como una meta que no permita preguntarse por nada más allá.

La vida debe entonces consagrarse a consumir y nuestra opción será gastar los bienes del modo más satisfactorio posible o gastar el tiempo libre, concebido él también como un bien económico, una utilidad.

El punto de vista fue expresado por Jeremias Bentham y por John Stuart Mill cuando el imperio británico estaba en su momento más pujante: la sociedad humana no debe tener otro objeto que maximixar la utilidad, es decir, llevar al máximo las satisfacciones de sus miembros, gracias a la buena disposición de los industriales y comerciantes ingleses.

"La mayor felicidad para el mayor número de personas" era la síntesis que Bentham ofreció de sus ideas. Por utilidad entendía "la propiedad de un objeto por la cual tiende a producir beneficio, ventaja, placer, bien o felicidad”. Todas estas palabras eran intercambiables para él, es decir, era y es el reino del hedonismo más craso y raso, un mundo "unidimensional" como no imaginaron los inmanentistas de antaño, un capítulo más de una larga decadencia.

A partir de estas ideas los economistas han desarrollado las "curvas de indiferencia" que marcan los puntos en que uno u otro uso de los bienes producirían al individuo la misma satisfacción de modo que le resulte indiferente optar por uno u otro.

O también la idea algo diferente de Rawls por la que se trata de entregar la máxima satisfacción a individuos que inicialmente recibieron poco y nada. "Una migaja en el patio de los hambrientos", dijo Almafuerte traduciendo sin conocer mucho de economía.

Liberalismo y democracia, golpe a golpe
El origen del concepto actual de utilidad proviene de los liberales europeos, que procuraron crear un Estado de acuerdo con su definición puramente negativa de libertad: lo que los demás no deben hacer para atarme, atajarme, impedirme ni limitarme: el respeto a mi esfera individual de actividad. Y luego restricciones para el Estado, al que se le reconocía solo una actividad de resguardo contra los excesos de algunos individuos sobre los otros.

Al liberalismo se le adjudica un parentesco inmediato con la libertad, que con toda razón Antonio Machado consideraba una pretensión "usuraria", palabra doblemente significativa tratándose de liberalismo. Más bien los liberales pretenden levantar vallas defensivas de su propia libertad de acción, que necesariamente chocará con la acción de los otros y terminará comprometiéndola o aplastándola.

Desde otro punto de vista apareció en escena la democracia, con su ideal de igualdad, fuertemente contrastante con el liberal, que pretendía mantener a rajatablas la singularidad de individuos cuidadosamente diferenciados uno del otro, cada cual en su esfera inviolable.

La doctrina de la igualdad vino a exigir que nadie se destaque mucho ni caiga demasiado y que gente considerada igual por hipótesis indemostrable reciba bienes más o menos equivalentes.

El que caía muy bajo debía ser elevado a un nivel en que quizá no se pudiera mantener por sí mismo, y el que pretendía levantarse demasiado debía ser nivelado hacia la media.

Se impuso una especie de tiranía del número, que debía gobernar en nombre de las mayorías convertidas en masa, producto del mero agregado de individuos a los que les había sido abstraída la cualidad para convertirlos en cantidad pura, manejable y segura para la nueva clase de políticos que mientras tanto había pululado.

Nada más lejos del liberalismo. Cuando una personalidad se afirma y crece, con frecuencia a expensas de las demás, que se ven reducidas a servirla, temerla o aplaudirla, a sufrirla en todos los casos, se le genera de inmediato la necesidad de preservar lo que ha logrado: una necesidad conservadora, liberal, excluyente.
De la otra parte, todas las existencias que se mantienen por debajo del promedio exigen ser elevadas y constituyen con sus reclamos un riesgo real o ficticio para los liberales exitosos, que terminan pidiendo al Estado medidas rigurosas contra los que pretenden "extralimitarse".

Es decir, el liberalismo entraña una actitud contraria a la democracia y la democracia una actitud contraria al liberalismo, lo que nos remite a la justeza de la observación de Machado, que supo distinguir cosas que comúnmente se presentan como iguales o muy similares y que en el mejor de los casos no son sino compañeras ocasionales de viaje.

Por vía del liberalismo que queria limitar el Estado a casi nada se llega a valorar el Estado en su función represiva dirigida contra las individualidades de los que quedaron por el camino y se les niega el derecho a su individualidad. Es decir: a la negación del liberalimo. El alboroto mundial de hoy en día sobre la "inseguridad" es de origen liberal, no democrático: nada de inclusión, nada de igualdad para los marginales: palos y cárcel para ellos en todas partes y creación por vía de la propaganda de un ambiente de miedo, propicio para justificar el mantenimiento de las diferencias.

Por vía de la democracia se llega a preferir la entrega sin condiciones de los derechos individuales al Estado benefactor y providente a cambio de la promesa de bienestar que en síntesis consiste en mantenerse en el número de los consumidores. Es decir, a las antípodas de la soberanía popular y de la democracia.

