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Política
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Estudiantes, alcemos la bandera

"Los estudiantes que aman verdaderamente el estudio tendrán que negarse a inscribirse en las universidades transformadas y constituirse como en su origen en nuevas universitates, dentro de las cuales frente a la barbarie tecnológica podrá permanecer viva la palabra del pasado y nacerá  -si  nace- algo así como una nueva cultura" .

Agamben trata de reabrir caminos de la historia cultural de occidente que la modernidad sepultó
Agamben trata de reabrir caminos de la historia cultural de occidente que la modernidad sepultó

El autor de esta recomendación a los estudiantes, basada en lo que  entiende es la desaparición de las  universidades tras ocho siglos,  es el filósofo italiano Giorgio Agamben, que trata de reabrir caminos de la historia cultural de occidente que la modernidad sepultó y permanecen desconocidos o mal conocidos.

Agamben relaciona la desaparición de las universidades como comunidades con las normas que supone se impondrán después de la peste del Covid 19. El 26 de febrero pasado publicó "La invención de una epidemia". Allí afirmó que las medidas gubernamentales adoptadas en Italia eran "frenéticas, irracionales y completamente injustificadas".

Meses después, cuando se contabilizaban miles de muertos atribuidos a la peste  en el norte de su país, Agamben se rectificó en parte  de esta declaración inicial, pero insistió en aspectos de la conducta humana que mostró el Covid 19.

Para él el pánico que paralizó a Italia  y  al mundo es señal de que que " nuestra sociedad ya no cree en nada más que en la nuda vida". En particular los italianos  "están dispuestos a sacrificar prácticamente todo ante el peligro de caer enfermos. La nuda vida -y el miedo a perderla- no es algo que una a los hombres, sino que los ciega y los separa.

Agamben recuerda  que hubo epidemias peores en el pasado "pero a nadie se le había ocurrido declarar por esto un estado de emergencia como el actual, que incluso nos impide movernos".  Ni a encerrar en cuarentena por tiempo indeterminado no a los enfermos, como antes, sino a los sanos. Para él el  enemigo no está fuera, está dentro de nosotros". Es un viejo conocido que se llama miedo y que  los Estados modernos han aprendido a administrar con eficacia.

La universidad agoniza con la libertad

En el ambiente de pánico que supieron crear a propósito de  la peste, fogoneado de modo aplastante por una prensa sesgada que funciona como propagandista del miedo y  guardiacárcel,  Agamben prevé la muerte de las universidades casi un milenio después de su aparición en el medioevo europeo. Lanza a los estudiantes, grupos de jóvenes inquietos, bulliciosos  y díscolos,  la recomendación con que se inicia la nota,  y  otra a los profesores:

"Los profesores que aceptan —como lo están haciendo en masa— someterse a la nueva dictadura telemática y realizar sus cursos sólo en línea son el equivalente perfecto de los docentes universitarios que juraron lealtad al régimen fascista en 1931. Como ocurrió entonces, es probable que sólo quince de mil se nieguen, pero ciertamente sus nombres serán recordados junto con los de los quince docentes que no hicieron juramento".

Agamben prevé el fin de una era, que ejemplifica con el fin de los estudiantes universitarios ante la perspectiva de que las universidades y las escuelas cierren y sólo den lecciones en línea. Sospecha que la humanidad dejará de reunirse y de hablar para sólo intercambiar   mensajes digitales, con máquinas sustituyendo todo contacto para  evitar el  contagio.

El filósofo previó hace tiempo la difusión generalizada de las tecnologías digitales  y considera que se previsión está en vías de realizarse con el pretexto de la pandemia.

La barbarie tecnológica

En adelante, ya no habrá presencia física de estudiantes y docentes ni  discusiones colectivas en  seminarios. Se abre el tiempo de una nueva barbarie, ésta tecnológica, que implica   la cancelación de cada experiencia de los sentidos y la pérdida de la mirada en una  pantalla fantasmal.

Es el fin de la vida de estudiantes, que es para una parte de la sociedad actual un presente de camaradería o un pasado para recordar los buenos tiempos  de fuerza, belleza y juventud que pasaron, pero dejaron un perfume irrecuperable.

Agamben recuerda que las universidades deben su nombre a las sociedades de estudiantes, las universitates.  Los estudiantes determinaron una forma de vida:   estudiar y escuchar  lecciones, pero también  encontrarse  e intercambiar con los demás.

Presenciamos el final de muchos siglos de tradición estudiantil, desde los jóvenes revoltosos -que se adecuan mal a la imagen que  tenemos de la Edad Media-  que abandonaban los claustros cuando un profesor no les gustaba para fundar otros en otra ciudad, con amparo papal u obispal hasta los clerici vagantes del medioveo y las rebeliones estudiantiles del siglo XX.

La educación de los bárbaros 

"Todo esto, que había durado casi diez siglos, ahora termina para siempre. Los estudiantes ya no vivirán en la ciudad donde tiene su sede la universidad, sino que cada uno escuchará las lecciones encerrado en su habitación, a veces separado por cientos de kilómetros de los que una vez fueron sus compañeros. Las pequeñas ciudades, sedes de universidades un tiempo prestigiosas, verán desaparecer de sus calles a las comunidades de estudiantes que a menudo eran la parte más viva de ellas".

Sin embargo, para Agamben, como todo lo que muere en cierta forma merecía el fin. En el caso de las universidades porque habían llegado a tal punto de corrupción e ignorancia por las especializaciones y microespecializaciones, que hay poco que  lamentar.

Cuna  y sepulcro

Universidad es una palabra latina que deriva de la expresión  con que se conocía a la  universitas magistrorum et scholarium, es decir a la   “comunidad de maestros y alumnos”.

A pesar de que las primeras universidades europeas son del siglo XII, en Heidelberg, París o Bolonia, ya en la declinación final de Roma, en el siglo V, en las catedrales, iglesias y monasterios que se sostuvieron en medio de las ruinas de la civilización moribunda,   los monjes  preservaron la escritura, copiaron manuscritos antiguos y rescataron en parte la cultura en medio de la postración general.

Las universidades que conocemos son instituciones de raíz medieval y nacieron por iniciativa de los propios estudiantes amparados como era necesario entonces por algunas autoridad eclesiástica.

La comunidad de profesores y estudiantes que hubo en Bolonia, en el centro norte de Italia desde inicios del siglo XI, recibió el título de  universidad en 1317  y es posiblemente la primera en Europa.

De la Redacción de AIM.

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