
Los mercados globales se hundieron, pero los activos argentinos lideraron las pérdidas. La especulación internacional, las tensiones políticas locales y la falta de una estrategia productiva coordinada nos dejan nuevamente a la intemperie.
En otra jornada de vértigo financiero, las acciones argentinas se desplomaron hasta doce por ciento en Wall Street, el S&P Merval cayó un siete coma cuatro por ciento y el riesgo país superó los novecientos puntos básicos. La explicación técnica habla de “aversión al riesgo” y “turbulencias globales”, pero detrás de los gráficos y porcentajes hay un patrón que se repite: cuando la economía mundial tiembla, los países más frágiles pagan la factura más alta.
La combinación de factores externos —como el anuncio de nuevos aranceles entre Estados Unidos y China— con la incertidumbre política interna y la persistente debilidad estructural de la economía argentina volvió a disparar la desconfianza del mercado. Pero la pregunta clave es otra: ¿hasta cuándo un país como el nuestro va a depender del humor de operadores financieros y de decisiones tomadas a miles de kilómetros?
Mientras el presidente Javier Milei insiste con su cruzada ideológica contra “la casta”, la realidad muestra que la falta de un rumbo económico claro —productivo, distributivo y soberano— hace imposible cualquier intento de blindaje frente a los shocks externos. Los dólares financieros superaron los mil trescientos treinta pesos, el Banco Central volvió a vender reservas, y el supuesto equilibrio fiscal se vuelve letra muerta si no se traduce en crecimiento y bienestar.
La volatilidad de los mercados no puede seguir siendo la excusa eterna. Argentina necesita salir del loop de la especulación y construir una política económica que piense en dólares genuinos, en trabajo, en ciencia, en industria. La confianza no vendrá de la mano de slogans ni de gestos para la tribuna financiera, sino de decisiones firmes que pongan por delante el interés nacional. Porque una economía no se estabiliza castigando a los que menos tienen, sino apostando por un desarrollo inclusivo y sustentable.
De la Redacción de AIM