En los comienzos del maquinismo y del industrialismo, Jean Sismondi vio que la economía liberal, sobre todo la de Adam Smith que al principio lo había entusiasmado, era una doctrina de la riqueza, una "crematística", y de los modos de aumentarla de modo máximo con medios mínimos, definición que ya encierra una concepción de la "utilidad" que estallaría luego como depredación, corrupción, degradación, desertificación, explotación y muerte.

El "modo máximo" es la expoliación sin límites de los recursos naturales hasta superar en el 30 por ciento la capacidad de regeneración del planeta, como ocurre ahora. Los "medios mínimos" son los salarios suficientes solo para que el asalariado no se muera de hambre y el envío a la marginalidad de multitudes, incluso países o continentes enteros. Hoy, en medio de la pandemia de Covid-19, 1000 millones de personas sufren hambre, más que nunca en la historia del mundo, a pesar de los que invitan a considerar que estamos mucho mejor que antes gracias al "progreso".

Ante la vista de los efectos que el principio de la utilidad así entendida había producido en Inglaterra, un epígono del economista Robert Malthus decía defendiendo el estado de cosas más allá de lo aconsejable: "Está bien que exista en la sociedad un infierno en el que estén expuestas a caer las familias que se comportan mal, y del cual solo pueden salir a condición de comportarse bien. Y ese terrible infierno es la miseria". Se entrevé el juego interesado con conceptos morales, como bien y mal, y la satisfacción del liberal exitoso que considera que la miseria de muchos es la condición de su prosperidad personal.

La utilidad fue desde el comienzo de la ciencia económica objeto de estudio, un punto fundamental junto con el consumo, la producción y los precios. Hubo distinciones como la utilidad medible y la no medible sino solo "comparable". El primer punto de vista, el clásico de Bentham, deriva de considerar la utilidad como una propiedad del objeto, y el segundo, de Vilfredo Pareto, de entender la utilidad como resultado de un equilibrio al que se ha llegado como consecuencia de consumos anteriores y que cambia con el agregado de cantidades infinitesimales del bien consumido.

Los economistas suelen tener menos miramientos con la lógica que con las utilidades. Una prueba del ahorro de buen lenguaje que pueden hacer es esta definición, que tiene en mira la eficacia y reprocha el desperdicio: "Es desperdiciar la utilidad que podemos derivar de la producción cuando por torpeza, ignorancia o incompetencia, la utilizamos o aplicamos mal". No interesa que la palabra definida esté en la definición ni que la sintaxis ande medio torcida. Se entiende y basta. Lo demás es inútil, antieconómico.

Opiniones ante el desastre
Pero hemos llegado a un punto en que la inquietud gana las mentes, cada vez más enfrentadas a la evidencia de que algo anda mal. No es que haya que plantearse la utilidad de la inutilidad, sino que "algo hay que hacer", casi como un imperativo moral. Nuestros contemporáneos están condicionados para la acción ante todo por el mismo poder que los impulsa al consumismo y a no adjudicar valor sino a lo que tiene aplicación práctica y a teorías que surgen directamente de la práctica. La tesis de Marx sobre Feuerbach: "los filósofos se han limitado a interpretar los diversos modos del mundo; de lo que se trata ahora es de transformarlo", los expresa bastante bien a todos.

Pero como el mundo literalmente se les está cayendo en la cabeza, puede ser el paso previo, quizá, a la idea de otro orden de la suspensión de la acción para dar lugar a la inacción donde todo está hecho. El "wu wei" parece lejano y es incomprensible todavía, se confunde con el reprobable quietismo, comparable con la estúpida indolencia, pero quizá nos abramos camino a él.

Esta inquietud es producto de haber advertido -más bien chocado- las consecuencias de un modo de pensar y sobre todo de actuar que tuvo su sanción artistica en el "Cinquecento" renacentista, su justificación militar y aventurera en la conquista y el avasallamiento de América, su racionalización sistemática con la ilustración europea, su ciencia propia con la economía política clásica y sus correcciones socialistas y marxistas, y su expresión más cabal en la expansión de occidente por el mundo y su propaganda e imposición de los puntos de vista democráticos y liberales.

Las reacciones son múltiples y desparejas. En muchos casos, lo mismo que los adversarios, se hacen juicios de valor y se pretende hablar en nombre de la ética, como quería Confucio enseñar moral a la gente de su época. En otros se expresa perplejidad y desorientación. Algunos llegan a lanzar duras críticas a la ciencia moderna (con algunas restricciones, porque sólo a la "mecanicista" le cabe el sayo), a la que acusan de ideológica, incluso de habernos engañado, a pesar de que hasta hace poco se mantenía todavía como un bastión inexpugnable ante el que todos debían rendirse.

La fe occidental de que es "real" solo lo que cabe en la causalidad científica vacila, pero no tiene reemplazo todavía. Y es notable que para el propio occidente en sus inicios y para el oriente siempre, lo que cabe en la causalidad, por estar sujeto al devenir, es "irreal".

De las expresiones que nos parecen más significativas, entre las que conocemos, exponemos las siguientes, con la aclaración que mencionarlas no significa nada en el terreno de la valoración.

"La crisis ambiental es una crisis de civilización. Es la crisis de un modelo económico, tecnológico y cultural que ha depredado a la naturaleza y negado las culturas alternas."

