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Paso al acto: Un interesante mecanismo de defensa

¿Para qué sirve el paso al acto? ¿Cómo lo realizamos? ¿Qué lo motiva?

Aunque nos guste pensar que somos seres totalmente racionales y conscientes, que cuando actuamos lo hacemos movidos por la verdadera voluntad de hacerlo, lo cierto es que no es así. Muchas veces nuestras acciones expresan los contenidos mentales que no podemos o no queremos ver y gestionar. Y, aunque esto puede ser natural, es interesante conocer estos mecanismos de defensa para poner luz a lo que nos ocurre. Hoy hablamos de uno de ellos: el paso al acto.

En primer lugar, entendamos que un mecanismo de defensa es una estrategia psicológica inconsciente que se pone en marcha para proteger o defender al ego. Es decir, para gestionar un conflicto interno que está causando angustia, y ante el que se opta por negar o encubrir la realidad. Pese a que puedan ser eficaces a corto plazo (en el sentido de reducir esa ansiedad), son formas incorrectas de resolver el conflicto y pueden causar problemas.

La función de los mecanismos de defensa

Según la teoría psicoanalítica freudiana, el yo tendría que mediar entre los impulsos del ello y las exigencias del superyó. Para hacerlo, utiliza ciertos procedimientos para mantener el equilibrio psicológico: los mecanismos de defensa.

Estos surgen porque hay ciertos contenidos inconscientes (pensamientos, recuerdos, deseos, impulsos…) que no podemos hacer conscientes sin más porque nos resultan perturbadores, vergonzosos o intolerables. Así, los expresamos de una forma atenuada o distorsionada, de modo que no nos afecten demasiado.

De este modo, encontramos una salida que nos permite proteger nuestra autoestima y nuestra estabilidad mental. Pero que, en el fondo, no es la solución más apropiada ni correcta.

¿Qué es el paso al acto?

En el caso que nos ocupa, el paso al acto surge también ante un deseo, un impulso o una necesidad que se consideran prohibidos o amenazantes. Estos generan una ansiedad de la que queremos deshacernos, lo cual solo lograríamos realizando ese deseo. Pero, dado que esto no es posible (por su carácter intolerable), optamos por realizarlo en otro contexto.

No podemos traer a la conciencia esa emoción o esa necesidad, no podemos reconocer el cariz real de ese deseo. Por tanto, optamos por expresarlo de forma simbólica y distorsionada. Algo que ciertamente nos permite reducir esa tensión interna acuciante y sentirnos aliviados, al menos por un momento.

¿Cómo se manifiesta el paso al acto?

Dado que se trata de un concepto algo ambiguo, pongamos algunos ejemplos que ilustran la expresión de este paso al acto en situaciones cotidianas.

Una persona tiene muchos problemas en su relación de pareja, se siente dañada e insatisfecha. Inconscientemente, quiere terminar dicha relación, pero sus creencias (ideales religiosos, un fuerte sentido de lealtad o de la moral) se lo impiden.

Como considera inaceptable realizar su verdadero deseo (o siquiera considerarlo conscientemente), opta por terminar otra relación menos significativa. Por ejemplo, deja de acudir a las sesiones de terapia, termina una amistad de años o deja su empleo.

Otra situación puede ser aquella en que alguien insulta a su pareja, le increpa o le echa en cara su actitud egoísta cuando, en realidad, desearía realizar tales acusaciones hacia su madre. De nuevo, como quizá esta idea le parezca insoportable, expresa ese impulso en un contexto diferente y más tolerable para ella.

O, por ejemplo, cuando reaccionamos de forma desmesurada ante un evento relativamente sin importancia, pero en realidad estamos expresando el sentir relacionado a otra situación. Digamos que nos sentimos sumamente irritados y enfurecidos por haber perdido las gafas, pero en realidad esas emociones corresponden a la insatisfacción que sentimos porque alguien no nos dio nuestro lugar.

En algunos casos, el paso al acto surge no porque la idea del deseo real resulte una transgresión moral, sino porque constituye un verdadero riesgo. Imaginemos a un adolescente que vive en un hogar con un padre abusivo y maltratador. Realmente, su impulso o su necesidad puede ser agredir a ese progenitor; pero, dado que esto constituye un riesgo externo elevado, traslada la expresión de ese impulso al agredir a sus compañeros de escuela.

Hacer consciente lo inconsciente

Como puedes observar en los anteriores ejemplos, el paso al acto logra una reducción momentánea de la tensión interna, pero no constituye una solución útil en tanto que el deseo real sigue y seguirá ahí. Por esto, el camino pasa por hacer conciencia de esos impulsos, emociones o necesidades. Sin embargo, esto no es sencillo.

Los mecanismos de defensas existen por una razón, y es la de tapar esas emociones y deseos vergonzosos e insoportables para nosotros. Por tanto, no nos será sencillo identificar esas estrategias a solas. Contar con la ayuda de un terapeuta facilita mucho este proceso, no obstante, podemos acostumbrar a preguntarnos si realmente el motivo de nuestras acciones o decisiones es realmente el que pensamos o puede haber algo más.

La Mente es Maravillosa.-

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