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¿Agosto no termina más? Por qué sentimos que algunos meses son eternos

Agosto está llegando a su fin y, como ocurre cada año, en conversaciones y redes sociales reaparece una sensación bastante conocida: “este mes fue eterno”. Aunque el calendario indica que tiene los mismos 31 días que enero, marzo, mayo, julio, octubre y diciembre, nuestra percepción puede decir algo completamente diferente. ¿Por qué sucede?

La respuesta está menos relacionada con el calendario que con la manera en que el cerebro construye la percepción del paso del tiempo, constató AIM. El tiempo psicológico no funciona como un reloj: puede acelerarse cuando estamos entretenidos o atravesamos períodos rutinarios y volverse especialmente lento cuando esperamos que algo termine, estamos pendientes de una fecha o prestamos demasiada atención al paso de los días.

El reloj y el cerebro no miden igual

Una hora siempre tiene 60 minutos, pero cualquiera puede comprobar que no todas las horas se sienten iguales. Una tarde entretenida puede parecer breve, mientras que unos pocos minutos esperando algo importante pueden resultar interminables.

Uno de los factores que interviene es la atención. Cuanto más pendientes estamos del tiempo, más señales tenemos de que está pasando. Mirar repetidamente el reloj, contar los días que faltan para una fecha o pensar cuánto queda para terminar una actividad puede hacer que un período parezca más extenso.

Lo contrario ocurre cuando la atención está concentrada en otras cosas. De allí surge la conocida sensación de que “el tiempo vuela” cuando estamos entretenidos.

La rutina también altera nuestra percepción

Existe, además, una aparente contradicción. Los períodos rutinarios pueden sentirse lentos mientras los estamos atravesando, pero cortos cuando los recordamos.

Cuando los días son similares entre sí, el cerebro genera menos recuerdos distintivos. Al mirar hacia atrás, varias semanas pueden quedar comprimidas en unos pocos acontecimientos relevantes.

En cambio, cuando atravesamos experiencias nuevas, viajes, encuentros o cambios importantes, acumulamos una mayor cantidad de recuerdos. En retrospectiva, ese mismo período puede parecernos mucho más largo.

Por eso existen, en cierta forma, dos maneras de experimentar el tiempo: cómo sentimos que transcurre mientras lo vivimos y cómo evaluamos su duración después de que pasó.

¿Y qué tiene que ver agosto?

Agosto reúne algunas características particulares en el calendario argentino. Está ubicado en plena segunda mitad del invierno, después del receso de julio y todavía relativamente lejos de la primavera.

Para muchas personas significa además el regreso completo a las rutinas laborales, escolares y académicas, sin grandes interrupciones. Si a eso se suma la expectativa por la llegada de días más largos y temperaturas más agradables, aumenta la atención puesta sobre cuánto falta para septiembre.

Es decir: agosto no necesariamente pasa más despacio; podemos estar más pendientes de que termine.

A esto se agrega un dato sencillo pero importante: tiene 31 días. La diferencia frente a un mes de 30 jornadas es mínima desde el punto de vista matemático, pero el último día puede contribuir a reforzar subjetivamente la sensación de extensión.

Las emociones también pueden hacer más lento el tiempo

Nuestro estado emocional es otro componente importante. Los períodos de aburrimiento, ansiedad, espera o incertidumbre pueden modificar la experiencia subjetiva de la duración.

Cuando esperamos con entusiasmo un acontecimiento futuro —unas vacaciones, la llegada de la primavera, un viaje o simplemente el próximo fin de semana— tendemos a observar con mayor frecuencia cuánto falta. Esa vigilancia puede generar la impresión de que el presente avanza más lentamente.

Algo similar sucede con el aburrimiento: al existir menos estímulos que capten nuestra atención, somos más conscientes del paso de los minutos.

Entonces, ¿agosto realmente es “eterno”?

No. Pero la sensación tampoco es necesariamente un invento.

El calendario mide el tiempo cronológico; nuestro cerebro experimenta un tiempo subjetivo, influido por la atención, las emociones, las expectativas, la rutina y los recuerdos que vamos construyendo.

Tal vez por eso algunos meses parecen desaparecer en un instante y otros se convierten en una pequeña maratón. Y agosto, ubicado entre el invierno que comienza a despedirse y una primavera que todavía no llega, parece tener todos los ingredientes para ganarse, una vez más, la fama de ser el mes que nunca termina.

De la Redacción AIM.

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