"La crisis ambiental es una crisis moral de instituciones políticas, de aparatos jurìdicos de dominación, de relaciones sociales injustas y de una racionalidad instrumental en conflicto con la trama de la vida."

El saber científico mecanicista se ha convertido en la sacralidad científica de occidente "negando y excluyendo los saberes no científicos, los saberes populares, los saberes indígenas. Su omnipotencia se torna irremediable por(...) el núcleo perverso de la organización del sistema legal occidental, hoy planetizado al conjuro de la ineficiencia de organismos como las Naciones Unidas y de los Estados Unidos, hijos dilectos de una etapa histórica, el iluminismo, ya hundida en los socavones de la disolución".(Del Manifiesto para ambientalizar la vida, Rosario de Santa Fe).

El proyecto de modernidad de los filósofos del iluminismo se basaba en el desarrollo de una ciencia objetiva, una moral universal y una ley y un arte autónomos regulados por lógicas propias. En la autoconciencia europea de la modernidad, estas sucesivas separaciones se articulan con aquellas que sirven de fundamento al contraste esencial que se establece a partir de la conformación colonial del mundo entre occidental o europeo (concebido como lo "moderno", lo "avanzado" y los "otros", el resto de pueblos y culturas del planeta. (Egdardo Lander)

Todo arraigo de las teorías (occidentales) sólo puede ser auténtico si logra germinar en este suelo y someterse a la preeminencia de una resignificación desde lo emocional, lo inconsciente, lo no visible, lo oculto a los abordajes de las categorías de la racionalidad" (Jorge Eduardo Rulli)

((Es preciso notar que Rulli parece desconocer la persistencia en América, a pesar de la cruz y la espada, de doctrinas equivalentes casi punto por punto con las que conservan su vigencia con más integridad desde tiempo inmemorial en otras partes del mundo. Y atribuye a los pueblos originarios un modo de ver predominantemente emocional, totalmente extraño a aquellas doctrinas y en realidad propio de la escisión del hombre en razón y sentimiento, producto de la modernidad europea.

Así, reserva la racionalidad para la ciencia occidental a condición de que le permitan conservar "lo emocional, lo inconsciente, lo no visible", justamente lo que la doctrina universal coloca en los escalones inferiores de la jerarquía intelectual)).

La tecnología no es neutral, apuesta por el desarrollo económico y la dictadura tecnocientífica. La tecnología y la ciencia han creado una nueva religión cuyos dogmas son "enchufados" a la población a través de los medios de comunicación de masas
(De "Los 10 mandamientos del decrecimiento", España)

La política mundial de los alimentos es un arma de control demográfico. La producción de alimentos y su comercialización son una para la otra. No habrá Monsanto sin WalMart ni política de control de la alimentación sin ambos. Esa es la nueva llegada de WalMart. Además de ahogar a los almacenes de esquinas y barriales, viene a no dejar alternativa al consumo de los alimentos transgénicos de Monsanto. Es un objetivo de alto significado político"
(Sergio Daniel Verzeñassi)

El libre mercado contribuye a la profundización de las desigualdades entre países y clases sociales, y es arrasador de las bases ecosistámicas de las que depende toda la vida del planeta, incluida la humana. No respeta las diversidades culturales, homogeneizando la riqueza plantaria mediante la aplicación de leyes de mercado muchas veces deslealeso facilitadoras de la concentración del poder en las multinacionales
(De Educación, ambiente y sustentabilidad, de Guillermo Priotto)

Las reglas del comercio internacional son tan injustas que si los mismos principios se aplicaran en un partido de fútbol se provocarían disturbios. Es como si el árbitro en un Francia-Burkina Faso hubiese sido pagado por los franceses para asegurarles que todos los goles del equipo africano serian anulados, y, por si acaso, la mitad de los rivales expulsados antes de acabar el primer tiempo.

El gobierno del presidente Bush (hijo) gastaba 4.000 millones de dólares al año en subsidios para sus productores agrícolas. Lo que esto significa, en la práctica, es que, por ejemplo, los productores de algodón de Senegal van a la bancarrota. (...) La imagen del obeso ciudadano de Iowa, estado agrícola por excelencia, contrastada con la del esquelético etíope, retrata a la perfección esta gran injusticia global.
(Rafael Ruiz, periodista)

Quizá, a pesar de que las perspectivas no son buenas, podamos en nuestra época escapar al castigo, como le dijo el loco a Confucio. Pero para muchos de nuestros contemporáneos ya no será posible. Mueren en conflictos calculados "de baja intensidad"; en bombardeos para apoderarse de recursos naturales cada vez más escasos; en guerras por la droga, el opio no religioso del pueblo que da grandes ganancias y mantiene entretenidos a los marginales; de hambre o de enfermedades naturales; producto de la miseria o de los excesos o producidas por vacunas fabricadas para disminuir la población mundial.
El castigo -la palabra es lo de menos- está con nosotros, es propio de la involución que viene sufriendo el mundo desde hace algunos milenios, pero todavía estamos a tiempo de considerar qué útil es ser inútil en medio de la locura.
De la Redacción de AIM.

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